· Agrofem iniciativa de formación, promoción y acompañamiento en el desarrollo de negocios rurales
· Las mujeres rurales cubanas sostienen gran parte de la producción de alimentos del país
Lisandra Fariñas SemMéxico/SEMlac, La Habana, 8 de junio, 2026.- Yuleinis López Herrera tiene 42 años, dos hijas y una finca en Caimito, Artemisa, a 35 kilómetros de la capital cubana, donde cría animales de todo tipo, siembra lo que come su familia y, antes de que amanezca, ya está acarreando leche hacia la bodega de la comunidad.
Es la misma leche que, cuando falla el transporte destinado a su recogida, Obdulia Collera recolecta junto a su nieto en una moto para que ningún niño se quede sin su ración. De sus 77 años de vida, ella lleva más de dos décadas como economista de una cooperativa en el mismo municipio.
Pero cuando López Herrera pidió tierras para trabajar, hubo quienes dijeron que una mujer con las uñas arregladas no parecía hecha para el campo. Se las negaron varias veces. Insistió, hasta conseguirlas. Sabe bien que las mujeres pueden sostener una finca, una familia y una comunidad, aunque todavía tengan que demostrarlo más veces que los hombres.
Como ellas, otras 31 mujeres rurales -y tres hombres aliados de ese proceso- participaron en Agrofem, una iniciativa de formación, promoción y acompañamiento en la creación y desarrollo de negocios rurales, impulsada por la asesora Quota S.R.L., con apoyo de la Embajada del Reino de los Países Bajos en Cuba.
La experiencia partió de una realidad que muchas viven a diario. El potencial de las mujeres rurales suele encontrar más obstáculos que oportunidades para desarrollarse.
Sus participantes son mujeres de cinco cooperativas de los municipios Caimito y Güira de Melena, en Artemisa, a menos de una hora de La Habana. Los talleres de formación se organizaron en la finca La Burgambilia, en Artemisa, y el encuentro de cierre tuvo lugar el pasado 29 de mayo en La Yoandra, en Arroyo Naranjo, en la periferia de la capital, una de las propiedades que integra la red de Fincas Naranjas de la Embajada neerlandesa.
Una brecha que no siempre se ve
Las mujeres rurales cubanas sostienen gran parte de la producción de alimentos del país, pero rara vez están al frente de la economía. Siembran, cosechan, cuidan y transforman, pero enfrentan menos acceso a tierras, escasa formación financiera, sobrecarga de cuidados y poca visibilidad en las cadenas de valor. Para quienes viven lejos de los centros urbanos, la distancia convierte el acceso a créditos, mercados y servicios en un privilegio adicional.
«En zonas rurales, las mujeres tienen ciertas desventajas por limitación geográfica, acceso a información y conductas patriarcales arraigadas en estos entornos», explica Katia Pérez Díaz, vicepresidenta de Quota y coordinadora de la Red Cubana de Mujeres Emprendedoras.
Agrofem surge a partir de esa necesidad, que no siempre es visible para quienes no tienen los ojos puestos en el empoderamiento de las mujeres rurales. La apuesta fue amplia, pues el proyecto no solo incluyó agronegocios, sino cualquier emprendimiento que una mujer rural pueda desarrollar con lo que tiene alrededor, desde la producción artesanal hasta las industrias creativas o el agroturismo, sostiene Pérez Díaz.
Para ello se diseñaron cinco módulos: empoderamiento y liderazgo femenino; marco legal para agronegocios -usufructo, cooperativas, mipymes, permisos, marcas y agroturismo-; modelos de negocio; gestión financiera; y comunicación y marketing.
Uno de los resultados de la iniciativa es la publicación de un manual de buenas prácticas para mujeres en agronegocios que recoge las herramientas esenciales del programa y que las participantes se llevan como instrumento de consulta.
Un potencial que ya estaba ahí
Aylín Esperón llegó a los talleres con un proyecto de cría de abejas sin aguijón, que empezó con 24 colmenas en lo que antes era el basurero del pueblo en Aguacate, Caimito. Hoy tiene más de 300, organizadas en un mural de 60 metros, donde cada colmena de meliponas lleva la imagen de una ciudad patrimonial o un lugar turístico de Cuba.
Niñas y niños de la escuela del asentamiento se acercan a ver las colmenas, le destapan una y toman miel directamente con un sorbete. De ahí, contó Esperón, nació la idea de convertirlo en producto turístico: los visitantes recorren ese mural, escuchan la historia de una abeja que tiene más de 2000 años y pueden probar directamente de la colmena mieles de distintos colores, desde casi transparente hasta negra, según la flor que visitó la abeja.
Esa ruta, que hoy tiene contrato con Ecotour, convirtió la finca en agroturística. La marca está registrada, la miel en proceso de validación sanitaria para exportación, la cera la convierten en velas y en la finca ya proyectan cabañas entre los cultivos de malanga, yuca y maíz.
Así, quienes nos visiten pueden dormir en medio del campo, en cabañas alimentadas por un sistema de biogás que cubriría toda la instalación. De manera sostenible, dice Esperón.
