La reforma laboral que hoy se discute en el Senado y por qué podría legalizar el cansancio
Salma Semiramis Saenz*
SemMéxico, Cd. de México, 10 de febrero, 2026.- Hoy se discute en Comisiones del Senado de la República la iniciativa presidencial para reducir la jornada laboral en México. El anuncio ha sido presentado como un “avance histórico”, una respuesta largamente esperada por millones de personas trabajadoras. Y lo es, al menos en el discurso.
Pero ¿esta reforma garantiza tiempo real para vivir? ¿Protege el cuerpo, la salud y la dignidad? ¿O simplemente reorganiza el agotamiento con un nuevo lenguaje jurídico?
Reducir la jornada laboral no es solo una operación matemática. No se trata únicamente de pasar de 48 a 40 horas semanales en el papel. El sentido histórico de esta lucha (desde la consigna de las ocho horas) fue siempre limitar el desgaste, no concentrarlo. Fue poner un límite al tiempo que el trabajo le arrebata a la vida.

40 horas, pero jornadas más largas y horas extra más baratas para el patrón: qué cambia realmente con la reforma
La reforma dice que reduce la jornada laboral. Pero cuando se lee con cuidado, lo que hace es reordenar el desgaste, no reducirlo.
Por un lado, no garantiza dos días de descanso. Se mantiene el esquema de seis días de trabajo por uno de descanso. Por otro lado, permite trabajar hasta 12 horas en un solo día: ocho horas “normales” más hasta cuatro horas extra. Eso significa que una persona puede trabajar seis días seguidos jornadas larguísimas y, aun así, estar dentro de la ley.
Pero hay algo todavía más grave: las horas extra ahora le salen más baratas al patrón.
Antes, el pago triple funcionaba como un freno: cuando una persona trabajaba más de nueve horas extra a la semana, esas horas se pagaban más caro. Eso desincentivaba que el patrón alargara la jornada. Con la nueva iniciativa, ese límite se recorre. El pago triple ya no aplica después de la novena hora extra, sino hasta después de la doceava. ¿En términos simples? Cuatro horas más de tu vida regaladas al patrón. Para la empresa, trabajar más horas cuesta menos. Para la persona trabajadora, el desgaste es mayor.
Si además consideramos los traslados (dos o tres horas diarias para millones de personas), la jornada real se vuelve insostenible: 15 o 16 horas fuera de casa.
No hay tiempo para descansar, cuidar, convivir, alimentarse bien o simplemente vivir.
El resultado de este arreglo de la presidenta no es la reducción a la jornada: son más horas trabajadas, menos descanso, y menor costo para la empresa. Eso no es proteger derechos. Es hacer más eficiente la explotación.
Cuando el derecho se deja “a negociación”
Otro problema central es que la reforma deposita el ejercicio del derecho al descanso en supuestos “acuerdos” entre personas trabajadoras y empleadoras. En contextos de precariedad, la flexibilidad no amplía libertades: legaliza la imposición bajo apariencia de acuerdo. ¿Puede negociar en igualdad quien teme perder su empleo? ¿Puede decir “no” quien depende de ese ingreso para sobrevivir? Cuando un derecho depende de la negociación entre partes desiguales, deja de ser derecho y se vuelve concesión.
A esto se suma un cambio preocupante en el cambio de definición de “patrón” a “persona empleadora», que ahora presupone la existencia de un contrato formal. En un país con altos niveles de informalidad, esta redacción deja en la indefensión a millones de personas trabajadoras. No es un detalle técnico: es una grieta jurídica que excluye a quienes más necesitan protección.
El impacto es feminista, aunque no se nombre
Las consecuencias de esta reforma no son abstractas. Tienen cuerpo. Y afectan de manera diferenciada a las mujeres. Las jornadas extensas hacen inviable el trabajo de cuidados que sigue recayendo, de forma desproporcionada, sobre nosotras. Cocinar, cuidar, acompañar, sostener la vida requiere tiempo. Un tiempo que esta reforma no garantiza.
Resulta contradictorio hablar de un Sistema Nacional de Cuidados mientras se legisla sin asegurar descanso real. Sin tiempo, no hay cuidados. Y sin cuidados, no hay vida digna.
Hay alternativas: propuestas que sí ponen la vida al centro
Desde el Frente Nacional por las 40 Horas, junto con organizaciones, sindicatos independientes y colectivos, se han presentado propuestas mucho más integrales que colocan la vida digna en el centro: dos días de descanso obligatorios, límites claros a la jornada diaria, reconocimiento de los tiempos de traslado, perspectiva de género y mecanismos reales de inspección laboral.
No se trata de frenar la reforma, sino de hacerla justa.
La reducción de la jornada laboral puede ser histórica, sí.
Pero solo si se legisla para vivir, no solo para producir.
Las propuestas completas del Frente pueden consultarse aquí:
¿Para qué reducir la jornada si no es para vivir?
La pregunta de fondo sigue siendo inevitable:
¿Queremos una reforma que administre el cansancio o una que garantice tiempo para la vida?
Reducir la jornada laboral no es mover números en una tabla.
Es decidir cuánto vale la vida de quienes trabajan.
Si establece 40 horas pero con jornadas más largas.
Si no hay dos días de descanso obligatorio.
Si las horas extra se abaratan.
Si el cuerpo sigue pagando el costo.
Entonces no estamos frente a una reforma progresista. Estamos frente a una administración legal del agotamiento. Y un sistema que sigue funcionando exactamente igual.
No hay transformación posible sobre cuerpos exhaustos.
No hay justicia cuando el descanso sigue siendo voluntad del patrón.
Hoy, mientras la iniciativa presidencial se discute en Comisiones del Senado, es fundamental informarse, alzar la voz y respaldar las propuestas que sí defienden la vida.
40 horas ya.
Con dos días de descanso.
Sin trampas.
Porque la vida no se negocia.
*Salma Semiramis Saenz, Integrante del Frente Nacional por las 40 Horas



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