Mujer Triqui, la mirada de Bety Pérez sobre una guerra ignorada

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  • Es la versión de las mujeres sobre un conflicto de medio siglo
  • Una generación que tiene el compromiso de construir la paz

Soledad Jarquín Edgar

SemMéxico, Oaxaca, 6 de febrero, 2026.- Beatriz Pérez López es una mujer que vivió desde niña el “conflicto” de la nación triqui, su libro Mujer Triqui, una vida construyendo la paz (Grijabo, 2025) es la versión de la historia contada por una mujer, que vivió en carne propia la violencia feminicida.

Su papá Juan Domíngo Pérez como su mamá Sofía López Castro querían que naciera en San Juan Copala, la cuna de la nación Triqui, pero el parto ocurrió inesperadamente unos días antes de lo previsto cuando se encontraban en Huajuapan de León, la cabecera distrital, en la región de la Mixteca oaxaqueña.

Beatriz Pérez López ha desarrollado una carrera política, que tras dos intentos logró en 2018 ser diputada federal por Morena. Es abogada y junto con Naomi, Joshua y Astrid, jóvenes comunicadores y especialistas en medios digitales, produjo el documental Raíces de Justicia. El legado de Juan Domingo en 2024, y a través del Podcast Nosotras en Ruta, amplifica las voces de las mujeres.

Mujer Triqui es una historia personal, una historia de familia, que se debía escribir porque nací dentro de un conflicto armado, donde su protección fue su familia y las amistades que fue tejiendo desde el primer internado donde estudió su primaria y donde conoció a otras niñas que como ella vivían el mismo conflicto.

La primera vez que llegó al internado de “monjitas” que había en San Juan Copala, fue también la primera vez que se separaba de su madre. Entró a la habitación donde había otras niñas, ella era la nueva. Se sentó sobre la cama y se puso a llorar. Adriana Ortiz García fue la única niña que se acercó para consolarla, mientras era observada por su hermana Emelia. Esa amistad terminó el 5 de noviembre del 2024, cuando Adriana y su hermana Virginia fueron asesinadas en la capital oaxaqueña.

Todas somos raíces, venas y estamos entrelazadas por alguna razón, señala Bety Pérez, cuando habla de las hermanas Ortiz García -Emelia, Adriana y Virginia- una al lado de la otras, todas pertenecen a esa generación que ha vivido el conflicto armado desde chiquitas y siendo adultas emprendieron la tarea de sembrar la paz.

Por eso, aunque el libro habla de su experiencia personal, Bety Pérez López dice que Mujer Triqui es un homenaje a todas las mujeres, niñas y adultas, que vivieron aquellos difíciles años de los setenta, ochenta y noventa, cuando el conflicto armado atravesó sus vidas, como hoy aún las toca y lastima.

Mujeres a las que la autora de Mujer Triqui llama protectoras, porque siempre estuvieron a su lado, desde su abuela, su madre, una tía y las amigas que caminaron con ella.

“Desde que estaba en el internado me di cuenta de que el conflicto armado no sólo afectaba a mi familia, porque mi papá Juan Domingo, había fundado el Movimiento de Unificación de Lucha Triqui (MULT) cuyo nombre afirma fue sugerido por la antropóloga Carolina Verduzgo, quien siendo muy joven llegó a la zona triqui para integrarse al proyecto del Río Balsas, que impulsó el general Lázaro Cárdenas.

Juan Domingo y otros jóvenes de los años setenta alzaron la voz y se organizaron, allá donde nadie los podía escuchar, en los cerros, «ya no queremos más saqueos, no queremos que se sigan llevando nuestros recursos, no queremos seguir endeudándonos”, por eso decidieron hacer frente a los cacicazgos.

Sin embargo, explica Bety Pérez, hubo una respuesta por parte del Estado mexicano quien envió a soldados a combatirlos, el nombre de su padre encabezaba la lista.

La nación Triqui tiene muchos años inmersa en un conflicto que fue provocado desde afuera, desde el Estado, nos despojaron del territorio, a veces la comunidad se enteraba cuando la tierra ya tenía otros propietarios, que se adueñaban de los recursos naturales, como la madera para entregarla a la industria papelera, algo que la comunidad ni siquiera sabía, también hicieron lo mismo con el “oro verde” el café que se producía en San Juan Copala y que compraban, a un bajo precio, en Putla Villa de Guerrero, donde como en los tiempos del porfiriato los triquis eran obligados a endeudarse en las tiendas de raya en pleno siglo XX.

Caciques y un rancio priismo se aprovechaban del pueblo triqui en lo económico y en lo político, no sólo les robaban, también imponían a quien debía ser la autoridad y éste a su vez debía responder a los caciques.

La intromisión y la pretensión de mantener al pueblo sometido afectó a muchas familias, incluso llegó a dividirlos. Conocimos la violencia que se había entreverado, era cotidiana, y lo entendimos cuando entre nosotras contábamos las historias que habíamos visto.

Hombres amarrados y golpeados, que los hacían caminar para exhibidos, para que el pueblo entendiera lo que les podía pasar; colgados, asesinados… es como dice la contraportada del libro: “En las montañas de Oaxaca hay una guerra de medio siglo, ignorada por millones…justo ahí nació una historia de resistencia y dignidad inquebrantable”.

