Sonia del Valle Lavín
SemMéxico, Cd. de México, 28 de abril, 2026.- De reportear desde Nueva York la caída de las Torres Gemelas, pasé, en un año, a trabajar en el periódico Reforma y meses después a la fuente educativa.
En las redacciones tradicionales —al menos en aquel entonces— a las y los periodistas de nuevo ingreso les daban las fuentes “menos importantes”. Obvio, la educativa era una de ellas.
Y esto se acostumbraba porque era una fuente “muerta”, políticamente hablando. Las importantes eran la presidencial, el Congreso, Gobernación, Cancillería. Incluso los partidos políticos tenían más peso que la educación.
Así que primero cubrí una fuente inexistente: la de “género”. Es decir, asuntos de mujeres. Venía de trabajar en la agencia Cimacnoticias, especializada en la condición social de las mujeres. Y justo cuando parecía que me asignarían una fuente política “importante”, el reportero que cubría educación se fue del periódico.
Y yo la pedí a pesar de no saber nada de política educativa. No había leído ni una línea de lo que el propio periódico había publicado antes. Nada.
Tampoco nadie me dijo qué hacer ni cómo hacerlo. Así que empecé por lo básico: buscar si había organizaciones civiles que trabajaran el tema. Y, como ya dije, no encontré ninguna.
Entonces hice lo que me enseñó mi maestra de periodismo Sara Lovera: preguntar; leer mucho, desde el programa sectorial de educación hasta el presupuesto —que no entendía—, las estadísticas y todo lo que cayera en mis manos.
Recuerdo bien una de mis primeras notas de portada en la fuente educativa. Fue sobre evaluación de los aprendizajes.
Hice una investigación larga. Tomé clases. Traté de entender cómo se evaluaba a las y los estudiantes a través de exámenes estandarizados. Así llegué a la Teoría de Respuesta al Ítem.
Porque antes de que las evaluaciones se hicieran públicas, la SEP aplicaba —en total secrecía — unos exámenes llamados Estándares Nacionales de Lectura y Matemáticas. Los resultados se expresaban en una escala de 400 a 800 puntos. Y claro eran secretos. A mí me entregaron los resultados del 2000. El INEE recién creado había publicado los del año 2003 y para mí fue obvio que como los puntajes eran menores a los del año 2000 y caíamos en picada, el director INEE, Felipe Martínez, decidió no compararlos.
Pero para poder probarlo debía entender el tema de la evaluación.
Y tomé clases de psicometría que usa modelos estadísticos para medir habilidades, no solo conocimientos. Considera qué tan difícil es cada pregunta, qué tan bien distingue entre estudiantes con distintos niveles y la probabilidad de que alguien con cierta habilidad responda correctamente.
Es decir: no es “dos más dos son cuatro”. Es mucho más complejo.
Y ahí entendí algo: debía comenzar a traducir “la educación” en un asunto político.
Lo que vino después, como ya dije, merece contarse con calma. Porque lo que ha pasado en los últimos 23 años explica cómo llegamos hasta aquí.
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