“El peligro de los programas sociales masivos bajo regímenes populistas, alerta Garton Ash, radica en su mutación de justicia social a control clientelar…”.
Francisco Ortiz Peniche
SemMéxico, Ciudad de México, 29 de mayo, 2026.- Coincidieron esta semana la aprobación por mayoriteo de Morena y cómplices de nuevas reformas constitucionales que erosionan aún más la ya maltrecha democracia mexicana, y el otorgamiento del premio Princesa de Asturias en Ciencias Sociales al historiador británico Timothy Garton Ash, tal vez el más destacado analista del mundo en la disección del populismo actual y los riesgos del desmontaje «legal» de las democracias. Ambos hechos tienen una obvia, sorprendente relación.
En una sesión maratónica, muy a su estilo, la mayoría oficialista en la Cámara de Diputados impuso por fast track en un periodo extraordinario cuatro reformas constitucionales impulsadas por Claudia Sheinbaum Pardo: el aplazamiento de la Elección Judicial a 2028, la prohibición de candidaturas vinculadas al crimen organizado, la nulidad de elecciones por “injerencia extranjera” y la reelección de magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, que ahora podrán ocupar el cargo hasta por 18 años.
Todo ello, en el marco de un control prácticamente absoluto por parte de la autollamada Cuatroté, además del propio Congreso, del Poder Judicial, la Suprema Corte de Justicia, del Instituto Nacional Electoral (INE) y del mismo TEPJF… Todo.
La reciente distinción al profesor Garton Ash ocurre en un momento de profunda urgencia global. Historiador del Presente –como se le define internacionalmente– y analista de las grandes transiciones políticas, ha acuñado una metáfora que define con precisión el signo de nuestros días: seguir la actualidad se ha vuelto equivalente a navegar “en un río de aguas bravas”, donde la velocidad de las corrientes impide ver con claridad los escollos que se avecinan y el riesgo del naufragio es permanente.
Al escudriñar en sus postulados y advertencias, encontré que el también periodista británico considera que esta vertiente de la «Historia del Presente» no es un mero ejercicio académico, sino un método riguroso que combina la documentación histórica con la observación periodística directa sobre el terreno. Su propósito explícito es entender de dónde venimos y dónde estamos para intuir hacia dónde nos dirigimos en medio de la turbulencia actual.
Su pensamiento, forjado en la observación de la caída de los totalitarismos en la Europa del Este durante los años ochenta y consolidado en sus cátedras de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford y Stanford, se vuelca hoy hacia una advertencia central: el peligro de la regresión. La democracia, lejos de ser una estación de llegada irreversible, experimenta un desmontaje invisible y constante desde su propio interior.
Me parece que el mayor valor del análisis de Garton Ash —galardonado previamente con los premios George Orwell de escritura política y el Carlomagno por sus servicios a la unidad europea— radica en su capacidad para diseccionar los mecanismos del populismo contemporáneo, despojándolo de sus ropajes locales para exhibir su esqueleto autoritario. “A diferencia de las dictaduras del siglo veinte, los regímenes antiliberales del siglo veintiuno no necesitan de tanques en las calles ni de golpes de Estado espectaculares”, resume.
Y advierte que el desmantelamiento de las repúblicas modernas, ojo, se ejecuta ahora al amparo de la ley, utilizando las mayorías parlamentarias obtenidas legítimamente en las urnas para asfixiar, de manera gradual pero sistemática, los contrapesos constitucionales. Esta estrategia opera mediante la colonización de los tribunales de justicia, la desaparición de los órganos autónomos de transparencia y la captura de las instituciones encargadas de arbitrar los procesos electorales. Ojo de nuevo.
