UN REPASO AL SER DE LA POLÍTICA.

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Olimpia Flores Ortiz

Es un privilegio acompañar a SEMMéxico en el preciso final de su periplo y publicar una postrer reflexión que acompañe a su anunciado cierre.

Quedo infinitamente agradecida con Sara Lovera, su fundadora por su gran generosidad al abrirme el espacio como pluma del portal feminista insigne que ha sido SEMMéxico. Más aún porque compañeras de ruta que hemos sido en nuestro tiempo, tenemos diferencias de concepto y de estrategia del feminismo. Aún así cuando quise escribí lo que quise y me publicó.

Este esfuerzo marca una etapa del periodismo con el fructífero denuedo de Sara que como pionera fundó la Doble Jornada, el primer suplemento feminista en México, en el periódico La Jornada; y porque el periodismo mexicano aprendiera a hacer visible a las mujeres, su desigualdad, las violencias en su contra y sus causas. Un incansable ir y venir —que no ha dado por concluido— por todo México haciendo talleres de perspectiva de género en el periodismo. Mucho se le debe.

Me valgo en esta entrega del pretexto que me da también la entrevista que el nuevo periódico La Aurora de México hiciera al joven pensador Raudel Ávila https://rb.gy/fx207k sobre el ser de la política en la actualidad de nuestro país.

Ir hacia la gente, acudir al territorio; pero, sobre todo, escuchar, es su propuesta.

En México, es verdad, la política no tiene una tradición de escucha. De hecho, el PRI corporativo se sostuvo porque resumió en él mismo las grandes demandas sociales y reunió a las fuerzas que dirimían sus intereses en complejos procesos de negociación, actuando bajo las formas de su férrea disciplina. El PRI, era omnipresente. Y se justificaba en el modelo del Estado de Bienestar que postulaba una economía mixta.

Su fuerza popular se basaba en la capacidad de mediación que sus gestores podían ejercer. Era la vía entonces existente para negociar las demandas populares con el poder. Por eso la política del PRI no podía ser más que patrimonialista: “mi gente”. Y “la gente” aprendió una cultura de demanda, que no de organización, responsabilidad y autonomía.

El modelo se agotó no sólo por el prolongado ejercicio del poder; sino porque el mundo fue cambiando y el gran partido de México no supo cambiar con él. Ni tampoco la cultura política que heredara el PRD que, al llegar al poder en la Ciudad de México, adoptó a las estructuras clientelares del PRI, sin modificar sus vicios.

El emergente discurso democrático posterior a la Segunda Guerra Mundial y al fracaso de los totalitarismos, dio cauce a expresiones sociales no adscritas al corporativismo: nuevas causas se fueron haciendo visibles al amparo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en la que la persona se hizo protagonista; no ya “los sectores sociales”.

Ese proceso fue haciendo del feminismo un actor político al reivindicar los derechos humanos de las mujeres, la mitad de la humanidad y denunciando la opresión por dictado cultural. Y de ese proceso fueron surgiendo las voces de otras causas inherentes a los derechos de las personas, como lo fue en su momento el movimiento de los derechos de las personas homosexuales, llegando a la pulverización que hoy existe, en donde cada causa es en sí misma y no se inscribe necesariamente en una visión radicalmente transformadora del orden social; tanto que el abanico de las disidencias sexuales se va abriendo al infinito sin hacer un todo; y el feminismo puede venderle talleres de prevención de la violencia a la Coparmex. Benditas las morras iconoclastas que son un verdadero llamado de atención.

La caída del Muro de Berlín significó un hito crucial para la humanidad: ganó el capitalismo en su acepción más perniciosa; el financierismo global, la economía ficción por encima de las economías reales que era en donde se jugaban y juegan las asimetrías entre naciones y las desigualdades sociales de los países así llamados “subdesarrollados” o “economías emergentes” o “países en vías de desarrollo” imponiendo un único modelo a seguir y organizando la economía mundial al servicio de las grandes potencias y que hiciera crisis en el 2008, cuando el capital financiero salvó a los bancos por encima de las economías reales. De ahí la crisis de los Estados nación, que actualmente da nueva vida a los soberanismos de pensamiento único, como le está sucediendo a México.

La tecnocracia que se fue comiendo al PRI, insertó a la Administración Pública en México, en los criterios gerencialistas de la Nueva Gestión Pública cuyo objetivo ya no fue la responsabilidad social del Estado, sino su “competitividad”. Y bajo esos criterios se actuarializó la evaluación de la gestión administrativa: medir el rendimiento por encima de medir los impactos sociales.

La mercadotecnia electoral “marketing” decretó el enanismo de la racionalidad social y redujo al absurdo el diálogo de lo político. Puro slogan. El ideario en el “sound bite”  Tenemos una población sin densidad ciudadana y una clase política de clichés que no tiene necesidad de estudiar, de leer, ni de escribir.

La institucionalización de la perspectiva de género con el nacimiento del Instituto Nacional de las Mujeres no supo diferenciarse: Se medían cantidades productivas y no impactos en la vida de las mujeres (cuántos folletos, cuántos talleres, cuántas acciones…). Ese mal aqueja a toda la Administración Pública mexicana, aún ahora en la rediviva y pervertida noción del Estado de Bienestar que ha podido renegar de la democracia del neoliberalismo y sus estructuras que jamás tuvo como objetivo la transformación hacia la justicia. Se ha creído que bastaba con la democracia electoral y los quistes “ciudadanos” satélites de la administración, sucedáneos del interés social informado. Una institución de la transparencia que servía para que l@s periodistas preguntaran por el valor de las toallas en Los Pinos. Ninguna cultura del derecho a saber.

Debiera ser lección que la democracia cupular, la que decide “agendas” desde las élites, es la que nos ha traído hasta donde estamos y debiera hacerse responsable. La corrupción, la penetración de las estructuras del Estado por el crimen, no son causas, sino consecuencias de una sociedad que no ha sido educada en la responsabilidad ni el respeto a los semejantes. Que ha perdido el sentido de lo colectivo. Antes se han impuesto las particularidades aisladas que llevadas al extremo de sí mismas son lo que llamamos ahora la desviación “woke”. Agendas necesarias sí, pero que no hacen un todo ciudadano transformacional, sino que nos fragmentan.

La incapacidad del Estado de ofrecer respuestas ha logrado que la acción de los partidos políticos sea completamente fútil. No median nada con el poder, no tienen nada que prometer, porque no hay promesa cumplible.

El feminismo mismo, sostengo que erró al imponer la agenda de la paridad y del aborto como las prioridades, por encima de la autonomía de las mujeres, en la que vinieron a reparar hace cinco minutos. ¿Cómo pueden las mujeres asumir decisiones vitales de manera sustentable sin autonomía? ¿Cuándo fue la paridad una necesidad que trascendiera a los intereses elitistas? Hemos constatado la vacuidad de la paridad, mediatizada por el poder masculino ante la ausencia de masa crítica, de movimiento social que la respalde y le exija: ”Cuahutémoc, no estás solo”. Pura ignominia. 

¿Cómo entender lo común en las diferencias? El PRI necesitaba “unidad”. La democracia no, porque es diversa y por tanto de pactos.

Las élites, todas han fallado.

Queda, como sugiere Raudel Ávila, volver la mirada al territorio, escuchar, reconocer las diferencias y darles valor en el sentido colectivo del derecho a ser sujetos políticos.

30 de junio de 2026

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Homenaje a las Costureras del 19 de septiembre, 1985.



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