La noche del Grito de Independencia, mientras millones miraban al balcón de Palacio Nacional, una artesana de una comunidad náhuatl en las faldas de La Malinche sostenía la respiración frente al televisor.
El vestido que llevaba la Presidenta no era solo una prenda ceremonial: era el resultado de un oficio heredado, de semanas de trabajo silencioso y de una decisión que cambió el rumbo de su vida.
Esta es la historia de Virginia Arce, la mujer que perdió un concurso, pero bordó para la historia.
Aura García
SemMéxico/El Sol de México, Cd. de México, 2 de febrero, 2026.- Eran casi las once de la noche del 15 de septiembre y Virginia Arce no estaba celebrando. Mientras su familia cenaba pozole, ella apenas probaba la comida. Tenía la vista fija en la televisión y las manos quietas, como si no quisiera adelantarse a nada. Llevaba más de dos meses guardando un secreto que podría no existir.
Había trabajado ese vestido durante semanas, sin saber si llegaría a verse. Nadie se lo había prometido. Nadie le había garantizado nada. Solo le habían dicho que existía la posibilidad de que la Presidenta lo usara esa noche. Posibilidad: una palabra frágil cuando se vive de un oficio que rara vez da certezas.
Cuando la transmisión del Grito de Independencia comenzó, Virginia contuvo la respiración. Si el vestido no aparecía, nadie lo sabría. Si aparecía, ya no habría forma de esconderlo.
Entonces lo vio.
No gritó. No se levantó de la silla. Apenas alcanzó a decir, casi para sí misma: “Sí salió con el vestido”. Claudia Sheinbaum lo lucía frente a la multitud reunida en el Zócalo capitalino. Virginia lo veía por televisión.
Ahí terminó el secreto. Y empezó otra historia.
—¿Tú lo hiciste?, ¿por qué no nos habías dicho?— preguntaban sus hermanos, su esposo y sus dos hijos. Virginia se llevó las manos al rostro y empezó a contar la historia de esa pieza artesanal. Habló de las jornadas de trabajo que se alargaban hasta la noche, de las veces que pidió ayuda a su hermana para terminar la cena y de las visitas familiares que tuvo que poner en pausa. En más de una ocasión, confesó, llegó a preguntarse si era normal ver doble.
“Estaba a la expectativa. Sí me habían comentado que iba a salir con el vestido, pero no podía estar segura. Y hasta no verlo, siempre tuve la duda. Pensaba: ‘híjole, a lo mejor tiene otra pieza y decide cambiarla’. No digo que no me emocioné, pero qué tal que le decía a todo mundo y terminaba por ponerse otra cosa”, recuerda.

