Las mujeres ayuujk que enfrentan al sistema de salud y viven violencia obstétrica

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En las comunidades ayuujk de Oaxaca, las familias solían acudir con parteras. / Foto: Cortesía /Periodismo de lo posible

Mujeres ayuujk de la comunidad Santa María Tlahuitoltepec, en Oaxaca, luchan por recuperar la partería tradicional desafiando el miedo impuesto a parir en sus casas

Luchan  por generar condiciones dignas para las mujeres embarazadas y las parteras, ante la discriminación institucional y el despojo de sus conocimientos ancestrales

Denuncian: en puerta la desaparición intencionada de la partería como  parte del despojo de la naturaleza y de los territorios

Mayte Ibargüengoitia*

SemMéxico/El Sol de México, Cd. de México, 18 de enero, 2026,- La antropóloga ayuujk Lilia Heber Pérez tenía 29 años cuando planeó el nacimiento de su primera hija en su casa, asistida por una partera, en el municipio mixe de Santa María Tlahuitoltepec, en Oaxaca. Después de tres días con dolores y fuertes contracciones, pidió el acompañamiento de una doctora, quien no le dio las indicaciones correctas y, ya en trabajo de parto, le dijo: “¿Sabes qué? Te voy a mandar a un hospital. Puede que tu bebé se vaya a morir o le vaya a pasar algo”. Presa del miedo, aceptó que la trasladaran.

En una habitación fría del hospital, recostada sobre una camilla sin sábanas y con contracciones cada vez más constantes y dolorosas, Lilia esperaba que la llevaran a la sala de partos cuando entró un médico escoltado por practicantes de medicina, quien la tomó como modelo para ilustrar cómo se hace un tacto vaginal. Le pidió que doblara las piernas para poderla revisar y, mientras ella permanecía expuesta, desnuda, el doctor, cubierto con guantes, cubreboca y bata, les enseñó el procedimiento.

“Yo tenía ganas de decirles que se fueran, que se salieran, me sentí muy vulnerable. Ese momento fue muy desgastante y muy violento para mí porque no tienes voz ni decisión ni nada, van y vienen como quieren”, recuerda.

Después de ese episodio de violencia obstétrica, sufrió otro más: en la sala de partos le realizaron una episiotomía sin su consentimiento. Esta intervención quirúrgica consiste en una incisión en el perineo —la zona entre la vagina y el ano— durante el parto para agrandar la abertura vaginal y facilitar la salida del bebé, así como para prevenir desgarros, pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) la desaconseja como una práctica de rutina.

“Eso fue lo más doloroso que yo viví. Creo que no me cosió bien, no me recuperé luego de ese corte”, afirma Lilia. 

Esa violencia llevó a la antropóloga a organizarse en colectivo, con mujeres y parteras, y a recuperar la confianza en las prácticas ancestrales heredadas entre generaciones, de madres a hijas, que integran el uso del temazcal, la conservación de la placenta y ofrendas, en un amoroso acompañamiento para dar la bienvenida a las y los bebés. Y de ese modo defenderse también de las instituciones que intentan borrarlas.

“Decíamos: queremos generar mejores condiciones de vida para nosotras como mujeres, para las futuras generaciones”, explica.

El camino no fue sencillo, pero en 2015 constituyeron legalmente la Organización de Mujeres Poj Kääj, A. C., con el objetivo de generar condiciones dignas para el parto de las mujeres de la comunidad y para la vida de las parteras, así como ejercer el derecho a decidir cómo dar a luz.

Mujeres ayuujk formaron el colectivo Organización de Mujeres Poj Kääj, A. C. para generar condiciones dignas para el parto de las mujeres de la comunidad y para la vida de las parteras. / Ilustración: Cortesía /Periodismo de lo posible

Una sabiduría en peligro

En las comunidades ayuujk de Oaxaca —ubicadas en 19 municipios, al noreste del estado—, las familias solían acudir con parteras. Ellas acompañaban y recibían a las y los bebés al nacer; había mujeres que parían también junto a su madre o su suegra, quienes las ayudaban a cortar el cordón umbilical. Las parteras transmitían los saberes ancestrales y una cosmovisión relacionada con la espiritualidad y el territorio, pero con la llegada de las clínicas y hospitales públicos fueron obligadas a dejar de atender nacimientos en las casas, y su conocimiento quedó desterrado y corre el peligro de perderse.

“Tener a tu bebé en tu casa, o en una casa de parto, es tu derecho”, subraya Virginia Pérez Díaz, partera ayuujk de Santa María Tlahuitoltepec. Vicky es integrante de la Organización de Mujeres Poj Kääj y, como muchas parteras de la región, se ha resistido a la imposición de la medicina occidental a través de las instituciones de salud.

En 2009 y 2013, tras las reformas a la Ley General de Salud, bajo las presidencias de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, respectivamente, se condicionó la entrega de apoyos como el IMSS-Prospera y el Seguro Popular a que las mujeres embarazadas fueran atendidas en unidades médicas. Además, se exigió a las parteras una capacitación, tras la cual recibían una certificación de dos años que las convertía en “personal no profesional autorizado” para la prestación de servicios médicos. Se tenía el propósito de modificar “patrones culturales”, de acuerdo con un análisis del Grupo de Trabajo Independiente sobre Partería Tradicional en México.

