Guadalupe Ramos Ponce
SemMéxico, Guadalajara, Jalisco, 3 de junio, 2026.- Esta semana participaré en el Seminario Regional “Violencias Estructurales y Feminicidio en América Latina”, un espacio de diálogo feminista que reúne voces de distintos países de nuestra región para reflexionar sobre una de las expresiones más extremas y dolorosas de la desigualdad: el feminicidio.
Hablar de feminicidio es hablar de asesinatos de mujeres por razones de género. Pero también es hablar de algo más profundo. Cada feminicidio es la punta visible de un iceberg construido durante décadas por desigualdades económicas, exclusiones políticas, discriminaciones históricas y una cultura que todavía normaliza múltiples formas de violencia contra las mujeres.
Con frecuencia se busca explicar el feminicidio como un hecho aislado, producto de decisiones individuales o de relaciones privadas. Sin embargo, la evidencia acumulada por los movimientos feministas, la academia y los organismos internacionales demuestra que estamos frente a una problemática estructural. No surge de la nada. Se alimenta de contextos donde las mujeres tienen menos acceso a recursos, menor autonomía económica, menor representación política y menores garantías para vivir libres de violencia.
La feminización de la pobreza sigue siendo una realidad en América Latina. Millones de mujeres sostienen hogares, realizan trabajos de cuidados no remunerados y enfrentan condiciones laborales precarias. Cuando una mujer depende económicamente de quien la violenta, sus posibilidades de salir del círculo de violencia disminuyen dramáticamente. La desigualdad económica no provoca por sí sola el feminicidio, pero crea condiciones de vulnerabilidad que pueden resultar letales.
A ello se suma la insuficiencia de políticas públicas y la debilidad institucional. Cada expediente archivado, cada denuncia ignorada, cada medida de protección que no llega a tiempo, envía un mensaje de impunidad. Y la impunidad también mata. Cuando los agresores perciben que no habrá consecuencias, la violencia escala.
Pero el problema no es únicamente jurídico o económico. También es cultural. Persisten imaginarios que siguen colocando a las mujeres en posiciones subordinadas, justificando el control, los celos, la posesión y la violencia. Desde los medios de comunicación hasta ciertos discursos políticos y religiosos, aún encontramos narrativas que minimizan las agresiones o responsabilizan a las víctimas de la violencia que sufren.
Por eso la respuesta no puede limitarse a endurecer penas. Necesitamos transformaciones profundas. Necesitamos sistemas de cuidados que redistribuyan responsabilidades. Necesitamos educación para la igualdad. Necesitamos presupuestos suficientes para prevenir y atender la violencia. Necesitamos instituciones capaces de actuar con perspectiva de género y derechos humanos. Necesitamos democracias paritarias que incorporen las voces y experiencias de las mujeres en la toma de decisiones.
Las experiencias más prometedoras de la región muestran que los cambios son posibles cuando los movimientos feministas, las organizaciones sociales, las universidades y los organismos internacionales tejen alianzas sólidas. Ningún actor puede enfrentar por sí solo un problema de esta magnitud.
Desde CLADEM hemos sostenido durante décadas que la violencia contra las mujeres no es un asunto privado, sino una cuestión de derechos humanos y de democracia. Porque un Estado que permite que las mujeres sean asesinadas por el hecho de ser mujeres es un Estado fallido.
Frente a los discursos de odio, frente a los retrocesos y frente a quienes intentan invisibilizar esta realidad, el feminismo sigue nombrando lo que otros quieren callar. Sigue construyendo memoria, denuncia y propuestas.
Porque cada feminicidio representa una vida truncada, una familia rota y una deuda colectiva. Y porque detrás de cada cifra hay una historia que merece justicia.
Hoy más que nunca debemos atacar las raíces estructurales de la violencia. Solo así podremos construir sociedades donde las mujeres no tengan que sobrevivir, sino vivir plenamente y con libertad.
Dra. María Guadalupe Ramos Ponce
Coordinadora Regional de CLADEM
Profesora Investigadora de la UdeG.
@dralupitaramosp



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