Virginia es una mujer tlaxcalteca, originaria de San Isidro Buensuceso, del municipio de San Pablo del Monte. Hasta ese momento era una maestra artesana conocida, pero nunca —ni en sus más locos sueños— imaginó que su trabajo se asomaría por el balcón de Palacio Nacional.
Claudia Sheinbaum escogió su diseño: un vestido púrpura largo, de satín plisado, con cinturilla y en la parte superior, el bordado en máquina, tradicional de la localidad; ese que Virginia aprendió de su padre, Delfino Reyes Arce, cuando era adolescente.
“Le enseñé a mi papá y se quedó en shock, no sabía ni qué decir; estaba muy emocionado, y mis hermanos también. Fue una sorpresa para todos, hasta para mí. Mi papá está orgulloso de lo que hemos logrado y lo digo así, en plural, porque él abrió las puertas y yo fui detrás suyo. Juntos estamos haciendo que volteen a ver esta artesanía”, afirma Virginia.
El bordado como herencia
Don Delfino Reyes Arce no solo le enseñó a su hija a bordar: le heredó una forma de mirar el trabajo. Compartió el oficio con sus cinco hijos, pero sólo Virginia e Isabel aprendieron la técnica y le tomaron verdadero cariño. El bordado, dice Virginia, exige paciencia y constancia; “aunque la habilidad se trae en la sangre, no cualquiera puede hacerlo”, y menos aún sin práctica ni disciplina.
Virginia tuvo un entrenamiento riguroso. Su papá le exigió más que al resto y todavía recuerda todas esas ocasiones en las que la obligó a repetir el trabajo, con tal de que quedara “casi perfecto”.
“Me decía todo el tiempo ‘lo tienes que hacer bien’ y me hacía repetirlo muchas veces, aunque yo ya lo veía bonito. Siendo sus hijos nos exigía de más. Éramos sus alumnos, pero no nos tenía consentidos; al contrario”, señala Virginia con picardía.
Delfino Reyes empezó a bordar cuando era niño. Sus papás ya no podían pagarle la escuela y, finalmente, cuando cursaba tercero de primaria, dejó las clases y tomó los hilos.
Aprendió el oficio de uno de sus tíos y se volvió tan bueno que, incluso sin haber concluido sus estudios, la Secretaría de Educación Pública de Tlaxcala le otorgó una plaza para enseñar bordado. “Él estuvo 32 años como maestro de misiones culturales en la capital del estado, enseñando su profesión”, explica Virginia con orgullo.
Sin embargo, su trabajo no siempre fue bien recibido. En su juventud, hubo quien lo señalaba por usar máquina de coser, como si eso le restara valor a su labor. “Sí, tenemos una máquina de pedal, pero la máquina no hace sola el bordado. El nivel de detalle que trabajamos no puede hacerlo ni siquiera una máquina computarizada”, argumenta Virginia.
Y entre risas añade: “Mi maquinita tiene ya como 100 años. Era de mi abuela. Ella la compró usada; o sea, es de segunda mano y mira cuántos años ha sobrevivido”. Además, explica que a su casa han acudido antropólogos e investigadores que confirmaron que el bordado de San Isidro también es una artesanía, porque se trabaja con las manos.

Hoy, Delfino tiene 71 años y ya no ve como antes, pero su relación con el bordado no se ha roto. Desde los ocho años, no ha dejado los hilos. Sigue trabajando piezas, guiado más por la memoria y el tacto que por la vista. Junto a Virginia, mantiene vivo un oficio que no solo se borda con hilo, sino con herencia, rigor y tiempo. Así, el nombre de San Isidro continúa cosiéndose, puntada a puntada, en cada pieza que sale de sus manos.
La Malinche, hilo a hilo
El vestido que bordó Virginia Arce para el primer Grito de Independencia de la primera presidenta de México lleva entretejido un pedazo de San Isidro Buensuceso, comunidad indígena náhuatl asentada en las faldas de la montaña Malintzin, conocida como La Malinche. No es solo una prenda ceremonial: es territorio, memoria y oficio convertidos en hilo.
Es un bordado color perla que coloca cuatro golondrinas entre decenas de flores nativas. La tela luminosa enmarca un paisaje que se extiende desde la cintura hasta los hombros y desciende por los brazos, finamente, hasta los puños.
Los bordados tradicionales de la localidad no tienen iconografía prehispánica, pero se distinguen por plasmar la flora y la fauna características de la región, especialmente las que nacen alrededor del volcán La Malinche, ubicado en la frontera entre Tlaxcala y Puebla.
“Llevamos a la tela las flores y las especies que antes existían en la localidad y que se han perdido con el crecimiento de la población y la urbanización. Nuestros bordados plasman colibríes, golondrinas —que hay bastantes por acá—, palomas y pájaros azules que viven en el campo, en las faldas de La Malinche”, comparte Virginia.
Además, las y los artesanos también representan los colores de las flores y los cacaxtles de la cultura náhuatl, una especie de canasta o cajón que sirve para ahumar alimentos.

