10 de junio no se olvida
Moisés Sánchez Limón
SemMéxico, 11 de junio, 2020.- Llegaste antes del mediodía al CCH
Naucalpan. Los compañeros andaban en los preparativos para ir a la marcha.
Por ahí Daniel Benítez Gordillo, Joaquín Ulloa Ponce, Jorge Tamayo y
su tocayo Jorge Cázares, David Tarango, Patricia Chaires y María Eugenia Gómez
Ríos, entre otros compañeros cecehacheros en esos días de natural rebeldía,
contestatarios, marxistas con El Capital bajo el brazo pero rockeros de hueso
colorado.
Había tensa calma, aquel jueves de Corpus, 10 de junio de 1971. En el
Metro más vigilancia de la normal. Desde la estación Moctezuma y luego el
transbordo en Pino Suárez hasta la terminal Tacuba, no había muchos usuarios;
no tantos entonces como en estos tiempos de explosión demográfica desmesurada
que atiborra al transporte público.
La convocatoria había sido expresada en pintas en los camiones, en
bardas y en el volanteó elemental, de voz en voz. Y te anotaste con los
compañeros para llegar puntuales a las cuatro de la tarde al Casco de Santo
Tomás. Un camión de la ruta Tacuba-Los Remedios-Armas desvió su ruta y se
encaminó hacia la calzada México Tacuba, por ahí de las dos y media de la
tarde, azuzado su chofer por los muchachos que lanzaban consignas.
¡Presos políticos libertad! ¡Autonomía, autonomía!, porque la marcha
anunciada del Casco de Santo Tomás a la Glorieta de El Caballito, entonces
instalada en la confluencia del Paseo de la Reforma, Avenida Juárez y la calle
de Rosales, que luego se convertía en Bucareli, tenía como fundamento la
exigencia de libertad de los presos políticos que permanecían desde el 68 y
otros que la represión gubernamental apañó in fraganti, varios de ellos ya como
miembros de la guerrilla urbana.
Además, parte central, la defensa de la autonomía universitaria en el
estado de Nuevo León, en específico en Monterrey, donde las movilizaciones
estudiantiles rechazaban la renuncia del gobernador Eduardo Elizondo Lozano, relevado
en el cargo por el diputado Luis Marcelino Farías, de profesión locutor.
Tu tía trabajó con este gobernador y lo respetaba; tú no lo conocías,
pero en las consignas igual protestabas junto con los cecehacheros por su
imposición, porque con ello el presidente Luis Echeverría Álvarez pretendía
acallar protestas. Un regiomontano en una solución político mediática,
como luego otro regiomontano, el entonces regente, jefe del Departamento del
Distrito Federal de esos años, Alfonso Martínez Domínguez, fue renunciado por
Echeverría para pagar los platos rotas, la matanza de estudiantes ese Jueves de
Corpus.
Pero qué diablos ibas a saber de política de las ligas mayores en esos
días de adrenalina porque ir a una manifestación no era enchílame esta gorda,
porque las manifestaciones estaban prohibidas; había que pedir permiso para
marchar y la regencia negó la autorización para la marcha, además tenía el
operativo aceitado para reprimir.
¿Derechos humanos? Granaderos, soldados, halcones, agentes de la
Policía Judicial y del llamado Servicio Secreto, estaban prestos para madrear
estudiantes, matar si era necesario. Reprimir, reprimir. Y tú ibas con la banda
del CCH Naucalpan, chavas y chavos, alumnos predilectos de los jóvenes maestros
que eran pasantes o recién titulados de las diferentes carreras impartidas en
la UNAM.
Lo mismo Manuel Topeka que Miriam, él maestro de Textos Clásicos, ella
de matemáticas y, como el resto de sus colegas, politizados y sugerentes del
“Dos de Octubre no se olvida”. Entonces, tú y la banda del tercer turno, con la
participación de otros del segundo turno, los del cuarto poco participaban
porque la mayoría trabajaba.
¡Vaaaamonos al Casco! Fue el grito que urgió a la toma de autobuses de
la México-Huixquilucan; los choferes no repelaban, se habían acostumbrado, en
los pocos meses de funcionamiento del Plantel Naucalpan del Colegio de Ciencias
y Humanidades, a transportar a la chaviza hasta a los partidos de futbol
americano en el estadio México 68 en Ciudad Universitaria.
¡Vámonos al Casco! Y entre bromas y la seriedad de la demanda ¡presos
políticos, libertad! Con la defensa de la autonomía universitaria en Monterrey,
porque era advertencia para la UNAM, enjundioso te sumaste con Patricia Chaires
y creo también Mercedes Carpio y Ana María Sánchez Lujano y Cristina y María
Eugenia y Ulloa y Croker y Daniel Benítez al enorme contingente que se
congregaba afuera de una de las escuelas del Casco de Santo Tomás, campus del
Instituto Politécnico Nacional.
Alguien te dijo que terminaras de pintar la enorme manta con el
estilizado rostro del Ché Guevara, con brochazos de rojo y negro la concluiste
y los responsables la enhiestaron y te dieron tu brazalete rojo, que
identificaba a los responsables de guardar el orden. También te entregaron un
paquete con propaganda.
