Mirada Violeta | Cuando la violencia digital deja de tener partido

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SemMéxico, Guadalajara, 10 de junio, 2026.- La reciente filtración de imágenes íntimas de la senadora chilena Camila Flores ha generado una reacción poco frecuente en tiempos de polarización política: una condena transversal de prácticamente todo el espectro político chileno. El caso no sólo abrió un debate sobre privacidad y violencia digital, sino que volvió a colocar en el centro una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando la tecnología se convierte en una herramienta de vigilancia y control sobre la vida de las mujeres?

Los hechos conocidos hasta ahora son graves. La legisladora denunció la difusión de fotografías y videos de carácter íntimo que, según las investigaciones preliminares, habrían sido obtenidos mediante cámaras de seguridad instaladas en la vivienda que compartía con su exesposo, el exdiputado chileno Percy Marín. 

La Fiscalía chilena inició una investigación y ordenó diligencias para determinar cómo fueron captadas, almacenadas y posteriormente difundidas las imágenes. Diversos medios han informado que la policía realizó allanamientos y otras actuaciones para esclarecer responsabilidades. La difusión del material se produjo en redes sociales y plataformas digitales, multiplicando el daño a la privacidad y la dignidad de la senadora.

Sin embargo, más allá de las particularidades judiciales, el caso revela una problemática que trasciende a Chile. La violencia digital contra las mujeres se ha convertido en una de las expresiones más sofisticadas de las desigualdades de género. Ya no se limita al insulto o al acoso en redes sociales. Incluye la vigilancia tecnológica, la obtención indebida de imágenes privadas, la difusión no consentida de contenido íntimo, las campañas de desprestigio y la utilización de herramientas digitales para controlar, castigar o silenciar.

Lo relevante es que esta vez la respuesta política fue distinta. Legisladoras feministas de izquierda, representantes de partidos conservadores, autoridades gubernamentales y dirigentes de oposición coincidieron en un punto esencial: ninguna diferencia ideológica puede justificar la vulneración de los derechos fundamentales de una mujer. La condena no se dirigió a una postura política ni a una agenda partidaria, sino a un acto que constituye una forma de violencia basada en género.

Y ahí reside la principal lección democrática. Los derechos humanos no son selectivos. No protegemos la intimidad de una mujer porque estemos de acuerdo con sus ideas. La protegemos porque es un derecho. Si comenzamos a relativizar las violencias dependiendo de quién las sufre, terminamos debilitando los principios que sostienen la convivencia democrática.

Las feministas latinoamericanas y caribeñas, llevamos décadas denunciando que la violencia contra las mujeres adopta nuevas formas conforme cambian las tecnologías. Lo que antes ocurría en espacios privados hoy puede difundirse instantáneamente ante millones de personas. El daño ya no se limita a un círculo cercano; se amplifica, se reproduce y permanece en internet durante años.

Por ello resulta tan importante el avance de marcos normativos que reconocen la violencia digital como una violación de derechos humanos. El trabajo desarrollado por el MESECVI y la reciente Ley Modelo Interamericana sobre Violencia Digital contra las Mujeres han insistido en que la difusión no consentida de imágenes íntimas no es un asunto privado ni un simple conflicto interpersonal. Es una forma de violencia que afecta la autonomía, la seguridad, la participación política y la libertad de las mujeres.

Para quienes trabajamos en la defensa de los derechos humanos de las mujeres, el caso de Camila Flores ofrece una enseñanza importante. La violencia digital no distingue ideologías, partidos, edades ni trayectorias. Puede afectar a una activista feminista, a una periodista, a una estudiante, a una defensora de derechos humanos o a una senadora conservadora. Lo que las une no es su pensamiento político, sino una estructura de poder que continúa considerando el cuerpo y la intimidad de las mujeres como espacios disponibles para la vigilancia y el castigo.

Quizá por eso la reacción colectiva en Chile merece atención. Porque en una época marcada por la confrontación permanente, se produjo un consenso básico que no debería ser excepcional: la privacidad no tiene partido, el consentimiento no tiene ideología y la dignidad de las mujeres debe ser protegida sin condiciones.

Cuando se difunden imágenes íntimas de una mujer sin su consentimiento, no estamos ante un escándalo mediático. Estamos frente a una expresión contemporánea de violencia de género. Y la democracia se mide, precisamente, por la capacidad de una sociedad para reconocerlo y actuar en consecuencia.

Dra. María Guadalupe Ramos Ponce, coordinadora Regional de CLADEM. Profesora Investigadora de la UdeG.

@dralupitaramosp

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