Bajo la óptica del pensador premiado ahora en España, el populismo se fundamenta en una falsificación radical de la representación política. Los liderazgos de este signo asumen que el triunfo en las urnas les otorga una delegación absoluta y sin restricciones de la soberanía, autoproclamándose como los únicos intérpretes legítimos de la voluntad popular. Esta premisa introduce una división maniquea y binaria en el cuerpo social: por un lado, el pueblo supuestamente puro, el pueblo bueno, encarnado en el movimiento gobernante; por el otro, los adversarios, quienes no son vistos como contradictores políticos legítimos, sino como enemigos de la nación o traidores al proyecto de refundación colectiva. Esta retórica destructiva anula el pluralismo y degrada la deliberación pública, transformando la política en un ejercicio de confrontación diaria e identitaria que fragmenta la cohesión social.
Una de las advertencias más agudas de Garton Ash, quien cuenta con seis doctorados honoris causa y dirige el proyecto internacional sobre Libertad de Expresión en Oxford, se enfoca al ecosistema de la verdad factual: el autoritarismo moderno no requiere necesariamente de la censura violenta del pasado, sino de la saturación y la devaluación sistemática de los hechos objetivos.
Al establecerse una maquinaria de comunicación oficial dedicada a descalificar diariamente los datos de la realidad, la academia, el periodismo independiente y la investigación técnica quedan reducidos a simples conspiraciones facciosas de supuestas élites corruptas. Sin un consenso social mínimo sobre la verdad y las cifras reales, las instituciones pierden su autoridad moral ante la ciudadanía, facilitando que el poder político imponga su propia versión ideológica como la única verdad incuestionable del Estado.
Este marco conceptual adquiere una resonancia ineludible cuando se proyecta sobre la reality contemporánea de aquellas naciones que experimentan procesos de centralización acelerada. Aunque el autor fundamenta sus estudios históricos en el ámbito transatlántico, las constantes sociológicas de su diagnóstico encajan con precisión quirúrgica en los fenómenos de concentración del poder que se expanden por el mundo. La entrega de facultades civiles, presupuestos opacos y proyectos estratégicos de infraestructura a corporaciones militares, la instauración de una retórica de transformación radical basada en el resentimiento social, y el uso de la estructura burocrática y los programas de asistencia para perpetuar una hegemonía partidista, son los síntomas inequívocos de la dolencia que el autor describe en sus tratados sobre la degradación democrática.
Garton Ash considera el debilitamiento de la división de poderes no es un accidente de los liderazgos carismáticos, sino un objetivo central de su consolidación política. Cuando un solo movimiento logra subordinar al poder legislativo para que actúe sin cambiarle una sola coma a las iniciativas del Ejecutivo, y asume el control de la judicatura mediante el nombramiento de perfiles incondicionales, el principio de legalidad se extingue.
El ciudadano común queda entonces completamente desprotegido frente a los abusos de la autoridad, pues las instancias independientes creadas para defender sus derechos frente al poder absoluto se convierten en oficinas subordinadas a las directrices del gobernante en turno.
El peligro de los programas sociales masivos bajo regímenes populistas, alerta, radica en su mutación de justicia social a control clientelar. “Al vincular la entrega directa de dinero a la figura del gobernante o su partido y desatender los servicios públicos estructurales, se genera una dependencia que reduce al ciudadano a un votante cautivo”, dice. “Así, las necesidades legítimas de la población terminan instrumentalizadas para financiar la permanencia de proyectos que erosionan la democracia y limitan la verdadera libertad”.
El peligro definitivo, asume el galardonado, estriba en la conformación de regímenes híbridos: sistemas que mantienen la fachada de la democracia, celebrando elecciones periódicas, pero donde la cancha electoral se encuentra completamente sesgada a favor del aparato oficial. El uso clientelar de los recursos públicos y la cooptación de las instancias de control transforman el sufragio en una mera simulación legalista que asegura la continuidad del régimen.
Cualquier semejanza con una Nación llamada México es mera coincidencia, digo yo…
Vale aclarar que las advertencias del nuevo Premio Princesa de Asturias no son un llamado al pesimismo, sino una exhortación a la lucidez ciudadana. En medio del oleaje de estas aguas bravas, comprender los mecanismos de la erosión institucional es el primer paso indispensable para defender las libertades republicanas antes de que el cauce de la historia arrastre consigo los fundamentos de la sociedad abierta. Válgame.
@fopinchetti



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