Claudia Corichi
SemMéxico, Ciudad de México, 22 de mayo, 2026.- La semana pasada atestiguamos un encuentro largamente esperado: la reunión bilateral entre las dos potencias económicas representadas por sus emblemáticos presidentes, Donald Trump, de Estados Unidos y Xi Jinping, de la República Popular China.
La cumbre es histórica pues articula posturas económicas y políticas que parecían teórica e históricamente irreconciliables (capitalismo-comunismo, liberalismo-proteccionismo, democracia-autoritarismo) y reconoce el poder que cada uno representa.
Se estima que Estados Unidos sea la economía mundial más grande en 2026, con un Producto Interno Bruto cercano a los 31.8 billones de dólares, mientras que China alcanzaría los 20.7 billones de dólares, aunque en la escala de Paridad del Poder Adquisitivo por Persona los lugares se invierten. Estas cifras favorecen la económica estadounidense, sin menoscabo de la creciente disputa por la influencia global, consciente del sostenido crecimiento de la deuda billonaria de EUA y la aceptación de yuanes para la compra de petróleo, en detrimento del petrodólar.
A 10 años de la última visita de un mandatario estadounidense a Beijing, ha cambiado la narrativa internacional completamente. Cargada de simbolismo y cordialidad, dejó el diálogo entre pares, aunque sin pactos concretos más allá del anuncio de Trump de recibir a Xi en Washington el próximo 24 de septiembre.
Por supuesto que temas como el conflicto en Irán y en particular el flujo de petróleo por el Estrecho de Ormuz, estuvieron sobre la mesa. Además, como resultado de este nuevo entendimiento, poco o nada queda de las señales que en 2022 llevó Nancy Pelosi a Taiwán, cuando realizó una visita oficial como Presidenta de la Cámara de Representantes.
Pero las señales no solo vienen de Estados Unidos, a 4 días de la visita de Trump, Putin aparece en escena con su visita oficial anual a Beijing, que sigue la inercia de la última etapa de la relación sino-rusa reforzada desde antes del inicio del conflicto en Ucrania. La relación de interdependencia les ha permitido a ambos mandatarios grandes acuerdos, convenios y proyectos como el gasoducto Power of Siberia 2 que redirigiría a China parte del suministro de gas que Rusia lleva a Europa y que se comentará en la cumbre de este miércoles.
Señalo que más allá de los discursos, de indicadores económicos y posturas geopolíticas, hay otra lectura necesaria: la ausencia de mujeres. Aunque los liderazgos de Trump, Putin y Xi responden a contextos distintos, estos proyectan estilos de gobiernos marcadamente autoritarios y centrados en figuras masculinas dominantes. En Estados Unidos, con mayor presencia femenina en puestos estratégicos, en los últimos años se ha deteriorado su protagonismo, mientras el Kremlin cuenta con mujeres en puestos de decisión económica y política, pero sigue reprimiendo el activismo feminista. Ninguna mujer ha formado parte del Comité Permanente del Politburó chino.
En este panorama, el fortalecimiento de China cae como un punto medio global, entre dos polos en disputa que no han parado de confrontarse a través de sus injerencias en otros territorios. Este hecho no es fortuito, corresponde al posicionamiento económico, tecnológico y ahora político de China que siendo una civilización que se mantiene desde la Antigüedad, y se posiciona entre gigantes, está moviendo intereses y disputando su papel en el paradigma internacional planteando convenientemente un espacio alterno que se perfila para establecer sus reglas en un nuevo orden mundial.



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