Sara Lovera
SemMéxico, Ciudad de México, 11 de mayo, 2026.- Si fuera poeta, iría de la mano con Fernando Pessoa, en su desasosiego, doliéndome y vomitando en la aterradora vida. Acudiría a refugiarme en diálogo con los ojos de Rosario Castellanos, por el mar de inmundicia en que se discrimina a los pueblos originarios; buscaría incesantemente a una nodriza, como la de ella, para refrescarme.
Pero no soy poeta y estoy aturdida, me duele la piel. Me rebelo contra la humanidad que llevo a cuestas, a pesar de todo, y, como Jaime Sabines, siento que el diablo está en mi cabecera y se acomoda por las noches a los pies de mi cama.
Hijas que de pronto ya no tienen a su madre; madres que de pronto no tienen hijas e hijos: desamparadas. Sufren la desesperanza… no saben en quién confiar. Se suman a la incertidumbre de las ausencias.
Y me pregunto: ¿cómo enfrentar el poder silenciador de homicidios y desapariciones?
Ellas transcurren en el laberinto de la nada al que acudió desesperado Pessoa, en noches larguísimas, como adivinando que sólo nos resta la tristeza y, sin embargo, nos puede salvar —y salvar al mundo— el canto a la vida propuesto por Pablo Neruda.
No hay nada que apacigüe las tremendas profundidades del pozo de la crueldad que conocimos durante décadas, como el Holocausto nazi: no hay forma de no sentir que se cae en el precipicio.
Mientras van y vienen las declaraciones, las reuniones de palacio. Los ofrecimientos.
La pesadilla se encarna. Más allá de las consignas, los tendederos con fotografías que el domingo 10 de mayo poblaron toda la República; las madres/viudas, buscadoras, las madres de la ausencia, las madres que no se quiebran.
Y sí. La desgracia se encarna. Imagino lo que piensan, lo que les pasa. Cuántas de ellas necesitarán auxilio psicológico, ayuda a su salud mental. Lo sé.
No desapareció, lo mataron. Pero para Laura sólo está ausente. Siempre lo espera, con la mesa puesta y su saco planchado.
A él lo conocí; tuve querencia a su madre y a Laura la recordaba entre la bruma del tiempo. Me recibió en su casa, de ese lugar de cielo azul infinito, techo del Pacífico tranquilo y azulverde, de olas perezosas e inquietantes. “Estoy feliz”, me dijo. Yo miré su casa: no ha movido ni una figurilla de porcelana que tiene entre retratos familiares en la marquesina de su chimenea; están en pie la cantina, las sillas de bambú, los cojines blancos y el piso de madera lustrosa.
“Yo estoy aquí, como siempre, esperando a que vuelva”.
Cuando la conocí, hace más de 45 años, su piel aduraznada y sus ojos vivaces hacían que creyera no reconocerla. Pero ahí estaba: su perfil no desapareció, ni por el tiempo, ni por el clima, ni por la pérdida. “Le dieron un balazo en la cabeza, no lo torturaron”, describe. “No lo quise ver, porque de él lo que tengo es su vitalidad y su entereza”.
Vive en una zona asaltada hace tiempo por escenas cotidianas de horror, y se respira, insultante, la muerte a la vuelta de la esquina; sin embargo, no cesan las calderas de la elaboración de acero ni el rumor de los barcos del puerto. En sus calles la gente vive, toma, baila y apenas voltea, de día y de noche, cuando pasan los convoyes de la Marina y el Ejército. Son gente que tiembla por dentro, ya que nunca se sabe a dónde van, a quién buscan y qué sucederá en un instante atropellado.
Vive sola, sin quererse ir. Hablamos de la familia, del tiempo, del barrio. Dice no hacer caso a su soledad y no quiere pensar en esta viudez impuesta que lleva a cuestas, ni en el pasado ni en el futuro. No tiene el más breve asomo de enojo, pero se indigna y le gustaría unirse a las otras. No atina a quién cuestionar. Sólo está segura de que fue una injusticia y, desde ese puerto que lleva el nombre de Lázaro Cárdenas, supo ya lo que es la impunidad.
Admira a sus vecinas organizadas. Es evidente que se ha trastocado su memoria: sólo le queda la espera. Tiene ganas de vivir. Sé que está en la estadística de las viudas del horror. Como muchas. Veremos.
Periodista. Editora de Género de la OEM, directora del portal informativo semmexico.mx



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