Juego de ojos| Lo que no acabamos de comprender

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Miguel Ángel Sánchez de Armas

SemMéxico, Ciudad de México, 8 de junio, 2026.- Hay diálogos que informan, otros que obligan a pensar y algunos que reviven inquietudes que fueron sembradas en nuestro ADN hace millones de años en las planicies africanas: el miedo a lo que no acabamos de comprender.

Una conversación reciente entre Ezra Klein y Yuval Noah Harari en el New York Times pertenece a estas categorías. No sólo por lo que se dijo, sino por quiénes lo dijeron. Cuando la escuché hace unos días me sentí en ebullición intelectual y emocional.

La entrevista deja una sensación incómoda: quizá la gran disputa de nuestro tiempo no sea entre izquierda y derecha, ni entre nacionalistas y globalistas, ni entre el pueblo bueno y los reaccionarios del pasado, sino entre dos maneras de entender la condición humana. Una sostiene que la historia avanza por la fuerza; la otra, que avanza por la cooperación.

El encuentro fue un espacio de reflexión no sólo en el contexto sajón, sino también aplicable al ambiente político mexicanos, en donde pululan brújulas desorientadas, onanismo declarativo y poca solidez intelectual.

Harari no es un comentarista ocasional ni un profesor más. Historiador formado en Oxford, catedrático de la Universidad Hebrea de Jerusalén y autor de algunos de los libros más influyentes de las últimas dos décadas, se convirtió en una figura global cuando su libro Sapiens logró algo poco usual: sacar la historia de las aulas e insertarla en la conversación pública mundial.

Sus obras posteriores, Homo Deus, 21 Lecciones para el siglo XXI y más recientemente Nexus, le dan una posición singular: la de intérprete de largo plazo en una época obsesionada con el minuto a minuto.

Estuvo con Ezra Klein, una de las voces más influyentes del ecosistema intelectual yanqui, un periodista que intenta pensar antes de reaccionar. Su programa, The Ezra Klein Show, se ha convertido en una de las plataformas más importantes para discutir política, tecnología, filosofía y cultura en el país vecino. Cito libremente de la transcripción del NYT del pasado 26 de mayo.

El punto de partida de la conversación es una frase de Stephen Miller, uno de los ideólogos más influyentes del trumpismo: “El mundo está gobernado por la fuerza, el poder y la dominación.” Harari responde con una observación que parece elemental pero que adquiere una potencia devastadora cuando se examina históricamente. Si “la fuerza” fuera la única ley del mundo, la especie humana seguiría agrupada en pequeñas bandas de cazadores incapaces de construir

ciudades, universidades, hospitales o Estados. La civilización nació cuando los seres humanos aprendieron a confiar en desconocidos.

La tesis parece ingenua en una época dominada por la brutalidad de los poderosos. Desde Washington hasta Moscú, desde Jerusalén hasta Pekín, abundan quienes proclaman que el orden internacional depende de que los débiles acepten la voluntad de los fuertes. Sin embargo, Harari responde con la perspectiva que sólo concede la reflexión histórica: ese experimento ya fue realizado durante milenios. Produjo imperios, sí, pero también guerras interminables. La verdadera anomalía histórica, sostiene, fue el período reciente en que numerosas naciones dedicaron más recursos a la salud que a la defensa. No era una utopía; era una forma distinta de administrar el miedo.

Hay otra observación particularmente fértil para el oficio periodístico. La verdad, dice Harari, es costosa. Exige investigación, matices y la aceptación de contradicciones. La ficción, en cambio, es barata, sencilla y reconfortante. Puede presentar a unos como absolutamente buenos y a otros como absolutamente malos. Por eso las sociedades suelen organizarse alrededor de relatos antes que de hechos. La democracia liberal, con todas sus insuficiencias, tuvo una virtud singular: construyó mecanismos para corregirse a sí misma. Elecciones, prensa libre, tribunales independientes y contrapesos institucionales parten de una premisa modesta pero revolucionaria: los seres humanos se equivocan.

Hay un momento revelador. Harari recuerda que el texto fundador de Estados Unidos comienza con las palabras “We the People”, no con “I am the Lord your God”. La diferencia parece semántica, pero es política. Si una comunidad reconoce que sus instituciones son creación humana, puede modificarlas. Si afirma que provienen de una revelación divina, la corrección se vuelve herejía. Ahí está quizá una de las claves de la modernidad democrática.

La conversación se vuelve más inquietante cuando aborda la inteligencia artificial. Durante décadas nos preocupó que las máquinas capturaran nuestra atención. Ahora, advierte Harari, intentarán capturar nuestra intimidad. El problema ya no es cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino cuántas emociones depositamos en entidades capaces de simular amistad, admiración, amor o comprensión. Las redes sociales aprendieron a pulsar los botones del miedo y la ira. Los nuevos sistemas aprenderán a pulsar los del afecto. La batalla tecnológica se está trasladando del mercado de la atención al mercado de los vínculos humanos.

Klein introduce entonces una observación que parece salida de Marshall McLuhan: lo verdaderamente seductor de la inteligencia artificial no es que nos presente a un otro, sino que nos devuelve una versión ampliada de nosotros mismos. Una conciencia aparente que nunca se cansa, nunca contradice demasiado y siempre está disponible. Harari coincide: estamos realizando el mayor experimento psicológico de la historia sobre miles de millones de personas sin tener idea de cuáles serán las consecuencias.

Quizá la imagen más poderosa de la entrevista sea una que pasa casi inadvertida. Harari sostiene que la humanidad vive dentro de una gran casa construida por generaciones anteriores. Todavía funcionan las tuberías, la electricidad y los cimientos, pero hemos dejado de darles mantenimiento. La metáfora sirve para las democracias, para el sistema internacional y para la convivencia cotidiana. Las instituciones sobreviven algún tiempo gracias a la inercia. Después comienzan a resquebrajarse.

Hay además una ironía biográfica que vuelve más interesante a Harari. Su formación académica original no estaba en el futuro ni en la inteligencia artificial. Era medievalista e historiador militar. Estudió campañas bélicas, caballería y memorias de guerra antes de convertirse en uno de los observadores más escuchados sobre algoritmos, redes y sistemas de información. Quizá por eso sus advertencias resultan más difíciles de descartar: vienen de alguien que aprendió primero cómo los seres humanos se destruyen antes de reflexionar cómo pueden cooperar entre sí.

La pregunta final de la entrevista permanece suspendida sobre nuestro tiempo. ¿Qué ocurrirá cuando el lenguaje, que durante decenas de miles de años sirvió para conectar seres humanos, empiece a actuar por cuenta propia a través de inteligencias artificiales capaces de producir relatos, afectos y decisiones sin intervención humana? Harari no ofrece una respuesta tranquilizadora. Tampoco Klein la busca.

Y quizá ahí radique el valor de la conversación. En un mundo saturado de opiniones instantáneas, dos hombres dedicaron casi dos horas a pensar en voz alta sobre cooperación, poder, guerra, democracia y tecnología. Parece poca cosa. Tal vez sea exactamente lo contrario.

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Homenaje a las Costureras del 19 de septiembre, 1985.



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