Reexistir en Colectivo| 10 de Mayo: Maternar colectivamente desde las ausencias

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Marcha del 10 de mayo de 2026. Foto Sarusi Bahena

R. Aída Hernández Castillo

SemMéxico, Cuernavaca, Morelos, 9 de mayo, 2026.- Este 10 de mayo, madres de personas desaparecidas se movilizan en todo el país para recordarle a México que nos faltan más136 mil personas. En la Ciudad de México, desde hace 17 años se reúnen en el Monumento a la Madre y recorren el centro histórico gritando: “10 de mayo no es de fiesta, es de lucha y de protesta”.

Se trata de la apropiación política de una celebración que tuvo sus orígenes en 1922, cuando el director del diario Excélsior, en aquel entonces uno de los periódicos más influyentes del país, Rafael Alducín, lanzó una campaña para contrarrestar las luchas feministas, que sobre todo en Yucatán, avanzaban en el reconocimiento de los derechos de las mujeres, incluyendo la planificación familiar y el control de la natalidad.

Esta campaña, que exaltaba los roles tradicionales de las mujeres como madres y amas de casa, fue retomada por el entonces Secretario de Educación Pública, José Vasconcelos, y encontró eco en las redes comerciales, que buscaban una justificación más para promover el consumo.

Pero como ha pasado con otras fechas –como el 5 de mayo para el movimiento chicano en Estados Unidos– las efemérides oficiales, han sido apropiadas como días de lucha, dando un nuevo sentido y construyendo una memoria histórica desde los movimientos sociales.

Se trata de una resignificación de la maternidad desde lo colectivo, porque las mujeres buscadoras no solo se movilizan por sus hijos e hijas, sino por todos y todas las que nos hacen falta. Sus consignas se han transformado de: “Te buscaré hasta encontrarte” a “Les buscaremos hasta encontrarles”.
Este maternaje colectivo incluye también el cuidado de las personas muertas que han sido víctimas de desapariciones forenses y burocráticas en morgues, SEMEFOS y fosas comunes estatales. Estas mujeres buscadoras, han adoptado como sus hijos e hijas a las personas no identificadas que han sido desaparecidas una segunda o tercera vez, al ser enviadas a fosas comunes sin seguir protocolos forenses, sin expedientes judiciales, ni necropsias.

Se han convertido a las defensoras y guardianas de estas personas exigiendo que sean exhumadas, identificadas y regresadas a casa.

Pero también maternan con las personas en situación de calle, las apoyan, se ofrecen a contactar a sus familias y les dan un trato digno, que la mayoría de las veces la sociedad les ha negado. Más que reproducir las perspectivas tradicionales de la maternidad –cómo han cuestionado erróneamente algunas académicas del Cono Sur con respecto a las madres de desaparecidos de esa región– lo que vemos es una resignificación de la maternidad desde lo colectivo, maternar como una práctica de cuidado y búsqueda de las miles de personas que nos hacen falta.

Pero las mujeres buscadoras no son las únicas que este 10 de mayo sufren las ausencias de sus hijos e hijas. En las prisiones de todo el país unas 16 mil mujeres, han sido separadas de sus hijos, un 68% de ellos menores de edad, por una justicia patriarcal, racista y clasista, que sigue criminalizando la pobreza.

La idea de que la sociedad es más segura encerrando a estas mujeres y dejando a sus hijos e hijas desprotegidos, la mayoría de las veces en contextos de vulnerabilidad y violencia social, resulta un absurdo, como lo han documentado múltiples estudios sobre el impacto del encarcelamiento en las familias.

En el estado de Morelos, los vínculos de solidaridad entre las madres buscadoras y las mujeres en reclusión, nos han permitido documentar que muchas de estas mujeres privadas de su libertad tienen hijos e hijas desaparecidas, sin tener posibilidad de buscarles. En el marco de la Brigada Nacional de Búsqueda, algunas madres buscadoras se comprometieron a buscarles por ellas, a asumir como propios a los hijos e hijas de esas mujeres a las que la cárcel les impide buscar a sus seres queridos.

Las mujeres en reclusión también maternan en colectivo, pues según datos del INEGI para el 2025 había 155 niños y 156 niñas viviendo en prisiones con sus madres. En varias prisiones del país he podido atestiguar como estas infancias son cuidadas en colectivo, un maternaje amoroso que se esfuerza por hacer sentir a estos niños y niñas que no están en prisión y que están rodeadas por sus tías, sus abuelas o sus hermanas mayores.

También he visto llorar en colectivo, cuando el Estado en nombre del “interés superior de la infancia” les separa de sus madres al cumplir los tres años, según lo establece la Ley Nacional de Ejecución Penal. He atestiguado el duelo comunitario que se vive cuando estos niños son “secuestrados” legalmente para ser entregadas a sus familiares cercanos y en caso de no existir quien se haga cargo de ellos, enviados a orfanatos o instituciones estatales.
Las historias de maltrato y abusos que sufren estos niños y niñas institucionalizadas, son parte de la deuda que tiene nuestro sistema de justicia con la niñez mexicana. Se trata de ausencias que duelen, que crean heridas emocionales en madres e hijes, y que se pretende cubrir con celebraciones oficiales del 10 de mayo.

Dedico estas letras a todas esas madres, que, en prisiones, en fosas, en marchas o en memoriales, sufren las ausencias de sus hijos e hijas, y maternan en colectivo para reconstruir los tejidos rotos de este México lastimado por las violencias.

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Homenaje a las Costureras del 19 de septiembre, 1985.



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