A esta emprendedora le faltaban las herramientas para organizar mejor todo lo que ya habían hecho y soñaban, pero «el proyecto nos enseñó a ir por un camino más directo. Ya sabemos lo que tenemos y a dónde dirigirnos», afirma.
Es una experiencia que también comparte Katia Toledo, quien lleva 15 años al frente del restaurante Don David, que empezó junto a una prima, en el municipio Caimito.
Fue después de la pandemia de Covid-19 que decidió dar el salto al agroturismo y hoy la Finca Agroturística Don David funciona en una lógica de economía circular, que incluye a vecinos y personas en situación de vulnerabilidad del entorno. El curso le dio herramientas para poner en orden lo que ya funcionaba. «Nos nutrió de todo lo que necesitábamos para sentirnos más a gusto con lo que estamos haciendo», afirma.
Sara Carcache Amarán, de 51 años, nació y vive a orillas de la presa donde se asienta la Escuela Nacional de Remo y Canotaje José Smith Comas, en Artemisa. Ganadera de toda la vida, descubrió en las excretas de su ganado la materia prima para un proyecto de cría de alevines que hoy aspira a abastecer el consumo social del municipio y a sostener la alimentación de esa escuela.
Sueña también con una mini industria para procesar la carne y el pescado de su finca. «Mis hijas me dicen que sueño mucho, pero soñar no cuesta nada», dice. Agrofem le ofreció una oportunidad, le dio las herramientas de gestión que le faltaban para llegar con más fuerza al agroturismo y la economía de su negocio, asevera.
Para muchas mujeres rurales, el primer obstáculo no es emprender, sino acceder a la tierra para hacerlo. Para Yuleinis López Herrera, lograrlo fue apenas el comienzo. Además de ganadera, es trabajadora por cuenta propia e impulsa «Los dulces de la abuela», un negocio familiar que nació de la leche que produce en su finca.
Agrofem le permitió descubrir capacidades que no sabía que tenía y dar un orden más claro a proyectos que ya venía construyendo. Ahora sueña con una vaquería propia, elaborar sus propios derivados lácteos y consolidar una marca que identifique sus productos. «No le tengo miedo al trabajo», afirma.
Obdulia Collera, a quien todos llaman Yaya, lleva buena parte de sus 77 años demostrando que las mujeres tienen un lugar en el campo cubano. Con tres técnicos medios -en economía, organización salarial y recursos humanos- que fue ganando porque en cada puesto nuevo tuvo que prepararse, desde 2003 se mantiene en la cooperativa Camilo Cienfuegos, tras pasar por una empresa genética y una granja urbana.
Las mujeres trabajan bien en la agricultura, asegura, pero todavía falta mucho. Por
ejemplo, «que se les reconozca más en salarios y en valores; que una escuela o un círculo infantil no queden lejos de donde está enclavada la finca», apunta Collera, quien es un puntal para su familia, su cooperativa y su comunidad.
Reconoce que Agrofem le hizo aprender y valorar lo que ya tenía, pero no reconocía. Para Collera, se puede emprender y tener impacto a cualquier edad y las redes de apoyo entre mujeres son solución a muchas de las dificultades que enfrentan.
Que tres presidentes de cooperativa participaran en un proyecto pensado para mujeres no fue un detalle menor. Orlando Pérez Guzmán, de la Cooperativa de Créditos y Servicios «Frank País», en Güira de Melena, cuenta con 95 mujeres entre sus 409 asociados. «Estamos muy contentos de que ellas se desarrollen desde el punto de vista económico, político y productivo», dijo.
Una red y una hoja de ruta
A juicio de Eric Almeida, presidente de Quota, el principal resultado de Agrofem no está solo en los conocimientos compartidos, sino en la red de mujeres que comenzó a tejerse. Emprendedoras en distintas etapas de desarrollo -algunas con proyectos consolidados y otras apenas dando sus primeros pasos- encontraron un espacio para intercambiar experiencias, establecer alianzas y reconocer desafíos comunes.
«Nuestro sueño sería que dentro de cinco o 10 años pudiéramos reencontrarnos y comprobar cuánto creció esa semilla», afirmó.
Dar continuidad a esa red es uno de los retos del proyecto. Entre las iniciativas que se exploran están la digitalización de los contenidos de formación, el desarrollo de herramientas contables accesibles para pequeños emprendimientos, la creación de espacios de intercambio con cadenas agroalimentarias y la búsqueda de nuevas oportunidades de financiamiento para las productoras rurales.
Para Katia Pérez Díaz, vicepresidenta de Quota y coordinadora de la Red Cubana de Mujeres Emprendedoras, la apuesta trasciende el acompañamiento a proyectos individuales.
«Invertir en mujeres rurales es invertir en futuro», resume. Un futuro que ya construyen agricultoras, ganaderas, campesinas y emprendedoras, al sostener economías familiares y comunitarias y contribuir al desarrollo de sus territorios.
SEM-SEMLAC/lf



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