Elvira Hernández Carballido
SemMéxico, Pachuca, Hidalgo, 27 de mayo, 2026.-Cada 25 de mayo charlo con Rosario Castellanos (1925-1974) para celebrar la fecha de su nacimiento, ella es una de las mujeres que más admiro. Sí, cada aniversario podemos conversar gracias a sus poemas donde siempre encuentro la respuesta idónea para escarbar mi alma, inventarme y reinventarme, siempre tomada de su mano. Este ejercicio de imaginación es una manera de hacerle un sencillo homenaje y demostrar que siempre su voz sigue viva…
- ¿Qué te motivo dedicarte a la escritura?
Escribo porque yo, un día, adolescente, me incliné ante un espejo y no había nadie. ¿Se da cuenta? El vacío. Y junto a mí los otros chorreaban importancia. No, no es envidia. Era algo más grave. Era otra cosa. ¿Comprende usted?
- No creo comprenderlo todavía, siento que eres muy dura contigo, cuando siempre has sido una mujer de grandes ideas.
¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una. Jamás repetí otras (por pudor o por fallas nemotécnicas). ¿Mujer de acción? Tampoco. Basta mirar la talla de mis pies y mis manos. Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no. Pero sí de palabras, muchas, contradictorias, ay, insignificantes, sonido puro, vacuo cernido de arabescos, juego de salón, chisme, espuma, olvido…
- Ay, Rosario, a veces te siento tan lejos del gozo, de la alegría, por qué crees que a veces el dolor parece inspirarte más.
Tal vez cuando nací alguien puso en mi cuna una rama de mirto y se secó. Tal vez eso fue todo lo que tuve en la vida, de amor. Porque después (oh, rostro traicionado por la memoria, nudo deshecho en el adiós) nada sino el cilicio de aquella nervadura me exprimió el corazón.
- Un corazón lleno de heridas, ¿alguna ha cicatrizado? ¿O en otra parte de tu cuerpo se ha acumulado ese dolor? Tus ojos sin brillo, tu sonrisa triste, este lado donde late tu corazón o…
No me toques el brazo izquierdo. Duele de tanta cicatriz. Dicen que fue un intento de suicidio, pero yo no quería más que dormir profunda, largamente, como duerme la mujer que es feliz.
- Rosario, debe haber algo que te reconcilie con la vida, algunos detalles que dentro de la rutina representen otras sensaciones o actitudes antes la vida.
Yo digo que no sé, sino que sobrevivo a mínimas tragedias cotidianas: la uña que se rompe, la mancha en el mantel, el hilo de la media que se va, el globo que se escapa de las manos de mi hijo. Contemplo esto y no muero. Y no porque sea fuerte sino porque no entiendo si lo que pasa es grave, irreversible, significativo, ni si de un modo misterioso estoy atrapada en la red de los sucesos. Pero la verdad es que, aún soñolienta, me levanto, me baño, canturreo pensando en otras cosas. Y luego desayuno, tranquila, sobriamente, leyendo la noticia del viejo avaro al que sus asesinos buscaron las monedas que escondía (a puñaladas) dentro de su entraña. No, me palpo y no siento la herida. Todavía soy una mujer sola.
- Pero hasta en esa soledad debe haber algo para aprender, para sentirse fuerte, para continuar en busca de alguna solución. Yo sé que sí has buscado una manera de resolver ese sentir que parte el alma en pedacitos. ¿Cambiar, seguir ejemplos, romper espejos, convertirse en heroínas trágicas estilo Ana Karenina?
No, no es la solución tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstói, ni apurar el arsénico de Madame Bovary ni aguardar en los páramos de Ávila la visita del ángel con venablo antes de liarse el manto a la cabeza y comenzar a actuar. Ni concluir las leyes geométricas, contando las vigas de la celda de castigo como lo hizo Sor Juana. No es la solución escribir, mientras llegan las visitas, en la sala de estar de la familia Austen ni encerrarse en el ático de alguna residencia de la Nueva Inglaterra y soñar, con la Biblia de los Dickinson, debajo de una almohada de soltera. Debe haber otro modo que no se llame Safo ni Mesalina ni María Egipciaca ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser.
- Y ese otro modo de ser, no es una receta, ni una fórmula, pero sí un reto para marcar las pautas hacia una vida donde la felicidad sea un destello constante, ¿no crees?
Sería feliz si yo supiera cómo. Es decir, si me hubieran enseñado los gestos, los parlamentos, las decoraciones. En cambio, me enseñaron a llorar. Pero el llanto es en mí un mecanismo descompuesto y no lloro en la cámara mortuoria ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe. Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo el último recibo del impuesto predial.
- Sin embargo, sé que escribes para hacernos sentir la vida, si bien pareces experta en palpar el dolor, también lo has sido para externar las mil preguntas que surgen cuando naces mujer y debes buscar por ti misma respuestas, no las correctas sino las que permitan reconstruirnos para ser cómplices de nosotras mismas. Ante ello, ¿cuál ha sido el ancla que te sigue sosteniendo ahora que cumples 101 años?
Soy hija de mí misma. De mi sueño nací. Mi sueño me sostiene.
Feliz cumpleaños, Rosario de mi corazón.



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