Sonia del Valle
SemMéxico, Ciudad de México, 27 de marzo, 2026.- Ayer hablamos del “jaque” a los dueños del recreo digital. Hoy toca mirar el daño completo: no solo nos enganchan… nos están quitando la capacidad de pensar.
Porque el problema ya no es solo la adicción. Es algo más profundo: la degradación de la atención.
Cal Newport profesor de Ciencias de la Computación en la Universidad de Georgetown y autor de los libros “Slow Productivity, (Lenta productividad) “Digital Minimalism, (Minimalismo digital) entre otros escribe hoy en el New York Times y advierte algo inquietante: estamos perdiendo la capacidad de concentrarnos, de leer con profundidad, de sostener una idea.
La atención humana, señala, se ha reducido drásticamente en las últimas dos décadas, justo cuando el smartphone y las plataformas digitales se volvieron omnipresentes. Y aquí es donde conecta con lo que ya sabemos —y que un jurado en Los Ángeles confirmó—:las redes sociales fueron diseñadas para generar adicción.
Esta adicción no solo afecta a las y los adolescentes, sino a los adultos también, porque de acuerdo con Newport estas tecnologías no solo compiten por nuestro tiempo. Compiten por fragmentar nuestra mente.
El scroll infinito, las notificaciones y el autoplay, no son funciones: son mecanismos de captura. Por eso la ecuación es brutal: entre más fragmentada tu atención, más tiempo pasas ahí. Y entre más tiempo pasas ahí, más rentable eres.
Pero hay una consecuencia que en educación no podemos seguir ignorando: la fragmentación cognitiva.
Hoy se le exige a una niña o a un adolescente que comprenda un texto, que argumente, que resuelva problemas… mientras su cerebro ha sido entrenado para cambiar de estímulo cada pocos segundos. No es falta de capacidad. Es reconfiguración neuronal.
El propio Newport lo plantea con una analogía incómoda: así como aprendimos a identificar la comida chatarra ultraprocesada, deberíamos reconocer el contenido digital ultraprocesado. TikTok, Instagram o X no son espacios neutrales: son productos diseñados para ser irresistibles, aunque empobrezcan nuestras capacidades cognitivas.
Un Dorito digital.
Y aquí es donde la discusión educativa se queda corta. Seguimos hablando de “uso responsable” como si el problema fuera de voluntad individual. No lo es.
No puedes pedirle autocontrol a un cerebro que está siendo manipulado con principios de neurociencia y refuerzo intermitente, el mismo de las máquinas tragamonedas.
No puedes exigir pensamiento crítico en un entorno diseñado para evitarlo.
Y, sin embargo, lo seguimos haciendo.
Las escuelas prohíben celulares —y sí, hay evidencia de que mejora la concentración—, pero fuera del aula el ecosistema sigue intacto.
Las familias intentan poner límites, pero compiten contra sistemas diseñados por miles de ingenieros para romperlos.
Mientras tanto, la conversación pública sigue girando en torno a síntomas: bajo rendimiento, falta de lectura, déficit de atención.
Pero la causa está frente a nosotros.
Estamos frente a una disputa por el cerebro.
Una disputa donde las Big Tech ya entendieron algo que la educación aún no termina de asumir: la atención es el recurso más valioso del siglo XXI.
Y la están ganando.
La pregunta no es si la tecnología afecta la capacidad de pensar. Eso ya está documentado.
La pregunta es: ¿qué vamos a hacer al respecto?
Porque así como en el siglo pasado cambiamos nuestra relación con la comida y el ejercicio, hoy necesitamos una nueva alfabetización: la alfabetización de la atención, como propone Newport.
Esto implica decisiones incómodas: Dejar de romantizar la hiperconectividad.
Nombrar el daño. Regular. Educar para la concentración, no solo para el consumo.
Y sí, también incomodar a las plataformas.
Porque mientras no lo hagamos, seguiremos pidiendo pensamiento profundo… en cerebros entrenados para no detenerse nunca.
Y eso, más que un problema educativo, es un problema de época.



https://www.cepal.org
• Portada del sitio de la reunión: 
