Mientras el Gobierno confirmaba la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes tras un operativo en Tapalpa, una maestra rural intentaba volver a casa sin señal en el teléfono y con sus hijos encerrados por miedo.
La caída del capo, vista desde la carretera y desde una sala donde nadie sabía si debía abrir la puerta.
Ricardo Balderas
SemMéxico/La Opinión de México, Cd. de México, 25 de febrero, 2026.-Lo primero en fallar fue la red telefónica. Martha Patricia se despertó a las cinco de la mañana el domingo 22 de febrero de 2026. Afuera todavía era de noche en la zona norte de Guadalajara y en su casa todo parecía en orden. Se bañó, alistó lo indispensable y llamó a su hija, que esa vez viajaría con ella porque había estado enferma y no quiso dejarla sola. A las seis en punto salieron rumbo a Cuquío, una comunidad ubicada al noreste tapatío debido a que su trabajo consiste principalmente en visitar escuelas comunitarias. Así que, como cada fin de semana, iba a dar clases fuera de la ciudad.
La carretera estaba inusualmente vacía. Al trasladarse a otra comunidad llamada San Isidro notó que los semáforos no funcionaban. Pensó en una falla eléctrica. No vio patrullas, ni retenes, ni humo. Siguió su camino. Llegó a Cuquío a las 8:15 de la mañana y entró al salón sin más novedad.
Mientras explicaba su clase, una colega irrumpió, abruptamente, con el teléfono en la mano. “¿No te topaste con nada?”, le preguntó, agitada. En los grupos de mensajería comenzaban a circular reportes de disturbios en la colonia Tabachines de Guadalajara. Eran poco después de las nueve. Martha Patricia negó con la cabeza: no había visto nada extraño, salvo los semáforos apagados. La información se multiplicaba en tiempo real, sin contexto ni confirmación oficial.
A esa misma hora, de acuerdo con los datos que más tarde difundirían fuentes federales, en el municipio de Tapalpa se desarrollaba un operativo militar para capturar a Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Entre las 06:00 y las 09:00, Ejército, Guardia Nacional y unidades especializadas habrían ejecutado una intervención basada en trabajos de inteligencia. Entre las 09:00 y las 10:30 se produjo un enfrentamiento armado. El presunto líder criminal resultó herido y, según versiones preliminares, murió entre las 10:30 y las 11:30 mientras era trasladado por aire. Ahora, esa muerte la confirman autoridades federales con un comunicado de prensa.
Pero en el salón de Martha Patricia no había certezas, solo mensajes reenviados. Lo primero que pensó fue en sus hijos, a quienes había dejado solos en casa. Intentó llamarlos. No había señal telefónica. Solo lograban comunicarse cuando encontraban una red de internet doméstica y podían hacer llamadas por aplicaciones. Esa intermitencia fue, dice, lo que más la angustiaba: la imposibilidad de saber.
En los grupos locales de Cuquío empezó a circular otra versión: que habían detenido a alguien en Tapalpa y que los disturbios buscaban presionar para liberarlo. A las 11:29, medios nacionales comenzaron a reportar que el operativo había terminado con la muerte de “El Mencho”. La noticia se propagó antes de cualquier comunicado detallado.
En la universidad el rumor se convirtió en pánico. El campus está en un cerro, frente a un módulo de la Guardia Nacional. Los estudiantes, adultos en su mayoría, comenzaron a abandonar el edificio. “Si atacan a la Guardia, nosotros estamos aquí enfrente”, decían. Martha Patricia y sus colegas decidieron suspender las clases. Bajaron al pueblo para resguardarse.
En el módulo de la policía municipal preguntó si podía regresar a Guadalajara. La respuesta fue negativa. Le dijeron que había vehículos incendiados en la carretera, que personas armadas bajaban a conductores al azar y quemaban los coches, que había tramos sin paso. Su automóvil, le advirtieron, quizá no resistiría los desvíos por brechas. Aceptó la hospitalidad de una alumna que le ofreció su casa.
