Por: Rita Laura Segato
SemMéxico/Lobo Suelto. 24 de abril 2020.- Han circulado en
estos días un número significativo de textos, muchos de ellos escritos por
autores influyentes. Ellos intentan dar cuenta de dos aspectos distintos de la
pandemia que nos aflige. Un grupo hace apuestas a lo que puede haber sido el
origen del virus, dividiéndose entre aquéllas que adhieren a la teoría del
complot y las otras que, sin necesariamente saberlo, dan continuidad a lo que
ya Marx llamaba “ruptura metabólica” o desequilibrio de la relación entre los
seres humanos con la naturaleza.
Me ocuparé aquí del otro conjuntos de interpretaciones, que
dicen respecto al significado y uso a futuro de la pandemia. Cada uno de
ellos se deriva y tiene como presupuesto
un proyecto político y un sistema de valores que defiende.
Por mi parte, veo el covid-19 como Ernesto Laclau vio a la
figura de Perón en la política argentina: un “significante vacío”, al que
diversos proyectos políticos le tendieron su red discursiva. También lo veo
como un evento que da origen a un “efecto Rashomon”, evocando aquí la forma en
que en las Ciencias Sociales se ha usado el tema del clásico film de Kurosawa:
un mismo crimen relatado desde cuatro perspectivas de interés diferentes. Pero
sobre todo lo veo como una situación de lo que Lacan llamó “irrupción de lo
real” -el imaginario que atrapa nuestra visión del mundo o grilla a través de
la cual filtramos las entidades que formarán parte de nuestra percepción es una
fina tela que nos envuelve. Más allá de
ella se encuentra lo “real”, para usar el término de Lacan: la
naturaleza tal cual sea, incluyendo nuestra propia naturaleza.
El virus no es otra cosa que justamente un evento del
desdoblamiento de este otro plano, la Historia Natural, la marcha azarosa de la
naturaleza, sus desdoblamientos contingentes, su deriva. Organismos se
consolidan, duran y desaparecen. Nuestra especie seguirá ese destino incierto
también o, con suerte improbable, tendrá la longevidad de la cucaracha –aunque
será difícil, porque la cucaracha se caracteriza por necesitar de poco. Es
importante acatar la idea de que, aun si este virus fuese un resultado de la
manipulación humana en laboratorio o, como ciertamente es, una consecuencia de
la forma abusiva en que la especie ha tratado su medio ambiente, igualmente y
de todas formas se trataría de un evento de la naturaleza. ¿Por qué? Porque
nosotros somos parte de esa misma naturaleza y, aun cuando capaces, como
especie, de manipular microorganismos y provocar el advenimiento de una nueva
era como es el Antropoceno, tenemos allí nuestro lugar, somos parte de esas
escena que llamamos “naturaleza”. Nuestra interacción bioquímica pertenece y
juega un rol en una escena toda ella interior al gran nido que habitamos, aun
cuando el pensamiento occidental haya presionado para retirarnos de esa
posición contenida, interdependiente y dependiente. Pensarlo así no nos resulta
fácil, porque estamos dentro de la lógica cartesiana de sujeto-objeto, de cabeza-cuerpo,
de mente-res extensa. La cosificación y externalización de la vida es nuestro
mal.