Virginia acota que, aunque los quetzales y los pavorreales no son originarios de San Isidro, también llegan a incluirlos en sus composiciones porque resultan atractivos y coloridos.
“Por ejemplo, lo que lleva el vestido de la Presidenta, además de las golondrinas, son flores y una ‘especie de guajolotes’, con esa forma esponjada y bonita de sus plumas. Fuimos adaptando la forma de algunos animalitos para hacerlo muy vivo, pero siempre cuidando la iconografía que usamos aquí”, dice la artesana.
Para Virginia, que la Presidenta “porte con orgullo y elegancia” sus diseños —como los de otras comunidades indígenas del país— no es un asunto de moda, sino de reconocimiento hacia las raíces del México antiguo.
“Hace que mucha gente reconozca que esto es un arte. Antes no se le daba valor a las artesanías; mucha gente regateaba el precio y, lamentablemente, los artesanos aprendimos a malbaratar nuestro trabajo, pero eso está cambiando”, dice.
Ese cambio de mirada ha sido observado incluso fuera del país, donde se ha destacado que el uso de diseños de comunidades locales coloca en el centro a la moda indígena y la defensa de los bordados mexicanos frente a la apropiación de las grandes marcas. El año pasado, el diario estadounidense The New York Times reconoció a Sheinbaum Pardo como una de las 67 personas mejor vestidas del año.
La artesana tlaxcalteca también aboga por el valor de cada pieza. Recuerda que la elaboración manual vuelve única cada creación, “casi como una pieza de colección”, y explica que, aunque se intente repetir un diseño, ninguna pieza es igual a otra.

“No es como si tuviéramos un sello y siempre saliera igual. Aunque sea la misma flor o la misma ave, siempre hay un detallito distintivo: a veces las flores son más altas o el pajarito es más gordito, con las alas más largas, y eso debe tomarlo en cuenta la persona que adquiere nuestra artesanía”, comenta al comparar sus piezas con las de una fábrica.
Que uno de sus bordados haya llegado al atuendo presidencial no lo vive como un logro individual. Para Virginia es la confirmación de un oficio aprendido en casa, en las faldas de la Malintzin, con paciencia, repetición y exigencia. Un trabajo que no depende del reflector, sino de la continuidad.
El vestido que casi no es
Cuando las diseñadoras alistaban el muestrario para la Presidenta, probablemente no imaginaron que la tela podría agotarse. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió, según cuenta Virginia Arce.
El vestido del Grito de Independencia es de un púrpura vibrante, de subtono frío, cercano al índigo: un color que en la época contemporánea evoca la lucha de las mujeres y que, durante siglos, estuvo reservado para textiles de lujo y prendas de alta jerarquía. Ese tono fue el favorito de Claudia Sheinbaum cuando le presentaron las opciones.
Pero una vez definido el modelo, el bordado y el color, la tela simplemente dejó de aparecer. No estaba en ninguna tienda de la Ciudad de México. “Las telas se compraron en la capital, obviamente tenía que ser ahí, porque hay más propuestas de tonos y colores, y aun así costó un poquito conseguirla”, relata Virginia.
Para los diseños de alta costura, Virginia trabaja de la mano de la diseñadora Rocío Castro Cruz; el vestido del 15 de septiembre no fue la excepción. La pieza final fue el resultado del trabajo de cuatro mujeres que ya habían colaborado con la titular del Ejecutivo y que asumieron la encomienda más importante del año.

La anécdota llegó después. Rocío Castro se la contó a Virginia entre risas: cuando fueron a comprar la tela, les dijeron que ya no había. Durante el proceso de selección se había terminado. “Imagínate”, recuerda. Hubo que buscar en distintos puntos de la ciudad hasta encontrarla. “Fue como un tour”.
A pesar de la presión, Virginia subraya que el trabajo que entregó fue meticuloso, pero no extraordinario en términos de materiales. Aunque se trataba de la Presidenta, todo se mantuvo dentro de los parámetros habituales: las telas, los hilos, el bordado.
“No son materiales del otro mundo ni los más caros que existen. Son los hilos con los que siempre he trabajado y no hubo ninguna modificación especial. Hay personas que piden prendas con hilos de plata o de oro, y en este caso no fue así. Fue un vestido hecho con lo que siempre hemos usado”, puntualiza.
Sobre el precio, evita cifras cerradas, pero ofrece una referencia. Una blusa bordada por ella puede costar entre seis mil y ocho mil pesos. Un vestido implica más trabajo y depende de la densidad del bordado, la tela y la técnica. Puede rondar los 10 mil, 15 mil o hasta los 20 mil pesos. “Hay quien pide espaciar las figuras y hay quien las quiere muy juntas. Eso también cambia el precio”, explica.
Durante mucho tiempo, Virginia pensó que el vestido de Sheinbaum era solo una pieza más dentro de su trayectoria como artesana. Esa idea comenzó a cambiar la noche del 15 de septiembre, cuando lo vio en cadena nacional.
Conforme pasaron los días, la conciencia se volvió más clara. No era solo un vestido: era el que había portado la primera mujer presidenta en su primer Grito de Independencia. “Al principio yo decía: ‘es un simple vestido’. Ahora veo que no. Toda pieza cuenta una historia”, reflexiona

