Elvira Hernández Carballido
SemMéxico, Pachuca, Hidalgo, 22 de abril, 2026.- ¿En qué momento la violencia se volvió un mar impetuoso que arrasa con todo? ¿Cómo empapa a nuestras pantallas, celulares, charlas y vida cotidiana? ¿Cuáles sirenas solidarias lo enfrentan o cuáles sirenas asustadas se hunden con él?
¿Por qué ahora podemos atestiguar crímenes, balaceras, masacres y nuestras únicas opciones parecen ser cambiar de canal o apagar ese aparato delator? ¿Quién llora a la chica asesinada, solamente su familia, ya nadie se conmueve con estas noticias desgarradoras? ¿Quién grita cuando una pistola dispara desde una pirámide? ¿Quién graba el momento violento sin que la mano le tiemble, agradeciendo en silencio porque esa tragedia le ocurre al otro, a la otra?
Aprieto las manos con absoluta impotencia, le niego a mis dedos la oportunidad de brincar por las teclas de mi computadora porque ya no sé qué letras elegir, qué palabras construir, qué frases destacar, qué oraciones rezar, qué composición plasmar donde el dolor sea compartido con las demás, donde el miedo no parezca imponerse, donde el nombre de una desconocida que fue asesinada forme un mar de lágrimas que toque el corazón de los indiferentes, los que ya se acostumbraron, los que agradecen estar lejos de ese lugar, los que olvidan de inmediato y hasta de quienes culpan a la misma víctima.
¿Busco culpables o escarbo en busca de soluciones, remedios, salidas, recursos, desenlaces infelices, cierres sin esperanza?
¿Basta con volver culpar al gobierno actual o al anterior y al anterior, descalificar a los funcionares inhumanos, denunciar la corrupción, escribir mil notas solamente para ganar la primera plana y mañana olvidar, preguntar una y otra vez qué hacer, suponer que un protocolo basta para prevenir, que una ley detendrá todo, que las cárceles no son suficientes para castigar a los asesinos?
Me duele tanto pensar que mientras yo recibía felicitaciones por mi cumpleaños ese mismo 15 de abril Edith Guadalupe era asesinada, botada en un sótano, envuelta en un silencio dolorosamente sepulcral que fue roto gracias a la fuerza de su familia que movió cielo y mar para encontrarla.
Tallo mis ojos incrédula cuando descubro esas imágenes de Teotihuacán, un lugar que te sorprende por lo imponente de sus pirámides, por la historia que guarda y la magia que comparte, ese mismo lugar que cualquiera de nosotras ha visitado con alegría y orgullo, ahora convertido en un escenario de pavor y balas.
Y viene otra vez esas olas de un mar despiadado de violencia que arroja las fichas de mujeres desaparecidas, a las madres buscadores partiéndose en el alma, los asesinatos que nadie reporta, las muertes crueles que nadie imagina, la violencia que se ha convertido en un espectáculo cotidiano, tema de foros donde se explica mucho pero no se resuelve nada, manos levantadas en congresos de papel que legislan y condenan sin lograr erradicar esos crímenes.
Escribo este texto con la desilusión de que esta botella al mar no llegará a las miradas que toman decisiones, que se desvanecerá en las manos de la injusticia latente, que pasará al olvido para quienes alzan los hombros con indiferencia, que molestará a los villanos, que será un granito de arena que enfrenta la fuerza de este mar de violencia.
Lo siento, hoy amanecí triste, con la impotencia haciendo nudo en mi garganta, el corazón apachurrado…
Escribir siempre me salva, así que empecé a escribir sin orden y haciendo caso al dictado de mi alma.
Escribo aferrada a la justicia, colgándome de las ilusiones por un mundo mejor, con un canto de sirena afónica que no quiere sumergirse en este mar de violencia y convierte su canto en un grito que clama justicia.



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