¿Más mujeres para qué ciencia?: una educación científica más allá del crecimiento económico

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En el marco del 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, se propone una mirada crítica al discurso que sugiere que más niñas y mujeres en STEM es equiparable de forma automática a una mayor igualdad, y plantea la necesidad de repensar la educación científica y el desarrollo profesional más allá de su aportación al crecimiento económico sino como un medio para construir sociedades más justas. 

Anaid Reyes Hernández

SemMéxico, Cd de México, 11 febrero de 2026.-Cada 11 de febrero, el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia nos invita a promover la participación plena y equitativa de las mujeres en los campos de la Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas (STEM por sus siglas en inglés), históricamente masculinizados. 

Los datos que suelen presentarse como señales de los avances son más niñas estudiando STEM, más mujeres investigadoras, más científicas en laboratorios, universidades y laborando en empresas tecnológicas. Sin embargo, detrás de esta narrativa se abre una pregunta necesaria: ¿más mujeres para qué ciencia y para qué modelo de desarrollo?

Del discurso dominante se tiende a inferir que promover las STEM entre niñas y mujeres es, en sí mismo, una estrategia que abona a la justicia social. Se asume que cerrar la brecha de género en ciencia y tecnología impulsará el crecimiento económico, la competitividad y que esto dará como resultado una sociedad más justa de forma casi automática. 

Pero esta ecuación —más mujeres en STEM igual a más igualdad— omite un análisis fundamental sobre las condiciones materiales, laborales y de vida en las que hoy se produce la ciencia, y el modelo económico a la que esa ciencia sirve.

En México y América Latina, este debate adquiere una relevancia particular en contextos donde los mercados laborales están caracterizados por sus estereotipos de género, su alta desigualdad, trayectorias profesionales inestables y una insuficiente inversión pública en ciencias para garantizar continuidad y condiciones dignas de desarrollo profesional. 

En muchos casos, las oportunidades laborales en campos STEM se articulan con cadenas productivas globales que ofrecen retornos desiguales y márgenes limitados para definir en lo local prioridades orientadas al bienestar social. Así, las promesas de justicia social asociadas a cursar estas carreras —mayores salarios, estabilidad laboral, oportunidades equitativas—, conviven con realidades como brechas salariales persistentes y culturas laborales que penalizan el cuidado, la maternidad y las trayectorias no lineales.

Desde la economía feminista, la Doctora Amaia Pérez Orozco ha nombrado esta tensión como un conflicto estructural entre capital y vida. En este sentido, los modelos económicos predominantes organizan la producción —incluida la producción científica— dando prioridad a la acumulación, la eficiencia y el crecimiento, mientras mantienen en la invisibilidad aquello que hace posible la vida cotidiana: los cuidados, el tiempo, la salud, los vínculos y, por lo tanto, la interdependencia. 

En este marco, incorporar a más mujeres a la ciencia sin cuestionar sus fines puede significar simplemente ampliar la base de una fuerza de trabajo calificada al servicio de modelos que no tienen como foco cerrar la brecha de la desigualdad.

No es casualidad que, incluso cuando las mujeres acceden a carreras científicas, lo hagan desde campos concretos. Como lo mencionamos en un artículo anterior, en México y otros países, hay una tendencia a una diferenciación disciplinar por género. 

Es decir, las mujeres están sobrerrepresentadas en áreas vinculadas al estudio y sostenimiento de la vida (salud, educación, biología, medio ambiente) y sub representadas en ingenierías duras, tecnología industrial o sectores intensivos en capital (aquellos que demandan alta inversión y tecnología, pero generan relativamente menos empleo directo). 

Esta distribución no responde a preferencias “naturales”, sino a una combinación de socialización de género, barreras institucionales y una evaluación racional de los costos que implican en la vida cotidiana incorporarse y permanecer en determinados espacios científicos y tecnológicos.

A lo largo de su trayectoria la Profesora emérita Judy Wajcman ha argumentado que la tecnología no es neutral: su diseño, sus usos y sus ritmos están atravesados por relaciones de poder y valores sociales. Los entornos tecnológicos dominantes premian la aceleración, la competencia extrema y la disponibilidad permanente, y penalizan los cuerpos y trayectorias que no se ajustan a ese ideal. 

Desde esta perspectiva, la pregunta no es solo por qué no participan más mujeres en ciertos campos, sino por qué esos campos siguen organizados de manera incompatible con la vida.

Uno de los principales aportes desde la economía feminista ha sido mostrar que el cuidado y la sostenibilidad de la vida han sido históricamente feminizados, invisibilizados y tratados como responsabilidades individuales. Repensar la educación científica desde esta perspectiva implica cuestionar modelos productivos que dependen de la sobreexigencia a ciertos cuerpos y sus tiempos. La apuesta es política: reconocer, redistribuir y remunerar de manera colectiva el valor, el tiempo y la responsabilidad sobre aquello que sostiene la vida.

La doctora Cristina Carrasco y otras economistas feministas han planteado que la economía no empieza ni termina en el mercado, incluye todo aquello que permite que la vida cotidiana sea posible. Esto implica reconocer que la economía comienza en los procesos cotidianos que permiten que las personas vivan, aprendan y trabajen. Cuando la educación científica se diseña omitiendo esta realidad, prepara profesionales para esquemas que dependen de la invisibilización de ese trabajo reproductivo. No queremos una ciencia que produzca valor económico mientras erosiona las condiciones que la hacen posible.

Para ampliar esta crítica, desde una perspectiva que incorpora discapacidad, interdependencia y diversidad corporal, en el Crip Technoscience Manifesto, las Doctoras Amie Hamraie y Kelly Fritsch proponen una tecnociencia orientada a la justicia y la accesibilidad. Esto es, no se trata de adaptar todos los cuerpos a los modelos productivos existentes, sino de rediseñarse para que sostengan vidas diversas.

CRÉDITO: AMC

Finalmente, repensar la educación científica más allá del crecimiento económico implica revisar también cómo medimos el éxito educativo y profesional y ampliar el horizonte de lo que consideramos sectores estratégicos. Desde esta óptica, la salud pública, la infraestructura de cuidados, la vivienda, la movilidad, el agua, la energía y la sostenibilidad ambiental, más allá de ser áreas habilitadoras, son centrales en los proyectos de desarrollo. Todas ellas requieren ciencia e ingeniería altamente especializadas, pero su fin último no es maximizar la rentabilidad, sino sostener la vida colectiva. 

En el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, impulsar el acceso y participación de las niñas y las mujeres es necesario, pero no suficiente. Es necesario replantear la ciencia y las trayectorias laborales que se les ofrecen a las mujeres como horizonte de vida laboral y profesional. Repensar la educación científica desde una ética feminista es una condición para que la ciencia y el desarrollo económico, con una mayor participación femenina, no sea un dispositivo del crecimiento desigual y, por el contrario, se convierta en un eje nodal para construir sociedades más justas, habitables y dignas, en México, en América Latina y otras latitudes.

https://www.muxed.mx/blog/mas-mujeres-ciencia

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Homenaje a las Costureras del 19 de septiembre, 1985.



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