Juan Martín Pérez García
SemMéxico, Cd, de México, 29 de abril, 2026.- En los meses reciente escuchamos con dolor varios casos de personas adolescentes y jóvenes vinculados con ataques fatales: CCH Sur, Preparatoria Makarenko y Teotihuacan.
Aun cuando estos hechos no son masivos, es importante hablar del pánico moral adultocéntrico que inunda el ambiente, lo multiplica y lo mitifica. Por la información oficial disponible, estos tres casos comparten un patrón: son personas jóvenes autoidentificadas con comunidades virtuales radicalizadas, con redes familiares y escolares deterioradas y con acceso a armas de fuego. También sabemos que las distintas expresiones de alerta que expresaron meses antes no fueron atendidas por su entorno.
Las respuestas generalistas que escuchamos son típicas de sociedades violentas: “castigo como adultos”, “pena de muerte”, “policías dentro de las escuelas” y “prohibir las redes sociales” las cuales no sólo son inconstitucionales, sino presupuestalmente imposibles de implementar. Sin embargo, la mirada punitiva tiene como principio castigar a los perpetradores finales, sin cambiar el sistema que los genera; es decir, se niegan a reconocer que los entornos digitales son negocios multimillonarios diseñados para el consumo adulto, sus algoritmos buscan más tiempo de interacción intensa, por lo que los contenidos violentos, la desinformación y los discursos de odio son recomendados por el algoritmo de forma automática a todos los usuarios, incluidos niños y adolescentes.
Actualmente, por decisión de los gobiernos del mundo y del comercio digital, todas las personas estamos involucradas en el internet, desde acceder a información cotidiana hasta para realizar trámites oficiales vinculados al goce de nuestros derechos humanos. Precisamente por ello, se desarrolló la Observación General Nº 25 del Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas, estableciendo que los Estados deben garantizar que todos los derechos humanos se respeten en el entorno digital. Exige proteger a niñas, niños y adolescentes de la violencia y la explotación, al tiempo que promueve su acceso seguro a la información, la participación y la expresión, equilibrando protección con empoderamiento infantil en la era tecnológica.
En los entornos digitales se gestas comunidades virtuales muy diversas, pero algunas pueden jugar un papel clave en la radicalización de adolescentes y hombres jóvenes con vulnerabilidades explícitas; en sus búsquedas de entretenimiento, identidad, pertenencia y validación social. En Europa, Inglaterra y Estados Unidos se está investigando la llamada manosfera o machosfera definida como un ecosistema digital de contenidos con mensajes aparentemente inofensivos o provocadores sobre “la crisis de los hombres”, que puede escalar hasta formas abiertas de misoginia, desinformación y odio contra las mujeres. Se ha extendido en distintas plataformas como reditt, 4chan, 8chan, grupos en FB, y especialmente en videos de “influencer polémicos” que se mueven entre las franjas grises de las normas comunitarias de las plataformas, para no ser expulsados. En todas las plataformas circulan memes, iconografía, stickers y palabras clave que muestran su infiltración en las conversaciones cotidianas y en los medios de comunicación masiva.
Su eficacia está en la trampa emocional. No inventa desde cero el sufrimiento de muchos adolescentes y hombres jóvenes: nombran su soledad, ansiedad, frustración afectiva, miedo al rechazo, precariedad económica y sensación de no encajar. Pero, en lugar de acompañar esa frustración con herramientas de salud mental, servicios públicos, fortalecer los vínculos de apoyo; les ofrece una explicación engañosa: que el problema son los avances de las mujeres, el feminismo, la igualdad o una supuesta pérdida de “la energía masculina”.
La machosfera no cura el dolor masculino
En su versión más “presentable” en redes sociales, congresos internacionales y charlas ted, la machosfera usa posverdad y desinformación: frases simples, datos descontextualizados, seudociencia biologisista, testimonios individuales convertidos en generalización y un lenguaje de autoayuda que parece compasivo, pero reorganiza el miedo en clave de agravio masculino. En su versión más brutal, legitiman la humillación de las mujeres, las violaciones y feminicidios en su fantasía de castigo disciplinante desde la idea de que “se lo merecen” porque ellas son culpables del dolor masculino. Son los llamados incels, donde la presunta frustración sexual y afectiva se convierte en ideología misógina, con frecuencia vinculada a la ultra derecha, el militarismo y supremacistas blancos con motivación de feminicidios y ataques como restauración de la dominación masculina.
Frente a esto, el Estado mexicano y la ciudadanía no pueden quedar en silencio. La Constitución obliga a todas las autoridades a promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos y a prevenir, investigar, sancionar y reparar todas las violencias machistas contra las mujeres. Necesitamos inversión pública en programas focalizados en adolescentes y hombres jóvenes, con crianza positiva, corresponsabilidad y desmontar las tradiciones machistas. Especialmente con adolescentes se necesitan espacios de escucha, educación sexoafectiva, y escucha en espacios de hombres para trabajar las violencias machistas. Aún estamos a tiempo.
Juan Martín Pérez García, publicado en Voces en Conexión. Psicólogo por la ENEPZ-UNAM, actualmente es Coordinador de Tejiendo Redes Infancia en América Latina y el Caribe, donde acompaña procesos de incidencia política y fortalecimiento de organizaciones sociales en 19 países. Defensor de derechos humanos, especialmente de las infancias y poblaciones callejeras. Formador, conferencista, consultor internacional y referente experto sobre derechos humanos en medios de comunicación nacionales e internacionales; autor de diversas publicaciones en diarios, revistas universitarias y obras colectivas. Sus aportes le han permitido recibir premios y reconocimientos de la UNAM, Secretaría de Salud – CONASIDA y la Reina Sofía de España, entre otros. Fue director ejecutivo de REDIM Red por los derechos de la infancia en México, así como representante de sociedad civil en el SIPINNA del cual ahora es integrante de su Consejo Consultivo. También fue integrante del Consejo Nacional Ciudadano del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas del 2017-2021.



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