SemMéxico/El Sol de México, Cd. de México, 7 de enero, 2026.- En enero de 1916, mientras México atravesaba uno de los momentos más convulsos de su historia, un grupo de mujeres se reunió en Mérida, Yucatán, para hacer algo profundamente disruptivo: pensarse como sujetas de derechos y disputar públicamente su lugar en la sociedad y en la política.
El Primer Congreso Feminista no fue un gesto simbólico ni una concesión del poder; Fue una irrupción política en un país donde las mujeres no podían votar, tenían derechos civiles limitados, acceso restringido a la educación y una vida marcada por la tutela masculina.
Las condiciones de las mujeres en aquella época eran profundamente desiguales. La mayoría estaba confinada al ámbito doméstico, su trabajo era invisibilizado y su autonomía personal severamente limitada. El matrimonio operaba como una institución de control, la educación femenina se concebía para la obediencia y la maternidad, y la participación pública de las mujeres era vista como una amenaza al orden social.
En ese contexto, el Congreso Feminista colocó demandas que hoy reconocemos como fundamentales: educación laica y científica, autonomía personal, cuestionamiento a la subordinación jurídica, derecho al trabajo remunerado, igualdad salarial y el debate, entonces disruptivo, sobre la ciudadanía y el voto femenino. No hubo consensos fáciles. Hubo tensiones, desacuerdos y posturas encontradas. Y eso es precisamente lo que le da potencia histórica: el feminismo mexicano siempre ha sido crítico, plural y profundamente político.
Ciento diez años después, los avances son innegables. Las mujeres votamos, ocupamos espacios de poder, contamos con marcos constitucionales de igualdad y paridad, y con leyes que reconocen la violencia de género. Pero también es evidente que muchas de las desigualdades que denunciaron aquellas mujeres persisten. La brecha económica sigue abierta, el trabajo de cuidados continúa recayendo mayoritariamente en las mujeres, la violencia limita el ejercicio real de derechos y la participación política tiene costos diferenciados.
Este aniversario adquiere un significado particular en un país hoy gobernado por una mujer. Llegar a la titularidad del Ejecutivo federal no es un hecho aislado ni individual: es resultado de una larga historia de luchas feministas, de mujeres que abrieron camino cuando hacerlo implicaba sanción social, exclusión o violencia. Por ello, es indispensable que la Presidenta reconozca ese trayecto colectivo que hizo posible su llegada al poder y, sobre todo, que ejerza el poder que hoy se concentra para transformar de manera sustantiva la vida de las mujeres.
La narrativa de “ llegamos todas ” no puede quedarse en el terreno simbólico. Llegamos todas cuando se garantiza una vida libre de violencias , cuando hay políticas públicas con presupuesto para la igualdad, cuando se construye un sistema de cuidados que redistribuya el trabajo no remunerado y cuando las instituciones dejan de fallarles a las mujeres. Llegar no es solo ocupar el cargo; es usar el poder para cambiar las condiciones estructurales de desigualdad.
Conmemorar el Congreso Feminista de 1916 no es mirar al pasado con nostalgia, sino asumir una responsabilidad política en el presente. Las mujeres de entonces nos enseñaron que los derechos no se esperan, se disputan. A 110 años, la agenda sigue viva porque la igualdad sustantiva sigue pendiente y porque la democracia , ayer como hoy, solo puede consolidarse si se construye en clave feminista.



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