Elvira Hernández Carballido
SemMéxico, Pachuca, 10 de junio, 2026.- Una niña encontró en la escritura el mejor consuelo ante una guerra cruel e inhumana posiblemente sin imaginar que su testimonio se haría inmortal. Ana Frank, nacida el 12 de junio de 1929, vivió solamente 16 años, qué tiempo tan corto, pero sus palabras se quedaron para siempre en nuestros corazones. Sus palabras impresas siguen tan actuales:
“A pesar de todo, sigo creyendo que la gente es realmente buena en el fondo. Veo cómo el mundo se va convirtiendo poco a poco en un desierto, oigo cada vez más fuerte el trueno que se avecina y que nos matará, comparto el dolor de millones de personas… y, sin embargo, cuando me pongo a mirar el cielo, pienso que todo cambiará para bien, que esa crueldad también se acabará.”
Su diario muestra la vida cotidiana en los tiempos en que mucha gente tenía que esconderse de los nazis y huir de sus atrocidades. La familia de Ana fue una de las tantas víctimas del holocausto.
Cuando la pequeña cumplió 13 años recibió de parte de su papá un regalo. Seguramente, el hombre recordó cuando, en una ocasión que caminaban por la calle, la pequeña le había señalado con ilusión detrás de una vitrina un diario. Desde ese momento, ella comenzó a llenar sus primeras páginas para compartir la vida en familia, su manera de ser y su forma de vivir. También escribió cuentos y le encantaba copiar frases de otros autores, ejercicio que seguramente le sirvió para fortalecer un estilo y la vocación latente de escritora.
Cada día de ese periodo (1939-1945) la crueldad nazi tomó una fuerza incontrolable, la familia Frank decidió esconderse para evitar ser asesinada o llevada a un campo de concentración. Fue así como durante dos años estuvieron escondidos en un anexo secreto a la fábrica de su padre en Ámsterdam, Prinsengracht 263, llamada la casa de atrás. Hoy un museo.
No solamente fue el encierro lo difícil sino las condiciones en que lo vivieron, siempre con el enorme miedo de ser descubiertos, por ello procuraban hacer el menor ruido posible, pendientes de no ser descubiertos. La escritora Rosario Castellanos justificaba su amor a la escritura por algunas circuntancias de su infancia donde se le pedía no correr, no brincar, no moverse, entonces se preguntaba y respondía: ¿Qué puede hacer alguien así? Escribir. Y Ana escribió.
Si bien, el destino de un diario es mantener cautivos los pensamientos y perspectivas personales, cuando el padre de Ana encontró ese pequeño cuaderno de cuadros rojos, decidió que las palabras de su hija no debían morir como ella, reconoció no solamente la calidad literaria sino su gran valor histórico. Fue así como hasta hoy lo hemos leídos miles de personas, a veces con el corazón en las manos, con lágrimas solidarias, gestos de sorpresa y absoluta empatía.
La pequeña comprende lo que pasa en el mundo adulto, sin buscar explicaciones o justificaciones muestra con detalle el paso de los días, es admirable la certeza de lo que se vive y de su significado.
Dirigiéndose a una querida Kitty, amiga que ya no pudo tener por ese encierro y que quizá imaginaba podía formar parte de las niñas que sí podían correr libres por la calle como ella ya no podía hacerlo, Ana le narra lo que ve y siente, lo que desea y aguarda, pese al miedo la esperanza no deja de estar latente: “Mientras exista esto, este sol y este cielo despejado, y mientras pueda disfrutarlo, ¿cómo podría estar triste?”.
Ana compartía de manera constante que la escritura le permitía olvidarse del dolor que su alma sentía, su amor y fe están latentes en cada página, posiblemente por ello el libro sigue siendo leído, recomendado y que como magia va madurando con el paso del tiempo según el momento y la edad que tenemos al volverlo a leer. Ana Frank ha crecido a través de nosotras.
Podría seguir durante horas hablando de la miseria acarreada por la guerra, pero eso me desalienta de más en más. No nos queda más que aguantar y esperar el término de estas desgracias. Judíos y cristianos esperan, el mundo entero espera, y muchos esperan la muerte.



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