- Leidy Laura Fernández artista autora de la exposición Después del grito
- Su trabajo se sitúa «en ese espacio donde el cuerpo recuerda, aunque la palabra no alcance»
Lisandra Fariñas
SemMéxico/SEMlac, La Habana,19 de enero 2026.- ¿Qué queda después del grito? ¿Qué persiste cuando la violencia ya ocurrió y el silencio intenta imponerse como cierre? La exposición Después del grito, de la artista Leidy Laura Fernández, no busca responder esas preguntas, sino sostenerlas. Colocarlas frente al público como una incomodidad ética que no admite evasiones.
La creadora, oriunda de la provincia Camagüey, a unos 550 kilómetros de La Habana, graduada en 2024 en Pedagogía-Psicología y formada de manera autodidacta en las artes visuales, desplaza su práctica del gesto pictórico hacia la instalación, apostando por una experiencia donde el peso simbólico sustituye a la imagen explícita.
El vínculo de Fernández con la pintura comenzó desde los siete años. La creación forma parte de una genealogía femenina, pues su abuela y su madre también pintaban, una herencia que -dice- fue brotando hasta convertirse en su lenguaje principal.
Integrante desde 2024 de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), organización cultural que agrupa a jóvenes intelectuales, escritores y artistas, decidió presentar su proyecto con el objetivo de mostrar una obra que dialogara con problemáticas urgentes, detalla.
La muestra, inaugurada el 16 de enero en la Galería L, en el Vedado capitalino -segunda exposición personal de la creadora- reúne 29 piezas entre pintura, escultura e instalación, realizadas bajo el amparo de la Beca de Creación El reino de este mundo, otorgada por AHS.
La exposición se articula alrededor de la violencia femicida, pero evita toda representación literal. Hay fragmentos de cuerpos y objetos, muñecas intervenidas, prendas, cintas de grabación. Restos. Huellas. Presencias desplazadas que remiten a vidas interrumpidas y a memorias que insisten en no desvanecerse.
«Hay algo que permanece mirando cuando ya no queremos ver», afirma a SEMlac, al referirse a ese resto emocional que sobrevive incluso cuando el acto violento ha pasado. Su trabajo se sitúa, explica, «en ese espacio donde el cuerpo recuerda, aunque la palabra no alcance».
«Lo que muere no siempre desaparece«, apunta la artista en uno de los textos curatoriales. Ese «después» al que alude el título de la exposición no es un tiempo de cierre, sino un territorio donde la violencia continúa operando: en el vacío, en el silencio social, en la negación.
Desde una poética visual que combina materiales, texturas y símbolos, la obra no narra la violencia de forma literal. Más bien la sugiere, la rodea, la deja aparecer como un rastro. En varias piezas, el cuerpo femenino no se muestra como víctima explícita, sino como territorio atravesado por marcas visibles e invisibles, una decisión consciente que evita el morbo y apuesta por la reflexión.
La muestra se exhibirá hasta el próximo 12 de febrero y la galería estará abierta al público de 10:00 am a 4:00 pm.
Un ejercicio de justicia desde la memoria visual
La propuesta dialoga con un contexto que no puede obviarse. Según cifras del Observatorio de Cuba sobre Igualdad de Género, en 2024 se juzgaron 76 asesinatos de mujeres por razones de género. Plataformas independientes, por su parte, reportaron al cierre de 2025 un total de 48 presuntos feminicidios.
Justamente, una de las piezas está construida con 48 casetes, que funcionan -según señala la propia artista- como «archivos mudos» de las muertes de mujeres. «Son registros que no hablan, pero están ahí», refiere, aludiendo a la repetición de la violencia y a la manera en que estas historias quedan, muchas veces, atrapadas en el silencio social.
Otras obras incorporan ropas de mujer trenzadas, un gesto que remite a la acumulación progresiva de la violencia. Para la artista visual, esa acción no es casual: la trenza simboliza cómo la agresión «se va entrelazando desde el principio, poco a poco, hasta formar la catástrofe», casi siempre en el espacio doméstico.
En esas piezas aparecen botones, aretes y objetos cotidianos, «cosas que se encuentran en cualquier casa», elementos mínimos que revelan cómo lo íntimo también puede ser escenario del daño, dice.
La curaduría rehúye el discurso cerrado, apunta a SEMlac Anay Gorrita Mora, quien la compartió la curaduría de la exposición con Orestes Carballo Marrero
Desde su perspectiva, Después del grito se construye como un espacio de lectura múltiple. «Si viéramos la sociedad como un puzzle, cada obra sería una pieza que no encaja del todo, pero que es necesaria para comprender el conjunto», comenta. Esa fragmentación dialoga con la manera en que la violencia de género opera: de forma estructural, persistente y, muchas veces, normalizada.
Gorrita Mora destaca, además, el proceso colectivo detrás de la exposición. «Participar en la curaduría, la museografía y el montaje fue también un ejercicio de escucha», subraya, en alusión a la necesidad de respetar los tiempos y las formas de cada obra. Para la curadora, el reto estuvo en no forzar lecturas ni encasillar la muestra exclusivamente como «arte de denuncia», aunque la dimensión política sea ineludible.
Las obras, dice, dialogan con zonas oscuras, con aquello que no siempre puede nombrarse. «Hay cosas no definidas que hablan mucho más», precisa Gorrita Mora, al referirse a los silencios que atraviesan las piezas. En ese sentido, la muestra se inscribe en una línea de creación que entiende el arte como un espacio de elaboración simbólica del dolor, refiere.
En opinión de Leidy Laura Fernández, el arte no es un ejercicio distante ni puramente estético. «Es una forma de sacar lo que me perturba, no solo lo que me pasa a mí, sino lo que le sucede al mundo», afirma. Desde ahí, su trabajo se conecta con los derechos humanos, la lucha por la igualdad y la necesidad de transformación social
Después del grito no pretende ser una denuncia en términos tradicionales. Es, más bien, un ejercicio de memoria visual que cuestiona la comodidad del espectador y desarma la idea de que el feminicidio es un hecho aislado, concluido, archivado, sostiene.
«Después del grito no viene el silencio», enfatiza la artista. «Viene la memoria». Y es ahí -en ese después- donde la exposición apuesta por colocar al público: frente a lo que persiste, a lo que duele, a lo que exige ser visto; frente al aceptar que lo más perturbador y violento puede ser, también, el silencio.
SEM-SEMlac/lf



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