La ciudad de las manos tercas

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Francisco Ortiz Pinchetti

SemMéxico, Ciudad de Mexico, 17 de abril, 2026.- “La dignidad del trabajo manual es la base de nuestra identidad urbana”.

Tengo la irremediable y feliz costumbre de vivir –y revivir–mi ciudad a pie, como cualquier transeúnte, a menudo sin rumbo. Así, hace unos días caminé por la calle de República de Cuba, en el Centro Histórico. Conforme me acercaba a la Plaza de Santo Domingo el estruendo de las prensas Heidelberg me obligó a detenerme. 

En las viejas imprentas de este rumbo, el olor a tinta y a plomo fundido sigue pegado a las paredes, como una advertencia.

Es un aroma que reconozco bien, por cierto: hace años tuve mi propia prensita manual, una joya mecánica que compré precisamente ahí, en los portales, a un impresor que me enseñó que la letra, si no pesa, no vale. La usaba para imprimir invitaciones de bodas, tarjetas de presentación y sobre todo tarjetas de Navidad, en temporada.

Ahora mismo siento que entro a uno de estos talleres y observo al operario acomodar los tipos móviles con una rapidez que ya quisiera cualquier diseñador de oficina; no hay pantallas aquí, sólo el golpe rítmico del metal que confirma que la impresión artesanal se niega a morir frente al tóner digital que se borra con un estornudo.

Ahí mismo, bajo el dintel de piedra del llamado “Portal de Evangelistas”, constato que los escribanos siguen en su sitio, como si el tiempo se hubiera quedado sin batería. Me acerco a uno que teclea en una Smith-Corona con una cadencia que parece un ametrallamiento. No redacta una carta de amor —el romanticismo ya no paga la renta—, sino un contrato de arrendamiento para un cliente que espera con cara de urgencia. Me dice que la gente todavía confía más en lo que sale de su cinta entintada que en un formato de internet que cualquiera puede alterar. Es la autoridad del papel físico, sellado bajo la sombra de la plaza, un oficio que sobrevive desde la época virreinal con una terquedad que ya quisieran nuestras instituciones.

Lejos de ahí, en la entrañable colonia Roma, visito un taller de máquinas de escribir donde los estantes parecen un cementerio de elefantes de hierro: Olivetti, Remington, Underwood. El mecánico, con las manos negras de aceite industrial, desarma un carro frente a mí. 

Me explica con sarcasmo que no hay refacciones porque el mundo decidió que lo eterno no es negocio; para salvar una máquina tiene que «canibalizar» otra. 

Observo cómo limpia cada resorte con un pincel fino, como si estuviera operando a corazón abierto. Aquí la ingeniería se resuelve con el oído, no con un manual de usuario traducido del chino. Un clic fuera de lugar delata la falla que el tacto termina por corregir. Es la paciencia contra el algoritmo.

En otros de mis recorridos encuentro al vendedor de escobas de mijo y plumeros de avestruz (eso asegura él) que camina cargado como un jardín vertical andante; es un milagro que no lo atropelle el Metrobús con semejante cargamento.

Escucho también el silbato del afilador que pedalea su bicicleta adaptada, como en la película Roma; saca chispas de un cuchillo cebollero con una precisión que ya envidiarían los chefs de televisión. Y, al doblar la esquina, el vapor del carrito de camotes emite ese silbido ensordecedor que es el terror de los perros y la gloria de los estómagos. Es un aroma que sobrevive entre edificios de departamentos que presumen «inteligencia»… pero que no saben a qué huele la leña.

En los talleres del norte citadino, otro día, veo a los cartoneros trabajando en los «Judas» para la Semana Santa. Utilizan periódico viejo y engrudo para dar forma a figuras que terminarán en cenizas. Me explican que ahora las piñatas son casi todas de puro cartón, no por gusto, sino porque el mundo se volvió frágil y ya nadie quiere lidiar con una olla de barro que se rompe. Es el mismo rigor que observo en el cortinero que llega con su nivel y su plomada para instalar rieles a medida, burlándose de la fragilidad de lo que se compra en las grandes tiendas y que se dobla con sólo mirarlo.

Ya de regreso al Centro Histórico, entro al taller de un encuadernador. Sobre su mesa hay un diccionario del siglo XIX deshojado. Lo veo coser con hilo de lino, con una calma que parece un insulto a la prisa citadina. Me dice que su trabajo es rehabilitar la memoria: un libro bien encuadernado puede durar otras tres generaciones. Es la misma apuesta que encuentro con el colchchonero que todavía ofrece varear la lana, o el tapicero que desarma un sofá para renovar los resortes uno por uno, asegurando que el mueble de la familia no termine en la banqueta al primer sentón.

El mapa de la ciudad, sin embargo, tiene sus bajas. Ya no pasa el mielero con sus panales ni el pajarero con sus jaulas labradas, apiladas en una torre de equilibrios mágicos. El estañador, que remendaba ollas con soldadura caliente, se perdió junto con el peltre. Tampoco queda rastro del aguador que cargaba cántaros de barro, un oficio que el entubamiento masivo borró, dejándonos a merced de los recibos del agua. Se fueron también los encendedores de faroles, víctimas de una luz eléctrica que no tiene nada de poética.

En Tepito y La Lagunilla, la resistencia es más brava. Los anticuarios no necesitan certificados; les basta tocar la madera para saber si es cedro o una estafa barnizada. Los reparadores callejeros resucitan licuadoras y motores que el fabricante dio por muertos hace mucho, demostrando que el ingenio mexicano es la mejor garantía de fábrica. Acaso encuentro a un viejo dicharachero que repara aspiradoras, en el parque Tlacoquemécatl.

Esos hombres y mujeres sobrevivientes del oficio son el alma de la capital. Al verlos trabajar, compruebo que la dignidad del oficio manual es lo que todavía nos da identidad frente al avance de lo desechable. En cada escribano, en cada mecánico y en cada cartonero hay una decisión de quedarse, de seguir haciendo las cosas con las manos y con rigor. Son los guardianes de una ciudad que se niega a olvidar cómo se construye la realidad, puntada tras puntada, lejos de la frialdad de una pantalla que nunca sabrá lo que es tener callos en las manos. Válgame.

@fopinchetti

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Homenaje a las Costureras del 19 de septiembre, 1985.



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