Flor María Yáñez Álvarez*
SemMéxico, Cd. de México, 18 de enero, 2026.- Cuando se tiene demasiada moral, se tiene doble. La entrevista que la “izquierdista” Sabina Berman le realizó al ultra-ultra-ultra —así se definió él— derechista Eduardo Verástegui fue cancelada por el gobierno.
Según los canales de difusión, su contenido promovía un ataque político contra los derechos humanos de las mujeres. Cuando al gobierno le conviene, reprime. La censura se volvió viral. Algunos fragmentos circularon por redes, como el momento en que el ultraconservador afirmó que el aborto era un asesinato y que él quería defender la vida de todos.
Sabina lo interrumpió para aclarar que las mujeres no luchan por el “derecho a abortar”, sino por el derecho a decidir, por la autonomía sobre nuestros cuerpos. Le agradeció la intención de “cuidarnos”, pero le recordó que no necesitamos ser cuidadas. Ante la cancelación, Eduardo denunció discriminación por ser católico y provida.
En otras entrevistas dejó claro que aspira a ser santo y que intenta obedecer a Dios para agradarlo. Afirma que, para ser político, primero hay que estar enamorado de Dios y de la patria, y que todo político debe estar preparado moralmente, porque el demonio está entre nosotros. Por sentido común y moral, los mexicanos buscan irse “hacia la derecha”; aman a Dios, a la vida y a la familia tradicional.
Considera el aborto un crimen, concibe a la familia como la unión exclusiva entre hombre y mujer y rechaza la llamada ideología de género.
En los últimos años se ha vuelto común el surgimiento de gobiernos de ultraderecha, llamados neoliberales o neofascistas. Aunque operan dentro de marcos democráticos, utilizan la religión y la censura de derechos para legitimar sus proyectos políticos.
La religión resulta un arma eficaz para ordenar, disciplinar y responsabilizar al individuo de su situación, desplazando la responsabilidad del sistema. Se emplea marco legitimador para rechazar los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres y cualquier política que haga efectiva la igualdad. Las agendas de diversidad representan una amenaza para preservar un orden social rígido. Lo más peligroso es que la moral
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sustituye a la política pública y a la justicia social. El miedo cultural se convierte en herramienta política. La moral conservadora disciplina sin redistribuir.
El feminismo resulta peligroso para el conservadurismo porque cuestiona las desigualdades desde la raíz. El aborto reconoce a las mujeres como sujetos plenos de decisión sobre su cuerpo y su vida. Eso rompe con la autoridad patriarcal, con la idea de obediencia “natural” y con la subordinación moral de las mujeres. Un cuerpo que decide no es fácilmente disciplinable. Y eso, precisamente, es lo que amenaza al orden conservador.
Eduardo Verástegui anuncia que buscará —de nuevo— la Presidencia de la República en 2030. Este es un proyecto político que pretende gobernar con dogmas morales en lugar de derechos, políticas públicas y justicia social. San Verástegui quiere imponer la moral como ley y la obediencia a Dios como ejes rectores —al parecer—. La historia ya nos ha enseñado a qué precio se paga eso. ¿En verdad no nos damos cuenta?
*Yanez_flor@hotmail.com; columnista de El Sol de México



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