Cuba: Reírse del machismo y no de las mujeres

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  • El humor muchas veces puede legitimar esa violencia disimulada hacia la mujer
  • La mirada femenina aporta nuevas maneras de abordar cualquier tema

Lisandra Fariñas

SemMéxico/SEMlac, La Habana, 19 de enero 2026.- Durante décadas, el humor ha sido una de las formas más eficaces -y socialmente aceptadas- de reproducir estereotipos sobre las mujeres. Bajo la coartada de la risa se han naturalizado violencias simbólicas y se han reforzado roles de género que colocan a las mujeres, una y otra vez, del lado del chiste sexista y no de la risa inteligente.


Basta un gesto, un personaje recurrente o un remate previsible para repetir la escena: la «loca», la «celosa», la «mandona», la «histérica y controladora», la «suegra insoportable» o la «esposa que arruina la vida del hombre».


Son figuras que atraviesan generaciones de chistes, sketches y caricaturas y que, con la llegada de la era digital, se trasladaron también a los memes en redes sociales, moldeando una forma de mirar donde la burla se normaliza.


«El humor muchas veces puede legitimar esa violencia disimulada hacia la mujer. Y hay que admitirlo: buena parte del humor a lo largo de los siglos ha sido misógino», reconoce en diálogo con SEMlac Osvaldo Doimeadiós, actor, escritor, director teatral y Premio Nacional de Humor.


Desde su experiencia como creador, insiste en que el escenario no es neutro: «Estamos generando ideas, estamos haciendo política porque participamos sobre la escena y somos líderes de opinión de alguna manera».


A su juicio, el humor puede ser herramienta de denuncia, pero también un espejo social y advierte que no se trata solo de sexismo. «Cualquier lucha emancipatoria -contra la discriminación racial, religiosa o política- involucra a toda la sociedad, y eso incluye a quienes hacen humor».


Por ello ha buscado incorporar en sus obras perspectivas diversas, consciente de los cruces con otras discriminaciones. En ese recorrido, el también director de la comunidad creativa Nave Oficio de Isla, recuerda Los monólogos de la vagina, texto original de la dramaturga estadounidense Eve Ensler.


«Para esa versión en Cuba, el casting fueron tres actrices negras. Y funcionó. Incluso hubo quien se cuestionó que fueran mujeres negras, lo que evidencia cómo opera el racismo estructural. La obra confronta al espectador consigo mismo, sin necesidad de didactismo», reflexiona.


Un escenario todavía desigual


A esa carga histórica de estereotipos se suma la escasa presencia de mujeres en el humor, tanto en los escenarios como en otros procesos creativos.


Doimeadiós considera que esta situación tiene raíces culturales. «Desde hace años hemos tratado de acercar al género a actrices que ejerzan humor y siempre encontramos cierta reticencia. Algunas se han lanzado, pero la participación sigue siendo tibia. Sin embargo, hay muchas mujeres con potencial, y sus discursos tienen otro peso», explica.


Proyectos recientes, como su estreno en noviembre del pasado año de En nombre de Juana, homenaje a la diva cubana Juana Bacallao (nombre artístico de Nery Amelia Martínez Salazar), abordan de manera explícita la violencia contra la mujer.


El director subraya que esas problemáticas «se hacen carne» en el texto y en el trabajo de la actriz Monse Duany, cuyo proyecto artístico apuesta por el enaltecimiento de la mujer en escena.


Doimeadiós está convencido de que tanto el cine dirigido por mujeres como estos espectáculos teatrales muestran que la mirada femenina aporta nuevas maneras de abordar cualquier tema, incluso los más crudos. «Se reconoce al vuelo: la mirada de mujer tiene otra forma de contarlo», dice.


La realizadora Magda González Grau, en su artículo «¿Dónde están las comediantes?«, publicado en SEMlac, sitúa el problema en una dimensión más amplia: la propia desaparición de la comedia como género en el teatro, la televisión y el cine cubanos. Menos comedia implica menos referentes y menos oportunidades, un impacto que -advierte- pesa más sobre las mujeres.


Desde su experiencia como jurado del Festival Nacional del Humor Aquelarre, González Grau dice sin rodeos que encontrar actuaciones femeninas premiables sigue siendo difícil. No porque no existan actrices con talento, sino porque los espacios son escasos y el género continúa siendo visto como menor, ligero o poco serio, una etiqueta que pesa doble en las mujeres, apunta.


Esa desigualdad se reproduce en la literatura. «En su texto Literatura, mujer y humor a partir de los años 90 en Cuba», también publicado en SEMlac, la escritora Laidi Fernández de Juan describe un panorama donde las humoristas siguen siendo excepciones dentro de una tradición cultural que ha hecho del humor una de sus marcas identitarias.


Las autoras existen, recuerda, pero hay que rastrearlas. La única antología dedicada al tema en Cuba, Las mujeres y el sentido del humor, compilada en 1986 por Olga Fernández, ya advertía sobre la urgencia de abrir espacios. Hoy, los nombres femeninos continúan siendo escasos, aunque destaca a escritoras como Mirta Yáñez, Nancy Alonso o Lourdes González, que han demostrado que el humor también puede ser una forma de resistencia.


