Sonia del Valle
SemMéxico, Ciudad de México, 29 de mayo, 2026.- Conocer las escuelas por dentro siempre fue un desafío. No había manera de que maestras y maestros dejaran entrar a cualquiera. Las madres y los padres podían pasar cuando recogían a sus hijos, tenían una cita o asistían a algún festival escolar.
Un día pedí a la SEP, a través de Comunicación Social, visitar las escuelas para constatar el estado de los inmuebles. Después de muchos trámites dijeron que sí.
Quedamos de vernos en la Secundaria Número 1, en el centro de la ciudad. Aquello parecía procesión. Iban el director de Comunicación Social y su fotógrafo, el supervisor de zona, el jefe de sector, el asesor técnico pedagógico, el fotógrafo de Reforma y yo.
Cuando vi la cantidad de personas, dije, esto es un fracaso informativo.
Llegamos a la escuela y la directora nos recibió sonriente. A cualquier pregunta que hacíamos sobre los baños, las aulas o el patio respondía exactamente lo mismo: “No tenemos ningún problema”.
Todo estaba impecable: Los baños brillaban. Los salones estaban ordenados. El patio limpio.
Luego nos pasaron a un aula y la directora preguntó a los estudiantes cómo estaba su escuela. ¿Y qué creen que respondieron? Exacto. Todo bien.
¿Y la nota? Pues no hubo nota.
Después de que la maestra Gordillo anunciara que rifarían las Hummers para rehabilitar las escuelas, me puse en contacto con el líder de la sección 10, el maestro Antonio y lo convencí de recorrer diversas escuelas en la ciudad. Le dije que eso podía ayudar a poner en la mira de las autoridades el abandono de los planteles.
Fuimos a visitar las escuelas. Lo más impresionante fue el recibimiento. El líder sindical era tratado como eminencia. Lo recibían con asombro, extrañeza y alegría. “Qué gusto que esté por acá”, “es un honor su visita, pásele”.
Tras las presentaciones, el maestro les comentaba la razón de nuestra visita. Y los directores mostraban los desperfectos: baños que no funcionaba, falta de agua, bancas apiladas en los patios que no podían desechar porque eran “bienes de la nación”, que generaba basura, nidos de roedores y quitaba espacio a las y los estudiantes de las áreas comunes.
Recuerdo especialmente una secundaria. Una maestra nos enseñó los salones del segundo piso. Habían hecho pequeños hoyos en las paredes porque cuando llovía el agua se metía desde el pasillo central y los salones se inundaban. Metían un lápiz en el agujero y el agua comenzaba a salir.
En otra escuela, una maestra nos mostró los baños de mujeres: cinco sanitarios cerrados desde hacía dos años porque la tubería se había roto y nadie había ido a repararla. Nos enseñó oficios y más oficios enviados a la SEP y a la delegación. Y nada.
En otra secundaria nos mostraron los laboratorios química y física que no funcionaban, sin materiales y los aparatos descompuestos.
¿Y cómo estudian? Pregunté.
“Con el puro libro”, respondió. “Hay que usar la imaginación”, se río el maestro.
Eran historias del abandono y la indiferencia gubernamental.



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