Elvira Hernández Carballido
SemMéxico, Pachuca, Hidalgo, 28 de enero, 2026.- Una primavera de 1983 en un salón de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales entró una mujer cuyo nombre desde la primera vez que lo vi presentí la marca invaluable que dejaría en mi vida. Recuerdo su voz suave, dulcemente intelectual, explicando el temario de la asignatura que nos impartiría. Su largo cabello enmarcaba perfecto su hermoso rostro. Una sonrisa amigable y una mirada inteligente. Sus manos blancas contrastaban con el pizarrón verdoso donde con un gis blanco escribió su nombre: Florence Toussaint.
Me conquistó la sabiduría que acentuaba su carisma y el brillo especial que surgía en el aula cada vez que entraba a impartir su cátedra. Supe que iba a seguir su ejemplo. Yo la leí cuando estudiaba en el CCH y su texto “Crítica a la información de masas” me permitió comprender la relación de la comunicación con las corrientes filosóficas de la época. Hasta la fecha sigue siendo un texto muy consultado.
Recuerdo la impresión al saber que ella escribía en la revista Proceso una columna donde durante muchos años nos enseñó a mirar los medios de comunicación con una perspectiva crítica.
Marcó mi destino de investigadora cuando nos dejó una tarea libremente forzada: visitar la Hemeroteca Nacional y buscar periódicos del siglo XIX. No fui nada inspirada, pero al buscar la biografía del director del diario El Tiempo descubrí que él colaboraba en unas revistas femeninas. ¿Había publicaciones de mujeres en esa época? ¿Quiénes escribían en ellas? ¿Por fin encontraría los nombres y trabajos de las primeras periodistas, esas pioneras que nadie nombraba en clases ni tampoco en los libros? Mi maestra me animó a buscarlas, así mi destino quedó marcado y desde ese momento decidí escribir sobre el periodismo hecho por las mexicanas en diferentes épocas.
Aceptó ser mi asesora de tesis para convertirme en licenciada en ciencias de la comunicación. Era fascinante aprender de ella, observarla concentrada leyendo mis avances y corrigiendo con respeto, sugiriendo con gran tino qué ampliar, cómo profundizar… Con gran seguridad me motivaba, aseguraba que estaba haciendo una investigación que hacía mucha falta. Su abrazo después de mi examen profesional. Su sonrisa de orgullo en mi primera conferencia donde compartimos el mismo escenario.
Fundó y fue presidenta de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación (AMIC), el espacio más representativo del estudio de nuestra disciplina y me invitó a participar en sus congresos y yo fascinada conocí a la “bibliografía viva” que nos daba prestigio en las ciencias sociales.
La alegría cuando publicó su libro “Escenario de la Prensa en el Porfiriato”, ahí estaba toda su generosidad académica al detallarnos cada periódico surgido durante ese periodo de la historia de México. Un orgullo que citara mi tesis, pero más que nombrara a las periodistas de esa etapa.
La apoyé en algunas investigaciones donde la prensa, la radio y la televisión se volvían objeto de estudio y ella encontraba la manera de explicar su importancia, la necesidad de su transformación, los retos y logros. Sin duda, decidí hacer estudios de posgrado por su ejemplo y así volvió a ser mi asesora de tesis, ahora en búsqueda de las primeras reporteras mexicanas. Desde entonces la llamo madre académica.
Junto con otras investigadoras insistió en la necesidad de crear un doctorado en la UNAM especializado en comunicación, que no existía, y así en el año de 1999 nos dio la bienvenida a quienes formamos parte de la primera generación de ese posgrado. Formó parte de mi comité tutorial y fue una revisora crítica-solidaria como siempre. Nunca olvidaré que en mi examen profesional provocó murmullos de sorpresa cuando dijo que me estaba convirtiendo en la primera doctora en comunicación del país. Su abrazó cálido al terminar el examen, la promesa en silencio de acompañarnos en este sinuoso camino del estudio de la comunicación.
Tantas conferencias donde sigo aprendiendo de ella, tantos textos que sigo recomendando a mis estudiantes y que leo con atención. Celebrar que sea Investigadora nivel dos del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), sus estancias académicas en Francia. El reconocimiento y respeto que le han demostrado diferentes organizaciones como la Asociación Latinoamericana de Investigadores de Comunicación (ALAIC), Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), Asociación Internacional de Investigación en Comunicación Social (AIERI), y la Unión Latina de Economía Política de la Información, la Comunicación y la Cultura (ULEPICC).
Cuando yo fui presidenta de AMIC organicé un homenaje sorpresa para reconocer sus aportaciones y tuve cómplices solidarias a quienes también Florence ha marcado su vida como Norma Pareja, María Teresa Velázquez Navarrete, Daniel Peña Serret y más de cuarenta personas a quienes nos asesoró nuestras tesis.
Este año publicará una hermosa compilación de los textos que publicó en Proceso. Me encanta cuando visita la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo y mis estudiantes la escuchan con fascinación.
Apenas ha empezado 2026 y ella tomó una gran decisión: decir adiós a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales donde fue profesora e investigadora durante seis décadas. Fue así como el 23 de enero de este año recibió un merecido homenaje, un agradecimiento justo, aplausos con el alma.
Cuántas tesis asesoradas, cuántas clases impartidas, cuántas personas a quienes nos cambió la vida, que nos guió en el mundo de la academia y el periodismo, que gracias a ella nos dedicamos a la investigación.
Nos queremos mucho, como buenas Aries, somos de abril, he podido acompañarla en momentos tristes y llorar juntas, hemos celebrado tantos logros y los que faltan. Pese a esta despedida mi madre académica no detiene el paso, aunque ahora los dará sin tanto estrés, seguirá escribiendo -ahora también literatura-, su ejemplo ya es eterno.
Gracias Florence Toussaint por una vida dedicada al estudio de la comunicación, por ser pionera ejemplar, apasionada con tus temas, necia para defender nuestros espacios y una inspiración que siempre iluminará mi vida.



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