Hacia el mediodía, entre las 12:00 y las 13:00, la confirmación preliminar de la muerte de Oseguera comenzó a circular con mayor fuerza. A partir de las 14:00, según los reportes oficiales, células del Cártel Jalisco Nueva Generación iniciaron una respuesta coordinada: narcobloqueos, vehículos incendiados, ataques a comercios y daños a sucursales bancarias en distintos puntos de Jalisco, incluidos Guadalajara, Zapopan y Puerto Vallarta.
Infancias frente al miedo
Martha Patricia seguía en la casa de su alumna, pegada al teléfono. Sus hijos (debido a la inmediatez de las redes) ya habían visto videos. El mayor insistía en ir a trabajar porque tenía un contrato firmado con la empresa donde trabaja. Ella fue tajante: la vida está primero. El menor pidió permiso para ir al parque. La respuesta fue no. Les ordenó no salir, no abrir la puerta a nadie, ni siquiera si alguien pedía ayuda. “No sabemos quién es”, les dijo.
Por la tarde, el comandante con quien mantenían comunicación reiteró que no era prudente viajar. En los grupos de Facebook de municipios cercanos, Cuquío, Ixtlahuacán del Río, Villa de Guadalupe, comenzaron a aparecer imágenes de vehículos calcinados y de un ataque a elementos de la Guardia Nacional en un cruce de San Isidro. Martha Patricia reconoció el lugar: era donde a veces se detenían a desayunar. Las fotografías, dice, eran gráficas.
A las 16:00, autoridades estatales confirmaron al menos 26 personas fallecidas en la jornada, entre presuntos integrantes del grupo criminal, agentes de seguridad y civiles, incluida una mujer embarazada en Zapopan. Entre las 17:00 y las 20:00 continuaron los bloqueos en carreteras y puntos urbanos dentro y fuera de Jalisco. A las 20:00, el Gabinete de Seguridad federal informó que se habían registrado más de 250 narcobloqueos en 20 estados, con Jalisco concentrando la cifra más alta.

En Cuquío cayó la noche sin claridad. Martha Patricia decidió esperar al amanecer. Si no se atrevía a conducir de día, menos lo haría en la oscuridad. A las seis de la mañana del lunes volvió a revisar los grupos locales. Seguían reportando vehículos incendiados, pero ya no hablaban de personas armadas en la vía.
A las 10:30 emprendió el regreso. Intentó enviar su ubicación a familiares. Todavía no había señal. Pasando Teponahuasco vio un camión que seguía ardiendo a las 11:07. Todo estaba cerrado. Tuvieron que bordear por una brecha; algunos vehículos no lo lograban. Más adelante, en curvas peligrosas, contó al menos ocho automóviles calcinados. En el cruce de San Isidro ya no había presencia visible, solo un vehículo blanco baleado, donde se habían resguardado elementos de la Guardia Nacional.
Al acercarse a la ciudad, hacia el mediodía, el paisaje era de persianas abajo. Un camión urbano permanecía incendiado. En su colonia, en la zona norte de Guadalajara, los vecinos hablaban de balazos durante la tarde del domingo, de tiendas de conveniencia y gasolineras quemadas. Sus hijos habían escuchado disparos y rechinar de llantas, pero no salieron.
Martha Patricia pasó primero por la casa de sus padres. Luego regresó con sus hijos. Dice que ahora está bien, pero que la sensación de fragilidad permanece. El domingo comenzó como cualquier otro día de trabajo y terminó con más de 250 bloqueos, decenas de muertos y una ciudad paralizada. Entre las seis de la mañana y el mediodía, mientras en Tapalpa se desarrollaba un operativo que alteraría el equilibrio criminal del país, miles de familias como la suya intentaban entender, en tiempo real y sin información oficial suficiente, qué estaba ocurriendo.
Su relato no habla de estrategias de seguridad ni de inteligencia binacional. Habla de sus consecuencias, aquellas con las que gente como ella tiene que cargar sin tener a dónde acudir. De semáforos apagados, de llamadas que no entran, de hijos que piden permiso para salir al parque y donde una madre que responde que no ante la inminente muerte que camina frente a ellos. En la cronología oficial, los hechos se ordenan por horas. En sus memoria, se ordenan por miedos.



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