Y comenzó la marcha, pero a los pocos minutos se detuvo. ¡Compañeros,
compañeros! ¡Calma, calma! ¡No caigan en provocaciones! ¡No caigan en
provocaciones! Y se corría la voz a lo largo de la enorme columna colmada de
estudiantes.
¡Prohibieron la marcha! ¡Quieren que nos dispersemos! Y oteabas al
frente y veías cómo se agitaban las mantas y la adrenalina te punzaba en las
sienes y te sudaban las manos pero junto con los muchachos y las muchachas que
ya no eran de tu grupo, aguantabas el nervio y esperabas la orden que llegara
del frente.
Pero, de la cabeza de la manifestación llegó la escena de la refriega
frontal.
Jóvenes de evidente clase proletaria, armados con varas de kendo y
pistola en ristre, unos incluso con metralletas, atacaron a la columna y
comenzaron a caer estudiantes. Desde las azoteas contiguas a la avenida de los
Maestros, en las calles que daban hacia Instituto Técnico que al norte se
transformaba en Río Consulado, y por la avenida de San Cosme frente al
Cine Cosmos, rumbo a la avenida México-Tacuba, salían esos halcones y otros
jóvenes identificados como integrantes del Movimiento Universitario de
Renovadora Orientación (MURO), estudiantes de la ultraderecha infiltrada en la
UNAM. Los viste actuar un año antes en la Prepa 9, cuando expulsaron al
director porque no les caía bien.
Y la refriega te lleva al edificio principal de la Escuela Normal de
Maestros, la torre insignia y en el camino cayó a tu lado uno de tus colegas de
orden; un balazo en la pierna y la orden que te dio: ¡corre, corre! Y corriste
y te refugiaste con otros estudiantes en los baños de la torre, una ratonera
que abandonaron de inmediato. La adrenalina les había dado tanta fuerza para
tirar la enorme reja que resguardaba el acceso a la escuela, pero urgía una
salida de escape.
Aparece, entonces, la señora cuya imagen te ha acompañado desde
aquella tarde del Jueves de Corpus. Recuerdas que llevaba rebozo y recuerdas
más sus palabras:
–Muchachos, váyanse porque vienen los soldados y los van a matar.
–¿Por dónde, todo está cercado? — le dijiste.
Ella señaló hacia un portón al poniente del enorme patio de la Escuela
Normal. Y junto con varios colegas llegas al lugar y te sorprende que el portón
esté abierto. Y más sorprende que cruzando la avenida, contra esquina del
Colegio Militar pasa un camión de pasajeros.
–Muchachos, tiéndanse en el piso. Nos vamos a parar encima de ustedes
para que no los vean–, dice uno de los pasajeros, de corbata y traje. Y el
resto de los pasajeros apoya la propuesta y tú, junto con otros muchachos y
muchachas viajan bajo los pies de estos ciudadanos que arriesgan el pellejo.
La adrenalina. Y el camión se detiene de pronto y bajas con la camisa
pegada a la piel y el miedo pintado en el rostro. Esquina de Paseo de la
Reforma y Bucareli, esquina del diario Excélsior y contra esquina de El
Universal. Tres años después llegarías como suplente a El Universal Gráfico.
Diez de junio no se olvida. Conste.
*Esta crónica fue publicada hace cuatro años. En el camino han quedado entrañables amigos y amigas, compañeros
y compañeras del CCH y de la prepa 9 y de la FCPyS. Se adelantaron mis amigos
Daniel Benítez Gordillo y David Tarango. La banda estudiantil anda dispersa;
aquellos jóvenes y “jóvenas” estudiantes de greña larga y a la Hendrix -¿o no,
maestro Paco Canalizo?-, pantalones de campana y pretina de torero –Óscar
Segura, Germán Barrón, Alfredo Pantoja y El Bueno, exponente de la moda
Topeka– desmadrosos de toque y rol, la máxima que cita Jorge Cázares
felizmente matrimoniado con Vicky, hoy padres y madres que abuelean y presumen
a los nietos, pavorreales salvajes de sus hijos adultos en estos que son otros
tiempos.
Usted disculpe, hoy es mi recapitulación de los días idos; el
inquilino de Palacio no es mi tema ni su gabinetazo ni sus ocurrencias. Hoy
escribo que he sido privilegiado militante de la generación sándwich que abrevó
de las vacas sagradas del periodismo y ha sido testigo del México cambiante y
cómo una generación irrumpe sin rubor y ayuna de memoria en este oficio que me
ha dado la posibilidad de ser amigo y colega, compañero de andanzas y
coberturas que son historia.
Diez de junio no se olvida. A la salud de quienes –como mi amada Yaz–
agarraron camino en el fin de su tiempo y de aquellos que cabalgan en cansinos
jamelgos que escriben líneas de Quijotes de hechura de suyo especial que el
tiempo es juego de niños y aún se comen el mundo a puños. Digo.
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