Cuba: Artesana en la ruta cubana de la seda

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  • Los hilos y capullos de colores brillantes que utiliza son fruto inicial de un proyecto científico
  • La filosofía de «Sedavid» es el aprovechamiento total y el respeto por el ciclo de la vida

Lisandra Fariñas
SemMéxico/ SEMlac, La Habana, 16 de marzo, 2026.- En un local del Barrio Chino de La Habana, entre capullos de colores, aceites esenciales, plantas diversas e hilos, Dalgis Chaviano Rosales teje una historia que viene de lejos. No solo de la tradición familiar de artesanos y parteras que lleva en la sangre, sino de una ruta milenaria que conecta a China con el corazón de Centro Habana, en la capital de la nación caribeña.

A sus 50 años, esta economista de formación y artista de vocación lidera «Sedavid», un proyecto que ha logrado lo que parecía una fantasía: convertir la seda cubana en bisutería, cosmética natural, papel ecológico y una herramienta de transformación social.

Los hilos y capullos de colores brillantes que hoy utiliza en sus piezas son fruto inicial de un proyecto científico desarrollado en la Estación Experimental de Pastos y Forraje Indio Hatuey, ubicada en la occidental provincia de Matanzas, a poco más de 100 kilómetros de La Habana.

El motor impulsor de «Sedavid» fue esa iniciativa dedicada a la cría del gusano de seda (Bombyx mori) y al cultivo de la morera (Morus alba), planta que es su único alimento.

«Gracias a Indio Hatuey y a sus especialistas -Dairon y Marlén, dos personas encantadoras que dirigieron la sericultura experimental durante casi 15 años-, pude conocer a fondo todos los procesos vinculados con la obtención de la seda y me enamoré de ella», comenta Chaviano Rosales.

Ellos tenían capullos almacenados y querían expandir su uso más allá de la investigación. Participaban en ferias de artesanos buscando quien diera vida a esa materia prima. Fue en una de esas actividades que una amiga le dijo: «Mira, tú que siempre estás inventando, ¿quieres probar hacer algo con este capullo?», recuerda la emprendedora.

«Mi primera reacción fue la de todos: ‘¿En Cuba hay seda?'», ríe. «Investigué un poco qué podía hacer con un capullo, que además lo veía como una cosa dura, rara. Cuando empecé a conocer todo lo que se podía hacer, viré al otro día y le dije: ‘Dame capullos, que voy a hacer seda'», cuenta.

Poco después, Dairon viajó a La Habana para conocer su trabajo y ofrecerle todo el apoyo necesario para comenzar. Meses más tarde, Chaviano Rosales obtuvo el segundo lugar en el concurso Arteseda, una iniciativa de la propia estación experimental para promover el trabajo de artesanas de todo el país con el hilo de seda cubano.

Pero la relación de esta cubana con el arte manual viene de más atrás. «Sedavid nace de la fascinación por la seda, pero también de un proyecto familiar. Mi abuelo artesano, mis abuelas del campo con su conocimiento de las plantas, me llevan de algún modo a este camino», explica a SEMlac.

«El nombre del emprendimiento es, además, una alusión a seda y vida, y también un juego de palabras con el nombre de mi hijo menor, David», agrega.

Su historia, sin embargo, no comenzó con un gusano, sino con la necesidad de cuidar a su hijo mayor. «Mi inquietud por la cosmética surge por él. Tenía vitiligo desde los 10 años y proteger su piel era una necesidad familiar. Cuando vi que lo que usaba para él le servía a otros, supe que había que compartirlo».

Ese saber hacer, unido al descubrimiento de la sericultura en 2020, detonó una pasión.

Un ecosistema que no se desperdicia

La filosofía de «Sedavid» es el aprovechamiento total y el respeto por el ciclo de la vida. Nada sobra. Los capullos que no se convierten en hilo o en aretes o collares, se utilizan para extraer sericina, una proteína rica en propiedades que Chaviano Rosales incorpora en sus jabones, sérum y tónicos.

La crisálida que queda dentro, si no logra salir como polilla, se transforma en aceite. Incluso los restos de hilo -los pequeños nudos o fragmentos que no sirven para tejer- se convierten en el relleno de almohaditas relajantes, mezclados con esencias naturales. «La lana de seda la aprovechamos toda», explica.

El papel donde se crían los gusanos también se recicla para hacer tarjetas y envases ecológicos. «En la sericultura se puede aprovechar todo y en Sedavid nos hemos propuesto no botar absolutamente nada, ni siquiera un pedacito de hilo que se corte», asegura la artesana.

«Eso nos habla de un ciclo; de un respeto por la materia prima, que es también un respeto por nosotras mismas y por el planeta», dice.

Esa lógica de economía circular la llevó también a incursionar en la moda sostenible. Con aguja e hilo de seda, Dalgis rescata prendas con manchas o pequeñas roturas, y las transforma en piezas únicas mediante bordados. «Salvamos la pieza, le damos otra oportunidad, pero con mucho más valor ahora», apunta.