Desde entonces, algo cambió. Virginia tiene más trabajo, mayor reconocimiento y también más confianza en su oficio, pero, sobre todo, le queda la satisfacción de haber puesto su arte en un momento que quedará registrado en la memoria colectiva.
“Mi bordado y el color morado que eligió la Presidenta van a ser algo histórico. No sólo para mí: también para ella y para el país, porque es la primera mujer que gobierna México y es importante lo que decidió transmitir ese día”, concluye.
Abandonó un concurso, pero ganó mucho más
La historia y el trabajo de Virginia Arce se transformaron cuando su pueblo y sus conocidos supieron que bordaba prendas para la Presidenta. Sin buscarlo, se volvió una figura reconocida en la comunidad y comenzó a ser identificada incluso en la plaza pública.
La gente la detenía para felicitarla, le preguntaba por su historia y le decía que la había visto en redes sociales. A Virginia le daba pena salir: “ya compartí tu vestido”, “ya vi lo que hiciste”, “nos gustó mucho tu trabajo”. Lo escuchó tantas veces que, poco a poco, perdió el miedo a las cámaras.
“Todo el mundo me felicitaba y yo decía ‘híjole, esto no me lo esperaba’, pero es muy bonito. Mi familia también está muy contenta, sobre todo mi papá, que es quien me enseñó todo. Él es mi gran maestro, y ahora salimos en los medios”, dice con una sonrisa.
Para Virginia, una de las decisiones laborales más importantes fue no participar en un concurso de artesanías de su estado. En 2023 había preparado una blusa para el certamen y estaba a punto de inscribirla cuando recibió un mensaje que la obligó a elegir.

Era de la entonces secretaria federal de Cultura, Alejandra Frausto, quien le preguntaba si podía bordar una blusa para la candidata presidencial Claudia Sheinbaum. La prenda que pensaba llevar al concurso era una de sus mejores piezas y representaba meses de trabajo y la posibilidad de un reconocimiento nacional dentro del gremio.
“La primera pieza que le vendí fue en su campaña. La idea era que portara algo emblemático del estado. Alejandra Frausto ya conocía mi trabajo y el de mi comunidad, y nos invitó a hacer una blusa tradicional. Ese fue el primer contacto y la primera vez que la Presidenta conoció el bordado de San Isidro”, recuerda.
La disyuntiva fue clara: competir o entregar la pieza. Virginia decidió vender la blusa destinada al concurso. “A lo mejor con esa pieza hubiera ganado un lugar, pero fue más significativo que se la pusiera ella”, reflexiona.
La blusa le gustó tanto a Sheinbaum que después vinieron más pedidos. Virginia calcula que la Presidenta tiene hoy seis o siete prendas bordadas por ella. Todas, dice, con una historia detrás.
“Hemos hecho blusas, sacos y trajes. Tiene uno color hueso con bordado negro que usó ya como presidenta electa, otro el día de su nombramiento y la blusa de manta con bordado rosa que fue la primera”, detalla.