Al hacer esa maniobra,
el pensamiento occidental cancelaba dos molestias. Una de ellas es la
temporalidad de la vida, con su inherente descontrol y el límite que interpone
al intento de administrarlo. El tiempo, que no es otra cosa que el tiempo de
los organismos, de la propia Tierra como gran organismo, y de la propia especie
como parte de ese gran útero terrestre, desafía la omnipotencia de Occidente,
su obsesión por administrar los eventos, lo que he llamado en otra parte su
neurosis de control. La otra obsesión del pensamiento colonial-moderno,
occidental, es la de colocarnos, como
especie, en la posición de omnipotencia de quien sabe y puede manipular la
vida, la maniobra cartesiana de formular la res-extensa, la vida cosa, y catapultarnos hacia fuera de la misma. Por
eso, frente a esta pandemia, tenemos la oportunidad de salvarnos cognitivamente
de esta trampa y conseguir entender que, mismo aunque sea el efecto de nuestra
interferencia, el virus que nos está enfermando es, de todas maneras, un evento
natural, de ese acontecer sinuoso e imprevisible que es el tiempo. Y lo es
porque resulta de una interacción dentro del reino de la naturaleza, de cuya
escena somos parte. El salto de un virus del animal al humano debe leerse de
esta forma, que nos recoloca en esta posición de ser parte del mundo natural
con sus azares, que muchas veces creemos dominados. Toda una disponibilidad
distinta para la vida y para lo inevitable de la muerte surge de una
consciencia que acepta ser parte
subordinada al orden natural. La exterioridad cartesiana, lejos de ser
universal, lleva a un vicio de lectura propio de Occidente y tiene consecuencias.
El otro gran tema es el del futuro, vinculado también a la
dimensión anárquica del tiempo. Las tres imágenes de que hablo me permiten
aventurar que un gran desconcierto ha sobrevenido en el mundo frente a esta
rara plaga de conducta arcaica. Frente a
este desconcierto, las tres imágenes que le atribuyo: la ausencia de un
significado e intencionalidad propia, su provocación Rashomon y su realidad radical e independiente de
nuestras apuestas me permiten hablar de una batalla a futuro por la imposición de un orden a ese
desconcierto. Y toda apuesta teleológica esconde un discurso de supremacía
moral y todo discurso de supremacía moral tiene una vocación autoritaria. Quién
tendrá entonces la permisión de narrarlo a futuro, para usar la expresión de
Edward Said, o quién detentará el derecho a narrar, usando aquí las palabras de
Homi Bhabha? Entonces esas tres figuras teóricas nos permiten prever que se
dará una batalla para decidir qué red de significaciones, qué discursos y qué
relatos serán capaces de atrapar el evento que nos desafía, para instalar así
las políticas que darán forma al mundo en el después. Sin embargo, como ya he
argumentado, la única utopía que ha sobrevivido a los sucesivos fracasos
“revolucionarios” en su intento de reorientar el camino de los pueblos es la
absoluta imprevisibilidad del futuro: nunca sabemos hacia dónde ni cómo soplará
el viento de la historia. Lo único que nos resta es hacer nuestro papel, en
acuerdo con nuestras convicciones y responsabilidades.
El preanuncio de la contienda en puertas ya lo hemos visto
suceder por estos días, y este texto también, inevitablemente, se incluye.
Muchas mallas de sentido se han tendido para atrapar el tiempo de la
naturaleza. Ya de inicio testimoniamos
la divergencia entre dos grandes analistas, como son Slavoj Zizek e Byung-Chul
Han: utopía y distopía en confrontación, a la par como presagios. A partir de
allí, centenas de atribuciones de significado circularon en muchos textos, pero
el virus las excede en su incerteza y el desconcierto en que ha sumido a la
humanidad. Esto es muy importante considerarlo pues nos lleva hacia la apertura
de la historia, a su imprevisibilidad y a la aceptación de los límites
implacables impuestos a nuestra capacidad de controlarla, ordenarla. El virus
da fe de la vitalidad y constante transformación de la vida, su carácter
irrefrenable. Demuestra la vitalidad de la naturaleza, con nosotros adentro de
ella. Se ha mostrado una realidad que nos excede y supera todo voluntarismo.
Occidente se enfrenta así con lo que constituye la dificultad suprema del mundo
colonial-moderno, porque la meta por excelencia del proyecto histórico
eurocéntrico es la dominación, cosificación y control de la vida. Acorralar y
bloquear todo imprevisto, toda improvisación ha sido su intento y relativo
triunfo progresivo.
