Guadalupe Ramos Ponce
SemMéxico, Guadalajara, Jalisco, 13 de mayo, 2026.- Hay ausencias que no se marchan nunca.
Se quedan habitando los rincones de la casa, las canciones, las recetas, las palabras cotidianas y hasta la forma en que miramos el mundo. Así es la ausencia de una madre. Así es, para mí, la presencia permanente de mi querida mamita Aurora, a diez años de su partida este 13 de mayo.
Diez años parecen mucho tiempo. Una década entera. Sin embargo, hay días en que todavía pienso que voy a escuchar su voz llamándome por mi nombre, preguntando si ya comí, si descansé, si llegué bien. Porque las madres no desaparecen del todo: se transforman en memoria viva, en brújula moral, en refugio interior.
Con el paso de los años he comprendido que las mujeres de nuestras familias sostuvieron el mundo muchas veces desde el anonimato. Mi mamita Aurora perteneció a esa generación de mujeres fuertes que aprendieron a resistir sin reconocimiento, a cuidar aun cuando estaban cansadas, a dar incluso cuando tenían poco. Mujeres que hicieron de la ternura una forma de supervivencia.
Pienso mucho en cómo las madres latinoamericanas cargaron históricamente sobre sus hombros el trabajo invisible del cuidado. Cocinar, limpiar, acompañar, curar, escuchar, proteger. Tareas consideradas “naturales”, cuando en realidad fueron enormes actos políticos de amor y sostenimiento de la vida. Mi querida mamita Aurora, como millones de mujeres, sostuvo a su familia con una fuerza que quizá en su tiempo nadie nombró como trabajo, pero que hoy entiendo como una profunda ética del cuidado.
A veces la memoria llega en pequeñas escenas: en la sopa de arroz, en el vaso de leche o en la inmensidad del mar que tanto amaba. Y entonces descubro que el duelo no termina; simplemente cambia de forma. Aprendemos a vivir acompañadas por la nostalgia.
También pienso en todo lo que las hijas heredamos de nuestras madres. No solamente rasgos físicos o costumbres familiares. Heredamos maneras de resistir, de amar, de mirar la injusticia. Heredamos la sensibilidad frente al dolor ajeno y, muchas veces, la valentía para enfrentar un mundo profundamente desigual para las mujeres.
Quizá por eso, en mi trabajo y en mi vida, encuentro tantas veces la huella de mi querida mamita Aurora. Está presente cuando defiendo los derechos de las mujeres y las niñas, cuando acompaño causas difíciles, cuando abrazo a otras mujeres que atraviesan pérdidas, violencias o incertidumbres. Porque las madres también nos enseñan a cuidar colectivamente.
Diez años después, sigo hablándole en silencio. Hay noticias que quisiera contarle, triunfos que me habría gustado celebrar a su lado y cansancios que solamente una madre sabe entender. Pero también hay gratitud. Mucha gratitud.
Gracias, mamita Aurora, por tu amor inmenso, por tu eterna sonrisa, por tu fuerza y tu ternura.
Por sostenernos incluso en los momentos más difíciles.
Por seguir acompañándome, aunque ya no pueda tomarte de la mano.
Hoy no escribo desde la tristeza solamente, escribo desde la memoria amorosa, desde esa certeza profunda de que quienes amamos verdaderamente nunca se van del todo.
A diez años de tu partida, sigues aquí, luciérnaga en la oscuridad, brisa marina en la ciudad. Compañera silenciosa en mi caminar. Gracias por tanto, por todo, querida mamita Aurora.
Dra. María Guadalupe Ramos Ponce, Coordinadora Regional de CLADEM, Profesora Investigadora de la UdeG. @dralupitaramosp ; lupitaramosponce@gmail.com



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