Para Virginia, sin embargo, la joya de la corona es el vestido púrpura del Grito de Independencia, por lo que representa para su familia, para San Isidro Buensuceso, para Tlaxcala y para las y los artesanos del país.
Sheinbaum, considera, ha enviado un mensaje silencioso: con cada prenda dignifica el trabajo artesanal. No es sólo la tradición lo que se borda, sino horas de trabajo paciente y una técnica que se sostiene con dificultad.
Virginia puede pasar la noche en vela cuando el encargo lo exige. Para el vestido del Grito trabajó con una pequeña lámpara junto a su mesa de costura.
“Es chiquita, pero intensa. Aunque no haya luz del día, sigo bordando a las dos o tres de la mañana”, confiesa.
Ese esfuerzo ocurre en un lugar donde casi nada está garantizado.
San Isidro Buensuceso, la comunidad del municipio de San Pablo del Monte, tiene poco más de 11 mil habitantes y una población mayoritariamente indígena náhuatl. Una parte importante de sus hogares enfrenta rezagos en servicios básicos y empleos formales. La economía es local y de subsistencia. En ese contexto, el bordado que Virginia aprendió de su padre no es una actividad rentable a corto plazo ni ampliamente practicada: hoy solo dos familias conservan la técnica completa. Si una deja de hacerlo, el diseño desaparece.
Virginia lo sabe. Por eso cada puntada es también una forma de resistencia.
La tradición recae en pocas manos
El bordado es una tradición conocida en San Isidro Buensuceso, pero cada vez menos practicada. Hoy, solo dos familias se dedican de forma constante a este oficio en la comunidad, una concentración que pone en riesgo la continuidad de su sello artesanal.
Virginia Arce y su entorno cercano intentan mantener vivo este arte, aunque saben que no basta con saber bordar: se necesita paciencia, constancia y tiempo. “Somos muy poquitos los que trabajamos este bordado. Mi papá tiene 71 años y ya no puede seguir el ritmo de antes. La otra familia también es grande. Los achaques llegan y uno ya no trabaja igual”, reconoce.
Virginia disfruta de su oficio. Al terminar cada pieza siente satisfacción, pero también tiene claro que el bordado es una fuente de ingresos posible y así se lo transmite a sus hijos. “Mi hija está en la preparatoria y mi hijo ya entró a la universidad. Aun así, les digo que aprendan a bordar, para el día que se acabe el trabajo. Ahora ya está reconocido en todo México y es más fácil vender una pieza que antes”, explica.
Ella aprendió a bordar por necesidad. Quizá por eso entiende que sus hijos no se aferran a la máquina. Su mensaje es doble: “tú te me vas a estudiar”, les dice, pero también insiste en que aprendan el oficio. Para Virginia, lo importante es que tengan opciones: un título universitario y, al mismo tiempo, un saber que les permita sostenerse si algo falla.
Más allá de sus hijos, algunos sobrinos han mostrado interés. Son pequeños: el mayor tiene 10 años. “Cuando nos ven trabajar a mi papá y a mí se emocionan. Se suben jugando a la máquina y empiezan a pedalear”, cuenta. No lo ve como juego menor: “que pedaleen ya es ganancia, porque se necesita coordinación de pies y manos”.
Fuera del círculo familiar, Virginia ha visto cómo el entusiasmo inicial de otros jóvenes se diluye. “Quieren aprender, pero se aburren, porque esto es largo. A veces pasan meses o años antes de recibir una retribución. Llega un momento en que se desesperan y se van”, lamenta.

Sabe que dedicarse a la artesanía implica sacrificios y que al inicio las ganancias no son evidentes. “Hay quien dice: ‘mejor me voy a trabajar a otro lado’, porque hay familia que mantener, cuentas que pagar”, admite.
Por eso, quienes aún bordan en San Isidro Buensuceso tienen una tarea clara: transmitir el conocimiento y lograr que no se pierda dentro de la comunidad. No es una misión heroica ni urgente en apariencia, pero sí frágil. Si una generación no toma la máquina, el bordado desaparece. Y con él, una forma de nombrar el lugar.
“Tratamos de que el conocimiento se quede aquí, entre los nuestros”, dice Virginia. “Cuando uno ve los resultados, le va tomando gusto. Es bonito”. Pero también sabe que el tiempo, como el hilo, no espera.



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