A dos semanas de el día de la infancia, un relato de regalo para niñas y niños desde SemMéxico
No olvidar que gestionar la imaginación infantil, abre caminos y genera sentimientos de paz y alegría
Natalia Martínez Escamilla*.
SemMéxico, Cd. de México, 13 de abril, 2026.- ¿Recuerdan ese dicho?, «La curiosidad mató al gato», pues yo sí, y lo recuerdo perfectamente bien, ¿cómo lo olvidaría? si mis padres siempre me lo decían, cada día, cada tarde, cada noche.
Tal vez me lo decían porque mis decisiones no eran las mejores. Una vez, cuando tenía 5 años, casi incendio la cocina por creer que un fantasma aparecería delante de mí, si ponía cinco velas juntas delante de la cortina. De todos modos, no pasó a mayores (afortunadamente) pero me dejó una severa quemadura en el brazo (sin mencionar que nos quedamos sin cortina).
«La curiosidad mató al gato» dijeron mis padres cuando estaban más calmados, aunque igual me castigaron, «no vas a ver dispositivos electrónicos durante dos meses», «¡¿Dos meses?!», dije yo. Ese castigo fue suficiente para rascarme la panza por un buen tiempo, demasiado diría yo, y durante mi aburrida rascada de panza, se me ocurrió una asombrosa idea, después de ver mi quemadura: pensé en hacer una mezcla para curarla.
Así que me dirigí a la cocina cuando todos dormían, estaba tan oscuro que apenas distinguía lo que agarraba, pero agarré lo que creí necesario (si es que en verdad estaba agarrando algo). Lo último que recuerdo es que le eche agua y delicadamente puse mis codos sobre la mesa donde estaba el recipiente, y de no ser que la mesa fuera tan resbalosa y mis codos tan poco ásperos, me hubiera quedado dormida, así que antes de irme a mi recámara quité todo de la mesa, excepto el agua, el cual se veía como si fuera un té. Luego me fui a dormir, ni siquiera lo probé, tenía mucho sueño, “mañana lo pruebo”, pensé.
A la mañana siguiente, me levanté antes que todos y fui emocionada directo a la cocina. En vez de ponerme la mezcla en la quemadura, la curiosidad de saber qué le había puesto me ganó y me lo bebí todo, sin dejar una sola gota, pensando: «¿Con esto podré identificar que le eché?». Se sentía raro, y me empezó a doler la panza, entonces me desmayé. Al despertar estaba muy confundida, veía una cara, pero era una cara desconocida, pensé que era un doctor, pero entonces vi el lugar que estaba detrás, no era mi casa, y no parecía un hospital.
Esa persona tenía una cara de concentración, no cabía la duda de que estaba prestando atención a algo, así que yo, igual lo hice, traté de orientarme lo mejor posible, y me percaté de que aparecían letras y letras por todas partes, narrando lo que pensaba. No lo quería admitir, no quería, ni siquiera esto era creíble, esto era ¡increíble! Me quedé pasmada por un largo tiempo, reflexionando, pero ¿Qué podía hacer yo?, debía admitirlo, aunque no quisiera, esa era la realidad de la que me acababa de enterar, «soy un cuento, una historia, no existo. La curiosidad sí mata gatos».
- Natalia Martínez Escamilla: Preparatoriana escribana que goza leer historias. Texto publicado en la Revista delatripa, No. 70, mayo 2023.

Resistencia e identidad frente a la desigualdad de las mujeres.




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