Elena Tapia Fonllem
SemMéxico, Ciudad de México, 23 de diciembre, 2025.- El festejo, el regocijo de estar reunidos en familia, con amistades, de celebrar un año más, compartiendo los buenos propósitos para el 2026 es lo que impera en estos días.
Diciembre también nos trae sorpresas. Por ejemplo, una mujer, una latinoamericana ganó el premio Nobel de la paz, María Corina Machado, por su lucha por la democracia y los derechos humanos en Venezuela; su liderazgo busca poner fin a los actos de represión y violencia en su país. Esto la convierte en una de las 18 mujeres galardonadas con este premio en el rubro de la paz.
El Nobel ha sido entregado hasta ahora a 911 hombres y a 65 mujeres, lo que coloca a Machado, al igual que a Rigoberta Menchú en una posición muy importante pues pasan a la historia como defensoras de la paz en América Latina.
Otro suceso de diciembre nos sorprende y reitera por qué luchar por la eliminación de la violencia y el fomento de la paz en todos los escenarios y durante todos los días de la vida es tan relevante. Esta idea imperó entre la ciudadanía cuando vimos la grotesca lucha de cabellera contra cabellera, en el congreso de la Ciudad de México.
La larga batalla feminista por lograr, primero las cuotas de género, después la paridad, tanto en los congresos como en todos los cargos de representación, la política ha sido deshonrada la semana pasada por el encontronazo entre diputadas de Morena y del PAN. Las diputadas trataban, o así parecía, de arrancarse las cabelleras a modo de imponer sus puntos de vista, personales o de partido. El dictamen que considera el cierre del Instituto de transparencia, Acceso a la información Pública y Protección de Datos Personales de la capital (INFOCDMX) fue el motivo de discusión que llevó al recinto legislativo local a ser escenario de la confrontación.
Los parlamentos deben demostrar las posibilidades infinitas del uso de la palabra, de los argumentos, de las ideas. Estos son espacios para buscar acuerdos, no imposiciones, donde las mayorías deben ser prudentes y generosas y las minorías más audaces e inteligentes para construir alternativas. Compete a los hombres y las mujeres que fueron electas/os para ocupar los cargos que ostentan sentarse a dialogar, a construir mayorías por el bien de toda la comunidad; tienen la obligación de respetar a la ciudadanía que dicen representar.
Los hombres han protagonizado la violencia en los parlamentos a lo largo de la historia. Ver altercados entre señores legisladores en México o de otros países es común. Ante la diferencia parlamentaria llegan a los golpes, como si ello pudiera detener la aprobación de una ley, el cierre de una institución de estado, o cualquier otra disposición. Gritos, insultos, empujones, golpes, retos a duelo forman parte de estas trifulcas que las y los ciudadanos observamos con indignación. Pero cuando la violencia es entre mujeres llama mucho la atención. El patriarcado vigila para señalar con el dedo acusador: miren, lo advertimos, las mujeres no son aptas para la vida política, su lugar está en las tareas domésticas, en la casa, sirviendo a sus familias. En ambos, hombres y mujeres, la violencia es deplorable.



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