Tejer redes, no competencia

A esta emprendedora le satisface formar parte de lo que ella llama «el gremio de la seda», una red de artesanas, artesanos, tejedores y sericultores que se ha extendido por el país.

«Lo interesante es que somos hombres y mujeres, desde la siembra de la morera hasta la parte artesanal. Nos mantenemos unidos, nos apoyamos, nos decimos cómo va tu cría, cómo va tu tejido», explica.

«Siempre digo que los emprendimientos somos complementos, no competencia. Si yo potencio lo que tú haces, nos fortalecemos. Si no, seguimos en el mismo encierro», considera.

En esa comunidad, Chaviano Rosales destaca el papel de mujeres como Mary –en la provincia de Mayabeque, a 35 kilómetros de la capital–, la primera del grupo en animarse a criar sus propios gusanos. «Para mí tiene un valor inmenso. Fue la primera que dijo: ‘Yo voy a criar y voy a tener mi propia materia prima’. Y nos transmite su experiencia, nos asesora. Ese intercambio de saberes es la base fundamental», apunta.

A su juicio, ser mujer emprendedora en Cuba implica un desafío doble. Si bien reconoce que el camino de la seda le ha abierto muchas puertas -como ser nombrada promotora cultural del Barrio Chino y tener un espacio en su Casa Museo-, también enfrenta situaciones que evidencian las brechas de género.

«Cuando vas a negociar con hombres, a veces te ven como una mujer sola y preguntan: ‘¿Y por qué estás sola? ¿Por qué no tienes pareja?’. Como si fuera obligatorio. A veces hay un acoso disfrazado. Tú vas a hablar de negocio y te tratan en tono de conquista», señala.

«Eso es un reto. Te toca enfrentarte doble: como comunicadora de tu propio negocio y como mujer», dice.

Pese a ello, asegura que ha tenido «más oportunidades que desafíos. Lo principal es reinventarnos todos los días. Hoy no hay jabón, mañana no hay viruta, pero hay que seguir creando. La palabra de orden es resiliencia. Y las emprendedoras nos unimos para no rendirnos en el camino», apunta.

Sembrar cultura y sueños

El propósito de «Sedavid» va más allá de vender. Su misión se ha expandido hacia la comunidad. Como promotora cultural, Chaviano Rosales imparte talleres para niñas y niños de las escuelas del barrio. Les habla del horóscopo chino, del origen de la seda, del significado del Año Nuevo Lunar. Les enseña a coser un botón, a ponerle valor a lo hecho a mano.

«La comunidad china ha envejecido y se están perdiendo muchas tradiciones. Si no las transmites, se pierden. Por eso trabajamos con los niños, para que sepan dónde están, cuál es el valor de su barrio. Es la única forma de mantenerlo vivo», reflexiona.

Su taller se ha convertido también en punto de encuentro para viajeros curiosos. «Hace poco vino una pareja de chinos y la muchacha, al ver los gusanos, se emocionó. Me dijo que le recordaba su infancia, porque su familia en China era criadora de seda. Eso te retroalimenta», comenta.

Actualmente, esta emprendedora estudia Farmacia para profundizar en las propiedades de los productos que elabora. Ya tiene contrato con el Instituto de Medicina Deportiva, al que abastece de una línea de productos para masajes.

Habla también de otros proyectos, como la producción de hilo de sutura a partir de la seda, que Cuba implementa en textileras como Ilatex, en La Habana, con el asesoramiento de centros de investigación. «Eso nos motiva mucho a las pequeñas productoras. Saber que podemos aportar, aunque sea desde nuestro lugar, a un producto tan sensible para el sistema de salud, nos hace sentir parte de algo más grande», sostiene.

Su sueño es completar el círculo virtuoso de «Sedavid»: un proyecto que abarque la alimentación sana (con productos derivados de la morera), el cuidado del cuerpo (con la cosmética) y el bienestar de la mente (con espacios de relajación).

«Mi mayor logro es dar a conocer que existe seda en Cuba y que estamos aquí, en el Barrio Chino, en el lugar correcto, en el momento correcto y con las personas correctas», asegura convencida.

Cuando se le pregunta por el valor de lo que hace, mira los capullos que descansan en una cesta y sonríe. «De un capullo se pueden sacar hasta 1500 metros de hilo. Pero eso no es lo más importante», apunta.

Ella prefiere la lentitud de la aguja a la prisa de la máquina. «La pieza que se hace con amor, con la energía de tus manos, tiene otro valor», asegura.

«No importa que se demore más. Tiene ese tiempo tuyo, esa historia que le pones. Y cuando la persona la lleva puesta, conoce de dónde viene y todo lo que hay detrás, la valora de otra manera», afirma.

SEM-SEMlac/lf

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Homenaje a las Costureras del 19 de septiembre, 1985.



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