- Gaslighting, love bombing o zombieing, nombran formas de manipulación afectiva vinculadas al uso intensivo de redes sociales
- Expresiones contemporáneas se inscriben en las lógicas tradicionales de la violencia de género
Dixie Edith
SemMéxico/SEMlac, La Habana, 2 de marzo, 2026.- En los últimos años, el vocabulario cotidiano -sobre todo entre adolescentes y jóvenes- se ha llenado de términos en inglés como gaslighting, love bombing o zombieing, que nombran formas de manipulación afectiva vinculadas al uso intensivo de redes sociales y aplicaciones de citas.
Se trata de prácticas que pueden parecer parte del «juego de la seducción», pero que en realidad refuerzan dinámicas de control emocional, dependencia y abuso psicológico.
De cómo estas expresiones contemporáneas se inscriben en las lógicas tradicionales de la violencia de género y se actualizan en los entornos digitales, SEMlac conversó con la psicóloga Claudia Cancio-Bello Ayes, doctora en ciencias y coordinadora del Centro de Estudios de Bienestar Psicológico «Alfonso Bernal del Riesgo», de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana.
Desde su experiencia profesional, ¿por qué considera que esas prácticas contemporáneas no son fenómenos aislados, sino expresiones de las mismas lógicas de poder que sostienen la violencia de género?
Además del espacio público y el privado, hoy existe un espacio virtual -el de las redes sociales y las interacciones mediadas por pantallas- que luego tiene correlato en el mundo físico, pero donde el vínculo comienza en lo digital.
Conceptos como love bombing, zombieing o gaslighting exponen mecanismos de control en las relaciones. El love bombing se vincula con el amor romantizado y los mitos del amor romántico, que sostienen muchas relaciones de poder y relaciones violentas en este momento.
El zombieing se relaciona con esa violencia que se expresa cuando la otra persona ignora, minimiza, deja de hablar, corta de forma abrupta y luego regresa como si nada hubiera ocurrido. El gaslighting, en tanto, se asocia con la manipulación, la descalificación y la disminución sistemática de la opinión y la percepción de la otra persona.
Son conceptos que surgen o se hacen visibles en el espacio virtual, pero reproducen lo que ya pasaba antes, porque se inscriben dentro de las violencias de género. Ahora aparecen a través de las redes sociales y se evidencian más, sobre todo entre jóvenes universitarios de 18 a 22 años, que son nativos digitales y nacieron en una Cuba donde se abrió el acceso a internet. Estas personas se vinculan desde lo virtual, desde Instagram, desde los reels de quienes les gustan o siguen.
No veo gran diferencia con lo que antes nombrábamos como manipulación, silencios, desacreditación, ignorar a la persona o su punto de vista. Son evidencias de distintas dimensiones de la violencia de género, puestas en conceptos resemantizados en inglés y trasladadas al espacio virtual.
Estos tres conceptos a los que nos estamos refiriendo —love bombing, zombieing y gaslighting— sostienen relaciones desiguales de poder y se montan en el mismo orden de género, solo que visibles en redes sociales y en modos muy particulares de vincularse. Además, revelan una forma de relacionarse mediada por la tecnología y las redes, que reproduce lo tradicional: el machismo, la manipulación, el control.
Quienes estudiamos estos fenómenos debemos mantenernos alertas e indagarlos también en la terapia y en los procesos psicológicos, porque constituyen otra manera de violentar a la persona.
Son formas tan dañinas como las que no dejan marcas físicas: no hablamos de golpes, pero no son violencias sutiles, sobre todo en el caso del gaslighting. Dañan, disminuyen la autovaloración, generan ansiedad y pueden desencadenar trastornos alimentarios, atracones, vómitos y otras consecuencias en la vida de las personas. Incluso, en relaciones de pareja que parecen sanas, se observan hoy estas dinámicas.
En un contexto donde se romantiza la intensidad emocional y la idea de «conquistar todo el tiempo», ¿cómo la cultura de la seducción termina encubriendo prácticas de control emocional?
Uno de los mitos del amor romántico que relaciono con el love bombing es precisamente ese amor idealizado, de alta intensidad, que se presenta como «somos para toda la vida» o «somos el gran amor». La idea de conquistar todo el tiempo mediante gestos románticos se conecta con esta lógica.
En ese escenario se encubren prácticas de control emocional. Revisar el teléfono, clonar el WhatsApp o exigir acceso permanente al móvil se presentan como pruebas de amor o fidelidad. Que la pareja pueda ver todo lo que el otro hace en el dispositivo se interpreta como garantía de sinceridad y compromiso, cuando en realidad son mecanismos de control.
