Redacción
SemMéxico, Cd de México, 24 de junio 2026.-Cada cuatro años, la inauguración de una Copa Mundial de Fútbol es bastante más que un acontecimiento deportivo. Es un evento de presentación internacional. Durante unas horas, el país anfitrión da la bienvenida a más de 200 países, miles de millones de espectadores y proyecta una imagen de sí mismo al resto del mundo.
Por eso se sintió tanto la ausencia de la presidenta Claudia Sheinbaum en la ceremonia inaugural del Mundial de 2026.
La presidenta había aparecido horas antes en la cena de gala organizada por la FIFA en el Castillo de Chapultepec. Pero su fugaz presencia esa noche, en un evento privado, no cubrió un vacío difícil de ignorar.
El contraste resulta inevitable.
En octubre de 1968, después de la tragedia de Tlatelolco, Gustavo Díaz Ordaz fue recibido con una estruendosa rechifla durante la inauguración de los Juegos Olímpicos. Cualquier cálculo político aconsejaba evitar nuevas exposiciones públicas. Sin embargo, diecinueve meses después, el presidente acudió a la inauguración del Mundial de Fútbol 1970.
Miguel de la Madrid hizo lo propio en el Mundial 1986. México atravesaba una severa crisis económica y aún estaban frescas las heridas del terremoto de 1985. También hubo abucheos, pero no se ausentó.
La cuestión no es comparar popularidades ni circunstancias políticas. Es comprender que ambos presidentes asumieron que no acudían a la ceremonia inaugural en calidad de personas o candidatos, sino como titulares de una institución llamada Presidencia de la República.
La ausencia de Claudia Sheinbaum dejó vacante ese espacio de representación. Más notable aún porque la noche anterior acudió al evento organizado por la FIFA en el Castillo de Chapultepec.
Y ahí surge una segunda cuestión, quizá más importante.
La FIFA no es una organización internacional de Estados. No pertenece a Naciones Unidas, ni forma parte de ninguna estructura gubernamental. Jurídicamente es una asociación privada sin fines de lucro registrada en Suiza. Sin embargo, posee una capacidad de influencia que muchos gobiernos nacionales envidiarían.
Pocas organizaciones privadas pueden presumir que gobiernos federales, estatales y municipales adapten legislación, modifiquen reglamentos, construyan infraestructura específica, otorguen exenciones fiscales, desplieguen operativos especiales de seguridad y reordenen prioridades presupuestales para satisfacer sus requerimientos.
La FIFA lo consigue rutinariamente.
Lo hizo en Sudáfrica, Brasil, Rusia, Qatar y ahora en los tres países de Norteamérica.
Lo mismo ocurre con los derechos de propiedad industrial y comercial. Durante los mundiales, las zonas oficiales son sometidas a estrictos controles para garantizar la exclusividad de los patrocinadores autorizados. Productos competidores quedan excluidos. La comercialización informal es perseguida. Los gobiernos anfitriones colaboran activamente para proteger un ecosistema comercial diseñado por una organización privada global.
En el terreno diplomático la FIFA ejerce una influencia singular. Mientras diversos gobiernos mantienen conflictos abiertos, la organización exige garantías para la participación de las selecciones nacionales. El reciente ingreso del equipo iraní a Estados Unidos, pese a la tensión extrema entre ambos países, constituye una muestra de la capacidad de negociación acumulada por el organismo rector del fútbol mundial.
Nada de esto es necesariamente ilegítimo. Es el precio que los países aceptan pagar por albergar el espectáculo deportivo más importante del planeta.
Pero conviene no perder de vista la naturaleza del fenómeno.
La FIFA no actúa como un Estado. Actúa como empresa global, una organización privada con capacidad para doblar voluntades gubernamentales y obtener concesiones que pocos actores económicos o políticos podrían conseguir.
Por eso resulta tan significativa la cena celebrada en el Castillo de Chapultepec.
No se trató de una recepción ofrecida por el Estado mexicano. Históricamente, el Castillo ha sido escenario de actos promovidos por el propio Estado: la firma de los Acuerdos de Paz de El Salvador en 1992, reuniones vinculadas al proceso de paz con el EZLN en 1995-1996, el encuentro entre Felipe Calderón y la representación de Diálogos del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, en junio de 2011, la firma del Pacto por México en diciembre de 2012 y recepciones oficiales a jefes de Estado extranjeros.
