Bellas y airosas | Siempre hemos vivido en el castillo: Sherley Jackson

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Elvira Hernández Carballido

SemMéxico, Pachuca, Hidalgo, 4 de marzo, 2026.- Gracias a mi maestro, el escritor hidalguense Agustín Cadena y a su curso “La muerte y la literatura”, he conocido a un personaje femenino que desde el primer párrafo me enamoró. Por eso, necesito escribirle una carta para declararle mi cariño.

Quiero refugiarme en su castillo, un castillo construido por una escritora estadunidense que en este siglo XXI se está volviendo a recuperar para reconocer su gran talento, Sherley Jackson (1916-1965). Ella escribió este maravilloso relato de terror bautizado como “Siempre hemos vivido en el castillo” (1962). 

La obra tiene muchas virtudes, pero bien dice mi querido maestro, una de las más destacadas es que esta autora le dio a la literatura de terror el lado femenino. A mi juicio, ella advierte el problema que no tiene nombre y que en 1963 Betty Friedan denunció en “La mística de la feminidad”. ¿Por qué las mujeres no son felices con el rol que les asignan y que han hecho creer que es su destino natural?

Por supuesto, el personaje tiene mucho de la misma historia de Sherley Jackson, pero lo que más me sorprendió es que también tiene mucho de mí misma. Por eso, les comparto esta carta:

Querida Merricat:

Gracias porque desde las primeras páginas te presentaste transparente y honestamente conmigo. Me diste tu nombre completo: Mary Katherine Blackwood, pero de cariño tu hermana te dice Merricat. Eres todavía una niña, tienes 18 años, yo casi 64, pero descubrí que teníamos mucho en común porque empecé a aullar contigo. Yo, como tú, también “pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo… pero he tenido que contentarme con lo que soy”.

Me gustó acompañarte, sin que te dieras cuenta, por el recorrido que haces cada vez que debes salir de tu castillo y haces las compras necesarias en el pueblo para que tu amada hermana Constance se ponga preparar los platillos deliciosos que comparten. ¿Sabes? A mí también me encanta cocinar aunque no siempre tengo tiempo para ello pero cada vez que puedo hago magia en mi cocina, la lleno de aromas que estremecen, preparo bocados que me reconcilian con la vida. 

Por eso, fue delicioso observarte cargando las bolsas llenas de condimentos, aunque no sonrías ni te preocupe averiguar quién te observa y cómo te observan. A cada paso confirmaba contigo que esas casas alineadas por la calle escondían corazones malvados y que dentro de ellos ocurría una lenta putrefacción, “símbolo de la fealdad de los habitantes del pueblo”. 

Intuía a los otros, siempre tan extraños comparados contigo,  tan lejanos cuando a ti te siento tan cerquita. Sospechabas de los otros, siempre tan crueles y tan grises. Los otros, señalándote por aceptarte como eres y quieres ser, esperando el momento de destruirte porque eres diferente, porque estás contenta con lo que eres, aunque seas lo que nadie espera ni comprende. Te confesaré, me asusté un poco, pero te comprendí de inmediato cuando pensaste: “Desearía que estuvieran todos muertos”. Los otros, esos que te lastiman. Las otras, esas que te hieren. Ellos y ellas que siempre te recuerdan lo que es el dolor, que la soledad parece el lugar más seguro. Los otros, a los que no debemos hacerles caso porque resultará peor, bien te aconsejaba tu hermana amada que lo mejor era ignorarlos.  

Me da fuerza saber que esos pensamientos nunca te hicieron sentir culpable y lamento que en eso no pueda verme en ti. A mí siempre me acompaña la culpa. Deseabas la muerte de los otros, de los que no quieres, de los que no te quieren. Tu fuerza asusta, la envidio. Los quieres ver muertos y patearlos. Nunca han sido amables, nunca han dado color al pueblo, nunca intentarías salvarlos, nunca quisiste salvarlos como ellos nunca te creyeron a salvo y es que jamás comprendieron que nunca deseabas estar a salvo, te gustaba oscilar entre tus buenos pensamientos y tus odios firmes.

Construiste tu propio castillo, tu hermana Constance y tú siempre vivieron en él, te esforzaste de verdad para ello. Tus amuletos te ayudaron, tus palabras mágicas te fortalecieron, la luna te iluminaba. Toleraste al tío Julián, la memoria latente de lo que pasó ese día. El único que siempre recordaba que estabas castigada por desobediente y traviesa. El único que recordaba esa azucarera, la misma que Constance se puso a lavar después de la tragedia que ocurrió aquel día. Y después eso llegaron los días del juicio, del orfanatorio, de las declaraciones y de la condena del pueblo, regresaron a su castillo para comer, cuidarse, quererse, tolerarse, crear su propio mundo. 

Y pese a que tu castillo era tan seguro, alguien logró colarse, a fuerza de mentiras, no siempre de buena fe, a romper cotidianidades, a filtrar desacuerdos. El primo Charles provocó que tu hermana te mirara con otros ojos y con el ceño fruncido. El otro, invadiendo nuevamente. Y yo también lo deseé contigo, la verdad: que se muera también Charles.

Y ese otro descubrió tu locura, que en esa casa, todos estaban locos. Loca, la mejor manera de descalificarnos. Locas, nuestros cautiverios preferidos. Me uní a tu locura. Sí, que te digan loca, que nos digan locas. Seamos locas Merricat y musitemos las palabras mágicas, construyamos más amuletos, exijamos asilo en cada luna que ilumina nuestros cielos, encerrémonos en nuestro castillo. Por eso, en tu historia eres buena y eres mala, estás viva y eres fantasma, odias y amas, deseas la muerte y apuestas por la vida. Que te manden a la cama sin cenar y reacciones con las vísceras. Que te amenacen con castigarte otra vez para que aflore tu talento perverso y perfecto.  

Estás viva o estás muerta, la única certeza es que tu castillo es el único lugar seguro, porque lo inventaste tú, porque lo proteges tú, porque lo destruyes y lo reconstruyes cada día. Es la única manera de sobrevivir, de ser recordada.

Y afuera los otros, odiando y destruyendo. Arrepintiéndose y dejando regalos. Asustándose y tratando de asustar para callar sus culpas. Volviéndote leyenda y mito. Queriendo asegurar que eres mala y mereces el encierro, hasta han corrido el rumor de que te comes a los niños. Queriendo sanar culpas y buscándote para que fortalezcas el amor hacia ti misma, hacia tu hermana, hacia mí que desde hoy ya te quiero. Cómplices en el silencio, haciendo eco al sonido verdadero de la sororidad:

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Homenaje a las Costureras del 19 de septiembre, 1985.



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