Guadalupe Ramos Ponce
SemMéxico, Guadalajara, Jalisco, 11 de febrero, 2026.Cada 11 de febrero en el Día Internacional de las Niñas y las Mujeres en la Ciencia, el mundo repite una consigna necesaria: las niñas también son territorio de la ciencia. Sin embargo, entre discursos oficiales y fotografías de laboratorio, suele olvidarse que detrás de cada vocación científica hay una batalla cultural, política y afectiva. Esa batalla la comprendió como pocas Magaly Pineda, feminista caribeña de República Dominicana y compañera de CLADEM, que entendió que la igualdad no se declama, se construye desde la educación, la tecnología y la posibilidad de que una niña se mire a sí misma como productora de conocimiento.
Magaly no fue ingeniera ni física nuclear; fue algo más subversivo: una arquitecta de oportunidades. Desde el CIPAF impulsó programas para que adolescentes dominicanas se acercaran a las matemáticas y a las tecnologías cuando todavía se repetía que esos territorios “no eran para mujeres”. Los clubes de Supermáticas y E-Chicas fueron más que talleres: fueron actos políticos donde las niñas aprendieron que un teclado, un microscopio o una ecuación también podían llevar su nombre.
El feminismo latinoamericano ha denunciado por décadas que la exclusión de las mujeres de la ciencia no es un accidente, sino un diseño. A las niñas se les regalan muñecas mientras a los niños se les regalan telescopios; a ellas se les enseña a cuidar y a ellos a explorar. Magaly Pineda desobedeció ese libreto y nos recordó que la brecha digital y científica es otra forma de violencia de género: una frontera que decide quién imagina el futuro y quién solo lo habita.
Hoy, cuando las cifras siguen mostrando que las mujeres son minoría en carreras como las ingenierías y sistemas y que miles de niñas abandonan la escuela por pobreza, embarazo forzado o tareas de cuidado, su legado cobra una fuerza urgente. No basta con invitar a las niñas a la ciencia; hay que transformar la ciencia para que las abrace: con aulas libres de estereotipos, con internet como derecho y no privilegio, con maestras que nombren a Marie Curie pero también a Julieta Fierro, a las científicas comunitarias que investigan el agua y las semillas en nuestros territorios.
Magaly nos enseñó que el conocimiento sin igualdad es un espejo roto. Que una fórmula matemática también puede ser feminista si abre puertas en lugar de cerrarlas. Que la tecnología no es neutra: puede reproducir la dominación o convertirse en herramienta de autonomía para las niñas indígenas, afrodescendientes, rurales, con discapacidad.
En este Día Internacional de las Niñas y las Mujeres en la Ciencia, la mejor manera de honrar la memoria de Magaly Pineda, es mirar a nuestro alrededor y preguntarnos: ¿qué niña está dejando de ser científica porque nadie le dijo que podía? ¿Qué laboratorio sigue siendo territorio vedado? ¿Qué presupuesto público continúa privilegiando la enseñanza androcentrista?
La ciencia necesita la mirada de Magaly Pineda para volver a ser humana. Y las niñas necesitan saber, como lo repitió Magaly Pineda hasta el último de sus días, que el mundo no está terminado, que también les pertenece y que, si se atreven, pueden reescribirlo con la punta de un lápiz, con un algoritmo o con la más poderosa de todas las herramientas: la convicción de que su inteligencia es un derecho.
Dra. María Guadalupe Ramos Ponce
Coordinadora Regional de CLADEM
Profesora Investigadora de la UdeG.
@dralupitaramosp
Canal de Youtoube Dra. Lupita Ramos.



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