Ma. Guadalupe Ramos Ponce
SemMéxico, Guadalajara, Jalisco, 17 de junio, 2026.-Hace unos días, nos reunimos exalumnos de la Escuela Primaria Urbana 130 “Luis Pérez Verdía” de la generación 1970-1976. En nuestro 50 aniversario, tuvimos el enorme privilegio del reencuentro, no solo entre quienes compartimos nuestra niñez, sino también con nuestro director de entonces el profesor Luis Federico Ayón Zester, a quien recibimos con mucha alegría. Volver la mirada al pasado, nos reafirma lo felices que fuimos en nuestra infancia. Volver a vernos, abrazarnos, reír, cantar y bailar juntos, es un regalo de la vida que no cualquiera puede disfrutar.
Recordamos a nuestros maestros y maestras, el profesor Chuy, la maestra Lolita, la gran maestra Elena de la Peña, a quien recuerdo con mucho cariño y otros más a quienes vimos pasar por nuestras aulas. Recuerdo el salón de tercero de primaria con una gran imagen de Benito Juárez, imponente.
Entre los recuerdos apareció una sorpresa que me conmovió profundamente: un huevo de ganso que llevé al museo escolar cuando era estudiante de primaria. En ese entonces, abrió sus puertas el museo de la escuela, fue el gobernador Alberto Orozco Romero a inaugurarlo personalmente. Eso me hizo sentir muy importante, sabía que el resto de las escuelas no tenían museo y yo estaba muy orgullosa que mi escuela lo tuviera. Nos pidieron que lleváramos objetos de nuestras casas para el museo. Mi mamá nos llevó a Santa Cruz de las Flores (otro lugar maravilloso de mi infancia feliz) y allá consiguió un huevo de ganso. Era un huevo enorme, nunca había visto uno igual. Cuando llegué a la escuela, todos los niños asombrados me decían que cómo había conseguido un huevo de dinosaurio.
Yo lo entregué con la emoción de quien participa en algo importante, sin imaginar que aquel objeto permanecería allí durante medio siglo.
Saber que el museo de la escuela sigue y que el huevo de ganso se encuentra ahí intacto y resguardado, me hizo sentir que el tiempo se había detenido por un instante. No era solamente un huevo de ganso; estaba ahí una parte de mi propia historia.
Pensé en cómo es que un objeto aparentemente sencillo puede convertirse en patrimonio comunitario. No solo representa a un ave o a una época rural, sino también la memoria de una niña, una familia y de una generación de estudiantes de la Escuela Urbana 130 Luis Pérez Verdía. Me imagino cuantas generaciones han pasado en estos 50 años y cuántas niñas y niños se han embelesado mirando ese enorme huevo de ganso.
Pensé entonces en mi mamita querida. Como tantas mujeres de su generación, acompañó la educación de sus hijas e hijos desde la cotidianidad, con gestos que parecían pequeños pero que sostenían el mundo. Conseguir aquel huevo fue uno de esos actos silenciosos de cuidado que rara vez aparecen en los relatos oficiales, pero que hacen posible la vida y los sueños.
La memoria también se construye desde esos detalles. Las mujeres hemos sido guardianas de historias, objetos, fotografías, cartas y recuerdos familiares. Hemos conservado aquello que permite a las generaciones futuras saber de dónde vienen. La memoria no se sostiene únicamente en los grandes acontecimientos; también habita en las pequeñas cosas que alguien decidió cuidar.
Por eso me emocionó descubrir que la Escuela Urbana 130 “Luis Pérez Verdía” ha preservado durante cincuenta años una pieza que forma parte de la experiencia de una niña que hoy regresa convertida en mujer, profesora, activista y defensora de los derechos humanos. En ese objeto sobreviven no solo mis recuerdos, sino también los de una comunidad escolar que entendió el valor de conservar la historia.
Vivimos tiempos de velocidad, donde todo parece reemplazable. Quizá por eso resulta tan poderoso encontrar algo que ha permanecido durante décadas en el mismo lugar. Ese huevo de ganso nos recuerda que la memoria necesita cuidado, compromiso y afecto para atravesar el tiempo.
Al despedirme del director y de mis compañeritos de escuela, comprendí que algunas huellas nunca desaparecen. Permanecen ahí, esperando nuestro regreso. Como ese huevo de ganso, que venció al tiempo para recordarme que la infancia, el amor de una madre y la memoria compartida siguen habitando entre nosotros.
Gracias mamita por acompañar mi educación, gracias a mi maravillosa escuela primaria que adelantada a su época, miraba la formación de las infancias como una construcción colectiva. Cuando usted mi querido lector pueda, dese una vuelta por la escuela primaria urbana 130 Luis Pérez Verdía en la colonia independencia, ahí podrá apreciar ese maravilloso huevo de ganso que ha sobrevivido 50 años. Hay objetos que se conservan en los museos; otros conservan nuestra vida. Mi huevo de ganso hizo ambas cosas.
*Coordinadora Regional de CLADEM ;Profesora Investigadora de la UdeG.;@dralupitaramosp; lupitaramosponce@gmail.com



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