En todos esos casos existía un elemento común: México era anfitrión.
Esta vez fue diferente.
La FIFA organizó el evento, definió invitados y el espectáculo artístico, cubrió costos y utilizó uno de los espacios más cargados de simbolismo histórico de la República. Fue sede del Heroico Colegio Militar y residencia del emperador Maximiliano, antes de albergar al presidente Porfirio Díaz. Desde 1944 ha sido Museo Nacional de Historia.
La presidenta acudió en representación del país anfitrión, pero lo hizo como invitada de la organización convocante. Ella misma informó que asistió para ofrecer la bienvenida pero no se quedó a la fiesta: “…estuve un momento…”.
La imagen es poderosa.
Una organización privada global fungiendo como anfitriona en un recinto asociado a la memoria nacional, mientras la jefa del Estado mexicano participaba en calidad de invitada especial.
Y en esta historia aparece un tercer actor: la CNTE.
La Coordinadora no estuvo presente en Chapultepec, pero su sombra se proyectó sobre todos los acontecimientos.
Durante semanas ocupó calles y espacios centrales de la Ciudad de México, afectando el funcionamiento ordinario del corazón político de la República. Como ha ocurrido en numerosas ocasiones, el conflicto terminó desembocando en negociaciones económicas, recursos adicionales, nuevas plazas, apoyos diversos y compromisos presupuestales.
Nada de ello constituye una novedad.
Precisamente por eso surge una pregunta inevitable.
Si el desenlace era previsible, ¿por qué no resolver oportunamente el conflicto?
¿Por qué permitir que el inicio del Mundial encontrara al gobierno con el centro histórico de la Ciudad de México ocupado, Palacio Nacional condicionado y la agenda internacional parcialmente alterada?
La pregunta no es administrativa.
Es política.
Porque el costo no fue únicamente financiero.
También fue simbólico.
La misma semana apareció otra imagen perturbadora. Después de que la presidenta utilizara la figura del “Pato Merlín” para referirse a ciertas formas de protesta, un padre de familia cuyo hijo permanece desaparecido desde 2024 publicó un mensaje desgarrador en redes sociales: “cuac, cuac…Si quiere no me vea como un padre que busca a su hijo. Véame como un pato. Pero por favor dígame cuándo me recibe, cuac, cuac”.
Mientras las puertas se abrían para dirigentes deportivos, celebridades, patrocinadores y delegaciones internacionales, seguían cerradas para quienes buscan respuestas sobre sus desaparecidos. Recibí al pato… por humanidad, declaró la presidenta echando alcohol a la herida de las madres buscadoras.
Quizá esa sea la verdadera enseñanza política de los últimos días.
La FIFA mostró el poder extraordinario de una organización privada global.
La CNTE volvió a demostrar su capacidad para condicionar decisiones gubernamentales.
Los colectivos de búsqueda recordaron que existen demandas sociales que continúan esperando atención.
Y en medio de todos ellos apareció un Estado que parecía reaccionar a las circunstancias, más que conducirlas.
El Mundial pasará. La euforia deportiva también. Pero las preguntas permanecerán.
¿Por qué una organización privada internacional pudo convertirse en anfitriona en uno de los espacios más emblemáticos de la historia nacional? ¿Por qué un conflicto cuya solución final parecía previsible llegó a condicionar el inicio del acontecimiento internacional más importante celebrado en México en décadas? ¿Por qué la Presidencia de la República dejó vacante un espacio de representación que históricamente se había considerado irrenunciable?
No son preguntas sobre fútbol.
Son preguntas sobre el Estado.
Y conviene formularlas ahora porque las naciones rara vez advierten sus debilidades en tiempos ordinarios. Las descubren cuando enfrentan acontecimientos extraordinarios.
El Mundial mostró un país capaz de organizar una fiesta global. También mostró un Estado con crecientes dificultades para ejercer autoridad, construir acuerdos y representar a la nación en toda su complejidad.
Eso, mucho más que el resultado de cualquier partido, debería preocuparnos.— Mérida, Yucatán
dulcesauri@gmail.com
Licenciada en Sociología con doctorado en Historia. Exgobernadora de Yucatán



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