• La migración de una persona de la familia provocarestructuraciones que llevan al reparto de nuevos roles
• Cuando es una mujer la que se queda en Cuba, muchas veces asume un rol de proveedora
Dixie Edith
SemMéxico/SEMlac, La Habana, 6 de abril, 2026.- La migración transforma hoy los hogares en Cuba, reconfigura las familias y coloca muchas cargas sobre los hombros de las mujeres: las que se quedan, generalmente sostienen la dura cotidianidad de los hogares en medio de la crisis; las que se van reinventan la subsistencia, a veces desde cero.
Irina Ramos conoce muy bien esas dinámicas. Ingeniera hidráulica de 54 años, trabajó en la instalación de redes del acueducto de la provincia de Pinar del Río, en el extremo occidental de Cuba, hasta que su hermana emigró en 2022 y su mamá se quedó sola y enferma, en una zona alejada del centro de la ciudad.
«Tuve que dejar el trabajo, porque me exigía viajar mucho y mudarme más cerca de ella. Eso me alejó de mis hijas y de mi nieto. A la larga, también me costó el divorcio. No podía traer a mi mamá conmigo, porque mi casa era muy pequeña y no cabíamos; pero mi esposo no quiso mudarse conmigo», explicó en una entrevista para una investigación sobre los impactos de la migración desarrollada en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana.
En opinión de la psicóloga Isachy Peña Pino, «cuando se produce la migración de una persona de la familia, siempre hay diferentes restructuraciones que llevan al reparto de nuevos roles, ya sean asignados o asumidos por otros integrantes del grupo familiar.
«Cuando es una mujer la que se queda en Cuba, muchas veces asume un rol de proveedora que antes, tal vez, no tenía porque era la pareja o el hijo o hija quien se encargaba. Pero también asume todo lo que tiene que ver con la reestructuración y la organización», detalló a SEMlac la profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana.
Peña Pino asegura que la mayoría de las veces estas cubanas asumen cargas extras a un rol «que ya tenían previamente asignado, precisamente, por la sociedad patriarcal que prevalece».
Cuba contaba al cierre de 2024 con una población de 9.748.007 habitantes y un saldo migratorio total de 251.221 personas, que salieron solo en ese año, refiere el último reporte oficial de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (Onei). Entre 2020 y 2024, el país registró una pérdida de más de 1,4 millones de personas, una gran parte debido a la migración.
La también psicóloga y demógrafa Matilde Molina Cintra, subdirectora del Centro de Estudios Demográficos (Cedem) de la Universidad de La Habana, llama la atención sobre el «notable impacto» de la migración de mujeres en edad reproductiva.
En números significa un descenso de 555.700 mujeres en el quinquenio 2020-2024, reconoce Molina Cintra en su artículo «Cambio demográfico en Cuba, una mirada desde la resiliencia demográfica», publicado en 2025 por la revista Novedades en Población.
En tanto, la población mayor de 60 años representaba el 25,7 por ciento al cierre de ese mismo año, con una tendencia al incremento acelerado, también relacionada con la migración, pues prevalecen «jóvenes de 18 a 30 años» entre quienes se van, según la investigación «Los flujos migratorios y su impacto en la seguridad nacional: una mirada desde la movilidad de la población cubana«, de Antonio Aja Díaz y Laura Ivet Pujol Torres.
Esos movimientos migratorios influyen «tanto en la fecundidad, como en el empleo y hay una mediatización relacionada con desigualdades de género que se agudizan», había adelantado Molina Cintra a SEMlac a mediados de 2024.
En este contexto, las mujeres quedan en el centro de una encrucijada: son quienes más emigran en ciertos rangos etarios y también las que se quedan al cuidado de personas mayores, niños, niñas y adolescentes o de hogares reconfigurados por la partida de sus integrantes.
Las que se quedan
Aunque la hermana de Ramos garantiza alimentos, medicinas y otras necesidades «hasta donde los recursos alcanzan», para ella «lo peor fue dejar la ingeniería».
«Ahora vivo haciendo malabares entre los apagones, el dinero que nunca alcanza, dos trabajos que no me gustan, atender a mi mamá y tratar de hacer tiempo para ver a mis hijas y al niño», refiere.
En opinión de la psicóloga Peña Pino, a todo eso se agrega la sobrecarga física y mental. «Muchas veces en los primeros momentos, hasta que la pareja o la persona de la familia que emigra logra una estabilidad económica en el país de destino, la mujer asume la mayor carga de logística económica de la casa».
También se afecta su salud sexual y reproductiva, ya sea «porque la pareja no está en el país y supuestamente no está estableciendo ningún vínculo sexual con otra persona», o porque las sobrecargas se lo impiden «y se descuida todo lo que tiene que ver con la salud reproductiva, los seguimientos de rutina», agregó la especialista.