Dibujar, actuar, incomodar


Yanely Rodríguez considera que el humor debe cuestionar patrones de conducta sin humillar ni imponer. Desde su experiencia como diseñadora e ilustradora en Las Tunas, provincia ubicada a 660 kilómetros de La Habana, defiende que el enfoque de género no se plantee como confrontación.


«No veo a la mujer como un ser superior ni al hombre como un enemigo. Ambos debemos aprender a relacionarnos desde el respeto y la responsabilidad compartida», sostiene la creadora, quien presentó la exposición Rompiendo las reglas en la Bienal Internacional de Humorismo Gráfico 2023.


Para esta artista gráfica, el humor permite abrir reflexiones desde el sarcasmo y el absurdo sobre desigualdades históricas y temas como la cosificación de las mujeres dentro de una lógica de mercado que invalida principios éticos básicos y alimenta violencias físicas y verbales.


Su enfoque dialoga con la experiencia de la humorista gráfica Adriana Mosquera, «Nani», colombiana radicada en España, quien desde hace más de tres décadas ejerce el humor gráfico desde una perspectiva feminista, en un gremio mayoritariamente masculino.


Convertir el machismo cotidiano en viñeta fue un modo de sobrevivir, crear y mostrar realidades incómodas, dice la artista, cuya obra ha estado presente en varias ediciones de la Bienal del Humor de San Antonio de los Baños.
A su juicio, estas violencias deben visibilizarse y discutirse desde todos los ángulos de la sociedad, no solo desde las mujeres.


Su estrategia creativa ha sido clara. «Hace 30 años empecé tomando esos chistes y poniéndolos sobre el papel desde cómo los contaría una mujer. Era agresivo, pero así de violentadas nos sentíamos», comenta a SEMlac.


Con el tiempo, dice, las formas se han matizado, pero la intención sigue siendo mostrar un punto de vista históricamente silenciado. «Somos más del 50 por ciento de la población mundial, pero quienes opinaban, escribían y dibujaban en los medios eran casi siempre hombres», señala.


Para Nani, uno de los mayores retos actuales es sacar estos debates del reducto femenino. «La violencia, la desigualdad y la discriminación no son temas de mujeres, son temas de la sociedad», advierte.


Reír desde lo cotidiano


La necesidad de visibilizar lo que suele quedar fuera del escenario atraviesa la experiencia de la actriz Yamira Díaz, quien encuentra en el monólogo un espacio para explorar problemáticas femeninas poco abordadas.


Con una sólida carrera en la actuación, Díaz aclara que no se asume como humorista, sino como una actriz que ha decidido incursionar en el humor como parte de su crecimiento profesional. En sus textos se centra en vivencias de mujeres maduras: envejecimiento, menopausia, frustraciones, deseos y pequeñas victorias cotidianas.


«Son temas que conozco, que disfruto y que no están suficientemente explorados», señala.


Aunque la respuesta del público ha sido mayoritariamente positiva, reconoce cuestionamientos que revelan prejuicios de género y percibe ciertas reservas cuando comparte escenario con humoristas de larga trayectoria.


«Hay cuidado, cierta tibieza», describe, más asociada -a su juicio- al temor de ver nuevos rostros ocupar un espacio tradicionalmente cerrado que a una confrontación explícita. «Somos pocas y aparecemos de manera muy esporádica, cuando hay infinitos temas para hablar», señala.


Esa lógica atraviesa el trabajo de la periodista e influencer Yuliet Pérez Calaña, «La Yuli de Cuba», quien ha convertido la cotidianidad en una fuente constante de humor y reflexión. Desde la crónica, captura estereotipos y contradicciones para devolverlos en forma de risa crítica, un ejercicio del que surgieron libros como Una guagua es un país y Crónicas desde el bohío.


«Mi humor va de mí y de lo que me pasa todos los días», explica. Desde ahí, construye textos que no evaden la crítica social, pero la hacen accesible, cercana y profundamente humana.


Para Pérez Calaña, el humor ha sido en los últimos años su principal vía de expresión para abordar temas que le importan: feminismo, sexualidad femenina, empoderamiento de cuerpos y sexualidades diversas, así como la visibilización de grupos marginados.


No ha sido un camino exento de tensiones. Por un lado, explica, pesa la idea de que el periodismo debe ser solemne y poco compatible con el humor. «Yo defiendo mis textos como periodísticos», afirma, y recuerda que existe una larga tradición de periodismo humorístico en Cuba.


La otra dificultad es que hacer humor desde el cuerpo y la experiencia de una mujer -hablar de sexo, de deseo, de vivir la vida sin pedir permiso- suele incomodar más que cuando esos mismos temas los abordan los hombres.
«A una mujer que hace humor se le exige decoro; a los hombres, ingenio», afirma. La buena noticia, dice Pérez Calaña, es que reírse del machismo implica creatividad, riesgo y conciencia, talentos presentes en muchas mujeres.

SEM-SEMlac/lf

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Homenaje a las Costureras del 19 de septiembre, 1985.



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