A medida que el móvil, WhatsApp, Facebook, Instagram o Messenger se vuelven herramientas de trabajo y creación de contenidos -en el caso de jóvenes que son community managers o creadores-, se consolida una cultura del control desde las redes sociales.
¿Cómo se manifiestan hoy prácticas como la vigilancia digital, el control de contraseñas o la exigencia de disponibilidad permanente dentro de las relaciones de pareja, especialmente entre jóvenes?
En la consulta vemos mujeres que revisan de manera constante el WhatsApp de sus parejas y encuentran fotos de otras mujeres desnudas, múltiples interacciones y formas diversas de vínculo con ellas. Esto muestra que el contexto digital también reproduce desigualdades y relaciones de poder, al igual que otros espacios.
Se trata de una privación de la intimidad de la otra persona. También atendemos casos de personas que clonan el WhatsApp de sus parejas, como muestra de amor, para asegurarse de que no hay infidelidad.
Las prácticas de vigilancia y control se manifiestan, por ejemplo, en la exigencia de compartir contraseñas. Hay parejas que consideran obligatorio saberse las claves del otro o autorizarse mutuamente a enviar mensajes desde el móvil ajeno. Esto supone una privación de la intimidad, porque hoy los teléfonos, laptops y otros dispositivos concentran la vida y el trabajo de una persona.
Una conversación sencilla con un amigo puede transformarse en un problema de pareja, cuando se vigila de manera permanente lo que ocurre en el teléfono o en las redes sociales.
Las violencias digitales no son ajenas a las prácticas actuales de la violencia de género; constituyen otra forma en que esta se expresa. Si en el futuro aparecen otras maneras de vincularse o nuevos dispositivos -como ocurre ahora con las inteligencias artificiales-, mientras exista un orden de género desigual, estas tecnologías también pueden convertirse en escenarios donde se reproduzcan estereotipos y violencias.
¿Qué impactos tienen estas prácticas en la autoestima, la seguridad emocional y en la forma en que las jóvenes construyen sus expectativas sobre lo que consideran una relación «normal» o «sana»?
Los mitos del amor romántico y de la violencia de género se siguen reproduciendo mediante estas prácticas y muchos contenidos en redes sociales. Es cierto que existen creadores de contenido que trabajan con sentido crítico, pero también hay abundantes mensajes que discriminan o refuerzan ideas dañinas.
En redes se repiten narrativas como la de las «dos mitades de la naranja» que deben complementarse para toda la vida, o la idea de que solo ciertos perfiles -por ejemplo, personas con enfermedades psiquiátricas o alcohólicas- hacen daño. De este modo se refuerzan mitos y, con ellos, la violencia.
El impacto en la autoestima y la seguridad emocional de las y los jóvenes está relacionado con los estándares que se proponen como ideales. Si lo que quieren cumplir es lo que muestran las redes y no logran alcanzarlo, la autoestima disminuye.
Hay un daño en la autovaloración que afecta la seguridad emocional, sobre todo cuando no se llega al modelo de relación considerado «adecuado», o cuando la persona que acompaña no toma en cuenta su punto de vista.
Muchas parejas influencers se presentan como relaciones perfectas, sin conflictos visibles. Esto lleva a idealizar el vínculo y a construir expectativas que, en la práctica, resultan inalcanzables.
Hoy existen líderes de opinión que no son solo artistas, cantantes o deportistas, sino también personas con vidas aparentemente tradicionales, como amas de casa jóvenes que muestran relaciones de pareja que marcan qué se debe cumplir. Cuando quienes siguen esos contenidos no logran tener pareja, o su relación no se parece a ese ideal, se afectan la autovaloración y la seguridad emocional y aumentan la inseguridad, la baja autoestima, la depresión y la ansiedad.
Sin embargo, no todo es negativo. Si las personas seleccionan qué contenidos ven, a qué influencers siguen y qué buscan en redes, y si dejan de ser espectadores poco críticos, pueden aprender y fortalecer recursos personales. Un consumo crítico de redes sociales permite identificar lo que no está bien para cada quien y pensar desde otras perspectivas.
Quienes cuentan con suficiente autovaloración, autoestima y capacidad de decir que no, con fortaleza para transformar, pueden relacionarse de forma distinta con las redes y con las manifestaciones de violencia.
SEM-SEMlac/de



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