Desaparición intencionada de la partería

La desaparición intencionada de la partería forma parte del despojo de la naturaleza y de los territorios. Es un hecho que la mortalidad materna en México en este momento ocurre mayoritariamente en las instituciones de salud; eliminar la partería no es una forma de reducirla Pronunciamiento de parteras

Vicky recuerda que las autoridades del sistema de salud se negaron a darles los certificados de nacimiento a las parteras, como una forma de violencia institucional, y enfrentaron la prohibición de usar plantas medicinales.

La decisión gubernamental respondió a la búsqueda de una reducción de la mortalidad materna. En 2004, la OMS, junto con el Fondo de Población de las Naciones Unidas, recomendó aumentar el número de partos con asistencia de médicos obstetras. Impedir el acceso a las parteras perjudicó principalmente a la población indígena y afrodescendiente. Todo en aras de una supuesta modernidad.

“La desaparición intencionada de la partería forma parte del despojo de la naturaleza y de los territorios. Es un hecho que la mortalidad materna en México en este momento ocurre mayoritariamente en las instituciones de salud; eliminar la partería no es una forma de reducirla”, leyó Vicky en un pronunciamiento que redactaron parteras de distintas comunidades en 2018, reunidas para participar en el Foro Partería, Cultura,Ancestralidad y Derechos en Oaxaca, un estado con un fuerte movimiento de mujeres sanadoras que reivindican estos saberes tradicionales.

Ahora, Vicky acompaña partos de mujeres que deciden dar a luz en su casa, o que tuvieron malas experiencias en hospitales y recurren a la partería tradicional.

El calor del temazcal

Serafina Vázquez, mujer ayuujk, vivía en Santa María Tlahuitoltepec cuando tuvo su segundo embarazo. No quería que le hicieran otra cesárea, como sucedió con su primer parto, cuando tenía 22 años y se encontraba en la Ciudad de México; en el hospital le dijeron que su “bebé tenía la cabeza muy grande” y, sin dejar entrar a nadie de su familia, fue llevada al quirófano. “Nada más me lo sacaron; me hicieron la cesárea”, recuerda. 

Con 36 semanas de gestación, ya viviendo en Tlahuitoltepec, en la clínica del IMSS de la comunidad le pidieron que fuera al Hospital Rural de Tlacolula para ser revisada por una ginecóloga, quien le confirmó lo que más temía, que iba a requerir de nuevo una cesárea. Decidió entonces pedir ayuda a su cuñada Vicky, quien le recordó que “los bebés nacen cuando ellos quieren”.

Serafina acudió al hospital ya con los dolores de parto, y su hijo nació de manera natural. Pero se sintió frustrada. “¿Nos puede dar la placenta?”, le pidió Serafina al doctor. “No, aquí no trabajamos así, no se la vamos a dar”, le respondió el médico sin respetar su cultura, en un estado donde casi 40 por ciento de la población es indígena.

Según la tradición mixe, al tercer día del nacimiento, la placenta se entierra en un lindero del solar de la vivienda, como protección para la familia, dice Lilia. Cuando un bebé nace en su casa, agrega Vicky, “se dice que es uno [o una] de Tlahui”, pues “enterrar la placenta en la madre naturaleza, con las espiritualidades, las deidades que nos enseñaron nuestros abuelos”, significa identidad, pertenencia.

Durante el parto, la familia enciende fuego en el temazcal, una construcción hecha de adobe y piedras que semeja el vientre materno. Adentro, por el vapor, se siente mucho calor. Con un nuevo ser en casa, el temazcal es donde “llega a habitar Tääy Jukiiny, la divinidad que representa la fertilidad”, explica Lilia. Durante 20 días se mantiene el fuego para honrarla.

Terminado ese periodo, suben juntos al Ii’pyxyukp o Cempoaltépetl, el cerro sagrado del pueblo mixe, para llevar alimentos y ofrendas, y se hace un ritual para presentar al bebé a las divinidades. 

Después de padecer violencia obstétrica en hospitales, mujeres ayuujk de la comunidad Santa María Tlahuitoltepec, en Oaxaca, luchan por recuperar la partería tradicional / Foto: Cortesía/Periodismo de lo posible

Historial de abusos

En pleno trabajo de parto, las enfermeras le insistieron a Serafina para que firmara el “consentimiento informado”, una autorización para que le colocaran el dispositivo intrauterino, un método anticonceptivo. “Para qué quieres tener más bebés”, le decían, sin que ella pudiera ver ni leer los documentos que le mostraban. Así que firmó. Pero cuando llamó a su esposo y se lo contó, él impidió que se lo pusieran.

