- Las cubanas obligadas a buscar estrategias concretas que les permitan sostener la cotidianidad.
- Profundiza la crisis las brechas en el ejercicio de los derechos de las mujeres
Dixie Edith
SemMéxico/SEMlac, La Habana, 5 de mayo, 2026.- Productos básicos como el aceite pueden subir de precio hasta dos veces en una semana; la electricidad falta por largas horas o hasta por días, sobre todo fuera de la capital, y trasladarse puede ser una misión imposible.
Aunque desde la pandemia de covid-19 los apagones y la inflación llegaron para quedarse en la nación caribeña, la situación se ha agravado hasta límites impensables a partir de políticas económicas demoradas o mal implementadas y, sobre todo, tras las medidas de la administración de Donald Trump que reforzaron el bloqueo comercial y, más recientemente, el energético.
Lejos de los diagnósticos macroeconómicos, la crisis tiene un peso particular sobre las cubanas, que se han visto obligadas a buscar estrategias concretas que les permitan sostener la cotidianidad.
Para Yoanna Pazos, profesora universitaria y gestora de una revista científica, la crisis ha significado poner la vida en función de la electricidad. Residente en San Antonio de los Baños, una localidad rural de la provincia de Artemisa, a unos 40 kilómetros de La Habana, su primera preocupación fue la movilidad, el transporte.
«Yo vivo allá, pero trabajo en la Universidad de La Habana. Por suerte, pasamos a la semi presencialidad y eso me permite trabajar desde la casa. Pero tengo que cazar la luz, porque no se puede gestionar una revista digital sin conexión ni electricidad. En el ratico que hay, cocino todo lo que se puede, trabajo. “Antes usaba la lavadora, pero ahora lavo a mano para no perder tiempo», narra a SEMlac.
La periodista Lisandra Fariñas Acosta, en tanto, tuvo que cambiar completamente su rutina cotidiana. Residente en el reparto Camilo Cienfuegos, al este de la capital, llegar al trabajo o a la escuela de su hijo se volvió una misión imposible para ella.
«A raíz de toda la complicación de la situación electro energética, tuve que buscar estrategias personales. Vivo a casi 20 kilómetros de la escuela de mi hijo, con el túnel de la bahía por medio. Entonces me mudé temporalmente a casa de una amiga que vive en el Vedado», detalló.
Allí pasan ella y su hijo toda la semana. El esposo se quedó en casa y «ahora solo nos vemos los fines de semana», explica.
«Aun así, el niño tiene que ir caminando a la escuela unos cuatro kilómetros, pero ya es menos. Como estudia música, no teníamos cómo trasladarlo a otra más cerca. También tuvimos que comprar una bicicleta para poder movernos», agrega Fariñas Acosta.
La mudanza implica otros trastornos, asegura la periodista. «Es muy complicado porque el apartamento de mi amiga es pequeño y allí nos hemos apretado. También significa gastos dobles en alimentación, para dos casas.
En opinión de la socióloga Mayra Espina Prieto, hay señales de que la mujer está llevando «una carga grande». La investigadora considera que se puede hablar de una feminización de la crisis, por la pérdida de acceso a servicios y las dificultades con el transporte, entre otros asuntos que desestructuran la vida de las comunidades alejadas, la condenan y la marginan, explicó en entrevista a SEMlac para la serie Cubanas.
«Hay una historia sobre que las mujeres son las que saben bregar mejor con la crisis; entonces ahí la vida te pone la trampa. A veces somos las que decimos: déjamelo a mí, porque yo sé lavar sin detergente, sé preparar comida con pocos ingredientes», consideró.
«Creo que en la crisis que vivimos hoy, seguramente, hay un retroceso muy grande de los procesos de emancipación de la mujer, que tendrá consecuencias de largo alcance», reflexionó Espina Prieto.
Poner comida en la mesa
La llamada revolución energética implementada en la primera década del siglo XX en la nación caribeña apostó por la sustitución de cocinas de carbón y equipos electrodomésticos muy antiguos, por otros de consumo eléctrico más modernos y eficientes. En paralelo, se ampliaron los hogares a los que llegó el gas licuado como alternativa.