Lo otro que las niñas de primaria y después en secundaria aprendieron es que la violencia contra las mujeres no era igual que en el caso de los hombres. Si a una mujer la detenían era muy probable que sufriera una violación sexual. Estábamos aterradas.

Mi vida feliz en el huerto de la casa, los días de jugar en el agua del río se habían terminado cuando el pueblo decidió no permitir más el sometimiento, la explotación, la violencia.

Por años Bety Pérez López bloqueó de su memoria un episodio que la marcó siendo una niña y que volvió cuando tuvo que escribir el libro, al que ahora dedica tiempo para promocionarlo.

Cuando terminó, sintió un desahogo. La pequeña familia iba a ver a Juan Domíngo que se encontraba entre trabajando y escondido en Yosoyuxi. Antes de salir, Sofía, su madre, le dijo a Bety que tenía nueve o diez años, que en el camino había un retén de soldados, le explicó que si la detenían debía hacerse cargo de su hermita Emma de tres años y del nene que tenía apenas unos meses. La niña apenas entendió. A mitad del camino encontraron el retén, su madre le pasó al pequeño y se lo amarró con el rebozo a la espalda. Ya sabes lo que tienes que hacer, le agregó la maestra Sofía.

Bety, además, debía estar atenta a la señal que le haría su mamá. Si tenía que salir corriendo de regreso a Copala para avisarle a la abuelita que su mamá se había quedado en el retén y que los soldados y enemigos de su padre, lo estaban buscando para matarlo.

Mi mamá, dice Bety me estaba diciendo “no quiero que mis hijos presencien un acto de violencia contra mi y nos estaba ordenando ¡váyanse, salven su vida!”.

La pequeñita entendió que su madre y su padre estaban en peligro real. “Ahora lo tengo más claro, no queríamos encontrarnos ningún retén, aprendimos que podían desaparecer a tu familia, torturar, asesinar o violar a las mujeres”.

En el fondo sabía que algo podía pasarle a mi mamá y quizá también a mi papá y yo en medio de todo, me voy a quedar sola con mi hermanito y mi hermana, tenía que avisar. En ese momento me acordé de que mi papá siempre me decía, “cuando yo no esté, va a estar tú mamá, pero cuando no esté ni ella ni yo, tendrás que hacerte cargo tú, pero nunca estarás sola, tienes familia y hasta hoy nunca me he sentido sola, me han protegido las otras mujeres, mi familia”.

Por suerte, la niña que había empezado a correr jalando a la pequeña Emma y cargado en su espalada a su hermanito Juan, pero algo, dice, se lo impedía, no quería dejar sola a su mamá con todos los soldados, pero quería salvar a su papá, pero fue alcanzada por su madre quien había librado a los soldados tras un interrogatorio. Juntos caminaron entre el monte, casi al amanecer se encontraron con su papá.

En la Triqui aplicaron aquello de “divide y vencerás”, crearon diferencias internas que hasta el día hoy tenemos y que ha originado muchas tragedias desde el desplazamiento forzado hasta los asesinatos.

Muchas veces estás jóvenes ya adolescentes se organizaron para aprender a curar heridos porque en Copala no había Centro de Salud, había que enviar a las personas hasta el hospital de Putla o Oaxaca.

La paz un anhelo

Somos una generación que desde muy jóvenes empezamos a hablar sobre lo que nos une como pueblo y nos une la comida, nuestra fiesta, por eso decidimos aprovechar la fiesta de Tatachú, papá Jesús, es nuestro Santo, como la Virgen de Guadalupe es a todo el país. Igual Tatachú es muy milagroso y hoy está en otros lugares como Guerrero, Michoacán, Puebla.

Su fiesta reúne a todo el pueblo, en el atrio nuestros sanadores y sanadoras hacen limpias para que toda la energía mala se vaya, así que hace años decidimos aprovechar ese momento, porque entonces nadie ataca a nadie, era un momento de aprovechar las tradiciones y que nuestra cultura fuera una semilla de paz, así nació el primer encuentro de la cultura triqui en San Juan Copala. Bety recuerda el activismo de Emelia y Adriana en esta tarea.

Sin duda, lograrlo fue un primer acuerdo, por primera vez las organizaciones se sentaron a dialogar y el sacerdote fue el mediador, fuimos quienes nacimos y crecimos en medio del conflicto quienes buscamos la paz, hemos planteado que debemos tener una forma diferente de vivir.

Sí, dice Bety Pérez López, autora de Mujer Triqui, estamos hablando de esa guerra de medio siglo que ha sido ignorada.

“Hasta el día de hoy, el conflicto armado de Copala no se ha resuelto”, escribe Bety al final del libro, donde reafirma el compromiso de su generación de construir la paz.

SEM/sj

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Homenaje a las Costureras del 19 de septiembre, 1985.



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A partir de este domingo 2 de marzo ofrecemos: una retrospectiva, a 50 años de la primera conferencia mundial de la mujer que se celebró en México, de los 30 años de la IV Conferencia Mundial de la Mujer, Beijing 1995 y todo lo que sucede y está sucediendo alrededor del 8M.


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