Bellas y airosas | Mi papá, un buen hombre

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Elvira Hernández Carballido

SemMéxico, Cd. de México, 17 de junio, 2026.-Alejandro Hernández Toro es mi papá, un hombre al que he amado desde que nací, quien ha logrado con su forma de ser -cariñoso, solidario, respetuoso, machín, obsesionado con el cine, americanista por siempre y cómplice eterno- que yo tenga la certeza de que los seres humanos del sexo masculino no todos son enemigos, ni horribles o nada confiables. Tuve la suerte de vivir con un buen hombre.

Nació en la colonia Algarín de la ciudad de México. Su padre fue Santos Hernández, ebanista de fino estilo y cuyo tono español -olé- se quedó grabado en mi mente. Mi abuela Isabel fue severa con sus cinco hijos, mi papá fue el menor, pero les heredó la pasión por la lectura. 

No fue un chico ideal, repitió varios grados en la primaria, un as en el billar, peleaba con estilo de gran boxeador, fue un pachuco que bailaba mambo y se escapaba cada tarde para entrar al cine soñando ser Tarzan o Pedro Infante. 

Se “juntó” con mi mamá siendo él muy joven, se casaron por el civil en el año que yo nací (1962) y mi hermano Ernesto junto con mis tres hermanas los aclamamos cuando se casaron por la iglesia en octubre de 1968. 

Fue el mejor vendedor en Sears y brilló en las editoriales donde promocionaba infinidad de libros. Un día, sin que él me viera, lo vi convenciendo a unas personas de comprar varios textos en la Feria del Libro del Palacio Minería. Me conmoví mucho al verlo tan seguro y apasionado. Aunque lo primero que recuerdo de él son esas mañanas que le daban un día de descanso entre semana y se ponía a lavar los trastes, que por cierto dejaba oliendo a su loción. En mi casa siempre hubo música, desde la Sonora Santanera con su clásico Bómboro Quiñá Quiñá, hasta las voces inolvidables de Javier Solís, o las clases de chachachá con la maravillosa Orquesta Aragón.

Su clásico gesto de cariño al apretarnos la mejilla a mis hermanas y a mí significaba sentirte amada todo el día. Si algo le daba rabia, golpeaba la pared donde dejaba marcada la fuerza de su puño. Jamás le ha dado vergüenza llorar frente a nosotras, dice que con el paso del tiempo se ha vuelto más llorón. 

Nos motivó a jugar futbol y también gracias a él aprendí sobre box, futbol americano, beisbol y hasta luchas. Motivó nuestro gusto por la lectura al comprarnos historietas como Los Supersabios, La familia Burrón o Lágrimas, Risas y Amor. Nos llevaba al estadio y le daba risa cuando insultábamos al árbitro. Compraba dulces para que lo acompañáramos a ver a Mantequilla Nápoles o el Púas Olivares enfrentar a sus rivales en ring. 

Pocas veces tuvo que regañarme y cuando fue necesario hablaba seriamente conmigo en mi habitación. No era tan explosivo como mi mamá que sí usaba su chancla poderosa, más bien ante esas reacciones maternas era muy solidario y nos tranquilizaba con sus bromas o un guiño de ojo. 

Lloró orgulloso y conmovido en cada examen profesional que presenté para convertirme en licenciada, maestra y doctora. Fue y sigue siendo el mejor amigo de mi hijo a quien cuidó desde bebé, jugaban como dos niños, recuerdo un día que los encontré debajo de la mesa del comedor porque se escondía de los dinosaurios. Ahora conversan con total confianza y se recomiendas películas o libros. 

Por solidaridad leyó revista Fem el suplemento DobleJornada, me preguntaba cuestiones del feminismo que no entendía, pero jamás se asustó o criticó mi postura o mi manera de vivir oscilando entre profesionista-mujer-madre-profesora-escritora. Le encanta presumir mis libros y no paró de llorar después de leer La Llanera Loquitaria. 

La relación de mi madre con él fue como todos los matrimonios (buena-rara-rutinaria-esplendorosa-desgastante-), aunque yo siempre estuve más veces del lado paterno, quizá porque en cierta manera me ha consentido un poquito más que a mis hermanas. 

El día que murió mi mamá lo encontré sentado a un lado del ataúd, como si la cuidara o estuviera tomado de su mano como les gustaba pasear cada vez que salían, me dijo que tenía miedo de estar solo, que se arrepentía de algunas cosas, pero valoraba muchas más. Yo espero seguir disfrutando de su presencia, de su amor y sus charlas donde siempre será ese héroe que busca la admiración de sus hijas.

Gracias a él conozco mucho sobre el cine mexicano, me encantan las historietas, conocí a Mafalda y me guío por la filosofía de esa monita que él bien aseguró se parece mucho a mí. 

¡Feliz día del padre, papá!

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Homenaje a las Costureras del 19 de septiembre, 1985.



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