Para que este permiso fuera válido tendría que haber recibido información previa y dado su aprobación de manera libre, sin presiones. De otro modo, es equiparable a una esterilización no consentida, de acuerdo con la recomendación 45/2021 de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y el criterio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos señala que la violencia obstétrica afecta de forma desproporcionada a las mujeres indígenas. “Históricamente, han sufrido graves violaciones en relación con los derechos sexuales y reproductivos en el contexto de la negación de sus derechos a la libre determinación y la autonomía cultural”.

Mi mamá estuvo ahí todo el tiempo apoyándome, me fajó para que tuviera yo fuerza”. Aun así, ella se preocupaba: ¿qué tal si mi hija no nace, o si me pasa algo? Era entonces cuando su madre le recordaba: “Aquí estoy yo, que he tenido a seis hijos en casa; yo no fui al hospital Serafina Vázquez, mujer ayuujk

Después de su experiencia, Serafina decidió unirse también al movimiento que se gestaba en contra de la violencia obstétrica. Es una de las fundadoras del colectivo Poj Kääj. Desde sus inicios, las mujeres de la organización se dieron cuenta de que las historias se repetían: en el hospital habían sido forzadas a aceptar cesáreas innecesarias, el personal médico no les había dado la información que requerían para realizarles diferentes procedimientos médicos, o los habían llevado a cabo sin su autorización.

Eso también le sucedió a Elena Jiménez, joven ayuujk, otra de las impulsoras del colectivo. A ella, en el hospital le dieron un ultimátum: si no la operaban, su hija corría peligro debido a que, según le informaron, no tenía suficiente líquido amniótico. En apenas segundos, tuvo que decidir si aceptaba una cesárea. “Obvio, estaba asustada. Me espantó, porque se siente toda esa carga de responsabilidad”.

En el estado de Oaxaca, según datos del Inegi, de 2018 a 2023 se registraron 150 mil 634 cesáreas en mujeres de 15 a 49 años, lo que representa 55 por ciento del total de nacimientos, un porcentaje muy superior a la tasa del 10 al 15% establecida por la OMS. En 2022, México ocupó el cuarto lugar en la tasa de nacimientos por cesárea entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), con 49.3 por ciento, pese a que la Norma Oficial Mexicana 007 establece un máximo de entre 15 y 20 por ciento.

Bienvenida a la casa

En su tercer parto, Serafina decidió quedarse en su comunidad, con el apoyo de su familia, las parteras y el colectivo Poj Kääj. “Mi mamá estuvo ahí todo el tiempo apoyándome, me fajó para que tuviera yo fuerza”. Aun así, ella se preocupaba: ¿qué tal si mi hija no nace, o si me pasa algo? Era entonces cuando su madre le recordaba: “Aquí estoy yo, que he tenido a seis hijos en casa; yo no fui al hospital”.

Mientras su esposo la sostenía, nació su hija, que recibió la abuela. “Yo ya estaba en parto, ya estaba casi saliendo la cabeza cuando mi mamá se puso al pendiente, y ya me ayudaron y nació ella en la casa”.

Para su segundo parto, Elena optó por tener a su bebé en su hogar. En cuanto se le rompió la fuente llegaron las parteras y le enseñaron a pujar. El acompañamiento de estas mujeres le hizo sentir confianza, pues tenía mucho miedo. “Cuando nació mi hijo se soltó la lluvia. Es la sensación más hermosa que he experimentado, esa conexión impresionante de por fin nos vemos”, recuerda.

Lilia decidió también tener su parto en casa, auxiliada por las parteras y con el acompañamiento de su familia, su pareja y su hija. Mientras las parteras le ayudaban a caminar por la casa para resistir los dolores que iban en aumento, sintió que su hija estaba naciendo. “Solo sentí que en ese momento cada parte de mi ser estaba expandiéndose. […] Mis huesos se abrieron para dar paso a mi hija. Con mis pies temblorosos, ella llegó al mundo: ‘Bienvenida a la casa, mi pequeña. Gracias por llegar a nuestras vidas’”.

“Los nacimientos en casa”, explica la antropóloga, “tienen esa importancia para la sanación, para la continuidad de nuestra vida, desde nuestra cosmovisión, porque la forma en cómo nacemos marca nuestra historia de vida”. 

En 2020, el colectivo Poj Kääj creó una casa temazcal, llena de plantas medicinales. Ahí, Vicky y otras parteras ayudan a que las mujeres se sientan seguras para tener a sus bebés sin ir al hospital, como lo hacían sus ancestras.

“Porque al final de cuentas”, concluye Vicky, “nosotras somos creadoras de vida, sabemos parir”.

  • Publicado por El Sol de México, este domingo. Se trata de una  historia que es una versión escrita basada en el podcast Oaxaca: Kaxë’ëjkën, parir al calor del hogar y del territorio, cuya investigación y guión fueron realizados por Lilia Heber Pérez Díaz y la Organización de Mujeres Poj Kääj, A. C. Forma parte de la serie “Periodismo de lo posible: Historias desde los territorios” —proyecto de Quinto Elemento Lab, Redes A. C., Ojo de Agua Comunicación y La Sandía Digital—, que también puede ser escuchada aquí: https://periodismodeloposible.com/

 



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