Así, poco a poco, en muchos hogares entraron las ollas de presión eléctricas, las arroceras y las hornillas de inducción y quedaron como un sombrío recuerdo las cocinas llenas de tizne por obra del carbón.
Ahora, cuando los cortes de electricidad son muy largos y no alcanzan a reponer la «balita de gas» desde hace más de seis meses, Pazos ha tenido que volver al carbón. «Nunca lo había hecho y tuve que aprender. Recuerdo a mi abuela encendiéndolo cuando era niña, pero de pronto no tenía ni idea de cómo hacerlo», cuenta a SEMlac.
La organización del trabajo doméstico se vuelve crucial: priorizar las comidas que requieren menos combustible, aprovechar el calor residual, cocinar en grandes cantidades para varios días o compartir fogones entre varias casas son prácticas que se han generalizado en los barrios cubanos, ha reportado la prensa oficial.
«Aunque hemos creado una pequeña comunidad para poder enfrentar este tiempo de crisis, eso tiene un costo económico y mental. Porque no estás en tu espacio habitual o tienes que cambiar las rutinas a las que estabas acostumbrada a la hora de hacer las cosas», reflexiona Fariñas Acosta.
La vuelta a casa
A la psicóloga María del Carmen Zabala le preocupa el efecto directo de la crisis sobre la permanencia de las mujeres en el empleo remunerado, valoró en entrevista con SEMlac.
Investigadora del Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso-Cuba), Zabala ha estudiado durante muchos años las desigualdades en Cuba y llama la atención sobre «la persistencia de brechas en el ejercicio de los derechos de las mujeres, muchas de las cuales se han profundizado en el escenario de crisis».
La tasa de desocupación de la población femenina cubana ha sido sistemáticamente mayor que la de los hombres desde 2015, de acuerdo con datos del Observatorio de Cuba sobre Igualdad de Género.
Sin embargo, si bien en 2020 la tasa de las mujeres bajó a 1,6 por ciento desde 2,7 por ciento en 2015, en 2024 volvió a subir hasta dos por ciento y con tendencia a seguir creciendo, pese a su alta calificación profesional y técnica.
En 2024, del total de personas ocupadas, solo 36,8 por ciento eran mujeres, frente a 61,8 por ciento de los hombres, reveló la Encuesta Nacional de Ocupación de 2024, realizada por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información.
Históricamente, las investigaciones en Cuba confirman que la reestructuración de las estrategias familiares ante las crisis se centra en buscar salidas económicas y financieras, pero también en garantizar las tareas de «la retaguardia».
Para conseguirlo, en no pocas oportunidades las mujeres abandonan el empleo remunerado; sobre todo cuando, como ahora, la inflación galopante disminuye el valor real del salario.
La investigación «Familia cubana. Cambios, actualidad y retos», realizada por el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas en 2000 y estudios muy recientes de Zabala confirman la disminución de la presencia femenina en el empleo formal, algo que la experta considera «una involución importante».
«Estamos lejos de alcanzar las metas que nos habíamos propuesto y hay que darle una mirada al por qué eso está ocurriendo: ¿es un tema de las dificultades de la vida cotidiana, es un tema de remuneración, es un tema de incremento del machismo?, porque a veces ocurre por elección propia, sostiene.
Para la psicóloga, un asunto preocupante derivado de la crisis es la situación del trabajo informal femenino, debido a los niveles de vulnerabilidad y desprotección tan altos que les genera a esas mujeres.
Pero también llamó a valorar la situación de las académicas, doctoras, profesoras, investigadoras
un grupo que pudiera ser exponente «de la más absoluta emancipación; pero que, dadas las condiciones actuales, la logran a un altísimo costo personal», precisó.
Sembrar algunos alimentos en los patios, acudir a pequeños emprendimientos o trabajos por cuenta propia, vender bienes, tener dos y más empleos
todas son variantes que conviven hoy en la realidad cubana, aunque no siempre con éxito.
En opinión de Fariñas Acosta, son apenas estrategias para para poder seguir. «Siempre pienso que yo, al menos, tengo una posibilidad de ajuste, de solución.
Pero hay muchas personas que no. Entonces, ¿cómo estarán haciendo?, cuestiona.



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