Sonia del Valle Lavín
SemMéxico, Cd. de México, 28 de mayo, 2026.-Llegamos cerca de las 11 de la mañana al preescolar Marie Curie en Copilco, un edificio de 73 años, construido como caballerizas, que creció de manera anárquica.
El diagnóstico: “La escuela está en malas condiciones estructurales de seguridad y funcionamiento. Se propone la construcción de una nueva” y albergaba a cerca de 100 estudiantes de 4 y 5 años.
Intentamos hablar con la directora. Nos dijo que no. Las mamás comenzaron a llegar y les preguntamos:
¿Les han comentado que el edificio está en malas condiciones? ¿Saben que podría caerse con un temblor?
La directora de la escuela pidió a las mamás y a los papás que entraran al plantel.
Tardaron cerca de media en salir y salieron temerosos.
“Aléjense de nuestros hijos”, nos dijo una de las mamás.
Otra pidió vernos más adelante, al acercarnos y nos relató que la directora les había dicho que éramos secuestradores de niños.
Mi compañero fotógrafo y yo, les enseñamos nuestras credenciales de prensa, nuestra identificación oficial y hasta el periódico donde venía la noticia publicada.
Otras mamás comenzaron a unirse a nuestra conversación y nos dijeron que no sabían nada sobre las condiciones de la escuela, que la directora solo les dijo que tuvieran cuidado porque éramos secuestradores.
Una de las mamás regresó junto con otro grupo a la escuela y se llevó el periódico. Quería que la directora les explicara.
Al salir, como media hora después, nos pidió que no le moviéramos.
La directora les había dicho que sus hijos se iban a quedar sin escuela.
Por supuesto que estaba muy enojada con esa maestra que solo decía mentiras a las mamás.
Traté de convencerlas que tenían derecho a que sus hijos estudiaran en escuelas seguras, sin riesgo, y a reclamar que reconstruyeran la escuela.
Entonces, una de las mamás me desarmó.
Me contó que habían luchado mucho por la apertura del preescolar, el único en la zona, por años.
“Nos hicieron el favor de abrir el preescolar”, dijo y no olvido sus palabras.
¿Y qué pasa si tiembla y se cae?, les pregunté.
“Pues ya veremos”, respondió.
Repliqué que no les habían hecho un favor.
Ante mi insistencia, me volvió a repetir, “no le mueva; si se cae, vendremos a rescatarlos”.
Me fui derrotada. Triste. Regresé al periódico, conté la historia que me parece tan injusta. Seguí la nota, pregunté a la delegación qué iba a hacer, le pregunté a la SEP.
Regresé al año y las niñas y los niños habían sido reubicados temporalmente en la primaria que estaba cruzando la calle.
Dos años después regresé al preescolar. Fui a pedir informes, como si fuera una mamá para ver si podía inscribir a mi hijo y pedí verla. La directora me presumió su preescolar, era hermoso, tenía juegos, areneros, salones amplios, baños nuevos y al tamaño de las niñas y los niños.
Si no tiene hijos que hayan venido al preescolar antes, no puede inscribir a su hijo, está lleno, comentó la directora.
Me obsesioné con la infraestructura de las escuelas, y el SNTE fue mi aliado.



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