Guadalupe Ramos Ponce
SemMéxico, Guadalajara, Jal., 6 de mayo, 2026.- La humanidad atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. Las guerras se multiplican, el hambre persiste, las democracias se debilitan y los discursos de odio avanzan con una velocidad alarmante. En medio de esta crisis global, resulta inevitable preguntarnos: ¿puede el mundo seguir siendo conducido desde las mismas estructuras de poder que históricamente han excluido a las mujeres?
La respuesta parece cada vez más evidente: ha llegado el tiempo de que una mujer dirija la Organización de las Naciones Unidas.
No se trata de un gesto simbólico ni de una concesión políticamente correcta. Se trata de justicia histórica. Desde su fundación en 1945, la ONU ha sido encabezada exclusivamente por hombres. Ocho secretarios generales han ocupado el cargo más importante de la diplomacia internacional y ninguno ha sido mujer. Ochenta años después, el organismo que proclama la igualdad y los derechos humanos sigue sin romper su propio techo de cristal.
La contradicción es profunda. La misma organización que impulsó la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, que promovió las conferencias mundiales de mujeres y que declaró la igualdad de género como objetivo global, continúa reproduciendo la exclusión en su máxima estructura de poder.
No es casualidad. El poder internacional sigue teniendo rostro masculino.
Sin embargo, el mundo ya cambió. Las mujeres sostienen comunidades enteras en medio de guerras, migraciones y crisis humanitarias. Son quienes organizan redes de cuidado frente al abandono estatal, quienes defienden territorios frente al extractivismo y quienes resisten el avance autoritario en numerosos países. También son quienes, desde la política, la academia, el periodismo y los movimientos feministas, han construido nuevas formas de pensar la paz, la democracia y la seguridad humana.
Una mujer al frente de la ONU representaría mucho más que una alternancia de género. Podría significar la posibilidad de incorporar otras prioridades al centro de la agenda mundial: el cuidado, la sostenibilidad de la vida, la erradicación de las violencias, la justicia climática y la defensa integral de los derechos humanos.
No porque las mujeres sean naturalmente mejores, más pacíficas o moralmente superiores, ese esencialismo también ha sido una trampa patriarcal, sino porque las experiencias históricas de exclusión generan miradas distintas sobre el mundo y sobre las formas de ejercer el poder.
Las resistencias, por supuesto, ya están presentes. En tiempos de avance conservador y ultraderechista, la posibilidad de una mujer feminista liderando la ONU incomoda profundamente a quienes desean restaurar jerarquías y autoritarismos. El problema no es únicamente que sea mujer; el problema es lo que simboliza: una redistribución del poder global.
América Latina y el Caribe tienen mucho que decir en este debate. Nuestra región ha sido semillero de mujeres que han transformado la política internacional desde perspectivas profundamente humanistas y comprometidas con la justicia social. También ha sido escenario de enormes luchas feministas que hoy dialogan con el mundo entero.
Tal vez por eso no resulta extraño que muchas voces comiencen a preguntarse si la próxima gran transformación de la ONU debe venir precisamente de allí: de las mujeres que han aprendido a tejer democracia en medio de la desigualdad, la violencia y la resistencia cotidiana.
Porque el problema del mundo no es únicamente la ausencia de paz. Es también la ausencia de igualdad en los espacios donde se decide el destino de la humanidad.
Y quizás sea momento de comprender que no puede construirse un futuro distinto con estructuras de poder que siguen siendo las mismas de hace ochenta años.
La ONU necesita una mujer, pero, sobre todo, el mundo necesita otra forma de ejercer el poder.
Dra. María Guadalupe Ramos Ponce; Coordinadora Regional de CLADEM. Profesora Investigadora de la UdeG. @dralupitaramosp lupitaramosponce@gmail.com



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