La psicóloga alertó, además, que cuando la persona que está en el extranjero se convierte en el mayor sustento económico del hogar y de la familia en Cuba, se refuerza su posición de poder con respecto a quienes quedaron a cargo.
«Mi hermana y yo tenemos una relación complicada, porque es verdad que ella ayuda muchísimo, pero a veces reclama explicaciones de cosas de la vida cotidiana de aquí que no entiende. Es muy tenso tener que estar siempre rindiendo cuentas», reconoció la pinareña Irina Ramos.
Para Molina Cintra, no se trata solo de más trabajo, sino de que esta situación genera poca autonomía, soledad y carencias afectivas en las mujeres que se quedan, lo que constituye «un impacto directo en las relaciones de género».
Las que se van
Dayanelis Roque está embarazada de su segundo hijo en Sevilla, España. Graduada de Comunicación en Cuba en 2019, salió del país con una beca de maestría, convencida de que iba a regresar.
«En La Habana se quedaron mis padres y mi novio, con quien tenía dos años de relación. El fin de la maestría coincidió con el cierre de fronteras producto de la pandemia de covid-19 y entre una cosa y otra, empecé a trabajar aquí para poder vivir», contó a SEMlac vía WhatsApp.
Cuando finalmente ya podía viajar, la vida en Cuba se había puesto tan difícil que prefirió quedarse y mantener a sus padres desde Europa. Visitó Cuba brevemente, se casó y en 2023 recomenzó vida y familia en un pueblo del interior de Andalucía.
«Mi mamá vino cuando nació el niño, que ya tiene un año y medio. Espero que ahora, cuando llegue el segundo, pueda venir con mi padre y quedarse algunos meses. Extraño mucho a mi familia, pero desde acá podemos ayudar mejor», asegura,
Para las cubanas que emigran, el camino tampoco es sencillo. Las rutas migratorias irregulares a menudo las exponen a riesgos específicos identificados ampliamente por la Organización Internacional de las Migraciones (OIM): violencia sexual, trata de personas, explotación laboral o redes de tráfico que se aprovechan de su vulnerabilidad.
Otras, como Roque, parten con títulos universitarios y experiencia profesional, pero no siempre encuentran mercados laborales exitosos. A menudo terminan en trabajos de servicios, cuidados o comercio informal, donde la discriminación y la precariedad se convierten en obstáculos permanentes.
Aun así, las remesas que envían sostienen hogares, financian estudios y permiten la supervivencia de no pocas familias, confirman la vida y varios estudios.
Investigaciones de las psicólogas Consuelo Martín Fernández, del Cedem, y Jany Barcenas Alfonso, de la Facultad de Psicología, sobre los impactos de la migración en las dinámicas familiares, revelan que la migración temporal o definitiva emerge como una estrategia de afrontamiento a los problemas cotidianos y «tiene un impacto diferenciador en la sociedad, ya que beneficia fundamentalmente a quienes pueden viajar porque tienen recursos o familiares emigrados».
Así, la migración aparece entonces no solo como proyecto de vida personal, sino como una estrategia familiar para enfrentar la crisis. Muchas personas «se apoyan de otros familiares que viven fuera del territorio nacional y les depositan la responsabilidad de asumir esa función económica; eso genera otros conflictos», explicó Barcenas a SEMlac en 2024.
Cuando, además, las familias son cada vez más pequeñas, «se hace más compleja una salida exitosa para cumplir la función económica familiar y se descuidan las otras», como la educación o el sostén psicológico de niñas, niños, adolescentes y personas mayores, añadió Barcenas.
De acuerdo con la experiencia de estas dos investigadoras, muchas mujeres emigran sin perder vínculos con su país de origen y otras, incluso, retornan, según explican en el artículo «Los múltiples retornos: estudio psicosocial sobre la migración de retorno a Cuba», escrito junto a Peña Pino y Melissa Robaina Figueroa.
El texto de 2022 propone una tipología de retorno multidimensional, que reconoce la diversidad de experiencias migratorias. Entre las motivaciones para regresar a la nación caribeña, sus autoras identificaban entonces «razones familiares, condiciones de salud, educación e inadaptación».
Las percepciones sobre el retorno -favorables o desfavorables- están condicionadas por «la experiencia personal, las características del proyecto migratorio y las estrategias personales y familiares», aseveran. Este hallazgo es relevante para el análisis de género porque los retornos, al igual que las salidas, implican reorganizaciones familiares que suelen ser gestionadas por mujeres.
Mirar desde un enfoque de género las políticas migratorias para atender, tanto a las mujeres que parten como a las que permanecen, puede contribuir a reducir desigualdades y cerrar brechas de cuidado.
En general, el impacto social de la migración es profundo: introduce nuevas dinámicas en las familias, altera la composición demográfica y plantea desafíos para las políticas públicas. En todo ello emergen, como pieza clave, las mujeres.
SEM-SEMlac/de



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