Este virus y todos los que le antecedieron y vendrán más
tarde presentan una libertad que hace temblar inclusive más que la misma muerte
a esta propuesta civilizatoria. Una libertad desconocida. Siendo así, la orden
del día solo ha podido ser replegarse para “sacarle el agua al pez”, dejar al
nuevo ser sin hospedero, hasta que su peligrosidad quiera “dar la curva” y, o
surja una vacuna de las manos del papel que representamos en esta gran escena:
la escena ambiental. Lo que sabemos
sirve, pero más que un control indica una “adaptación”, una flexibilidad y maleabilidad de los
comportamientos, y una capacidad de respuesta que forma parte de un mismo
drama, del que somos parte. Gran lección le da este minúsculo ser al Occidente.
Difícil y escamoteado en el discurso de los medios fue el
impacto inicial incontestable del virus, porque su aparición en escena fue
francamente democrática. Atacó en primer lugar y con gran fuerza a las dos más
grandes potencias del mundo, y a la rica confortable Europa. En este mismo
momento está avergonzando a la Big Apple y a todo el mundo así llamado
“desarrollado” al demostrar que carece de lo que parecía tener: seguridad para
su gente y capacidad de cuidado masivo y general para sus habitantes. Atacó a nobles, políticos de alto rango y empresarios
de poderosas corporaciones. Hizo sorprendentes bajas entre las élites
cosmopolitas. Ante el mismísimo lente mediático, le mostró al mundo que, sin
lugar a dudas, todos somos mortales. Se comportó como un migrante al que nadie
le coloca vallas. Llevó al propio Henry Kissinger a hablar del fin de la
hegemonía norteamericana.
Es posible afirmar que, al menos por un tiempo, el virus,
evento de la naturaleza, ha dado una lección democrática. En América Latina,
mientras tanto, es posible adivinar un terror expectante y apenas entredicho,
una verdad pronunciada a medias sobre lo que sabemos puede suceder cuando el
virus finalmente derribe la frontera que blinda la inclusión de la exclusión.
¿Qué sucederá cuando macizamente “cruce
las vías” y haga su entrada, con toda contundencia, incontenible, entre los
pobres? Hasta hoy, en nuestro
continente, debido a la cuarentena, la exclusión penaliza a los que viven
rigurosamente al día por su necesidad del ingreso diario, pero no es en su
cuadrícula que la peste se ha dejado sentir con más fuerza por ahora. ¿Qué
pasará cuando arroye de lleno el espacio de los hacinados? Eso no lo hemos
visto todavía. Aunque quizás quepa aquí una digresión sobre el caso particular
de Guayaquil. He visitado en una ocasión esa ciudad y sus alrededores, y creo
que por su extensa faja portuaria en la que atracan pesqueros pero también
contrabandistas y traficantes es posible decir que allí hay una extensa
población que, siendo pobre, es también cosmopolita. Esa rara conjunción entre
pobreza y cosmopolitismo es lo que creo haber anticipado la llamativa
vulnerabilidad de esa ciudad.
Volviendo a la futurología practicada hasta el momento por
autores notables, los intentos de
captura han sido, hasta el momento, al menos los siguientes:
El virus hará posible derrumbar la ilusión neoliberal y
abandonar la acumulación egoísta, porque sin solidaridad y sin estados
proveedores no nos vamos a salvar. Sin un estado que garantice protección y
entrega de recursos a los que menos tienen, no será posible continuar la vida.
La postura, en este caso es que entenderemos que es necesario colocar la
acumulación a disposición de la gente que la necesita para sobrevivir, y los
gobernantes serán a futuro llevados a desobedecer el precepto fundamental en que
el capitalismo se apoya.
El segundo pronóstico
circulando podría describirse como “agambeniano” y es preanunciado por la
ciencia ficción distópica. Estaríamos ingresando en un laboratorio de
experimentación a gran escala que permitirá espiar a la población mundial con
medios de control digital e inteligencia artificial con nuevas tecnologías
infalibles. Todo será informado sobre cada uno de los vivientes y la amenaza de
un estado de excepción de magnitud
desconocida asolará a la humanidad.
Gobernantes como Trump y Bolsonaro parecen adherir, sin
enunciarlo reflexivamente, a un tercer vaticinio relacionado con lo no dicho
sobre la masacre esperada cuando el virus atraviese la gran frontera con los
cantegriles y favelas. Un subtexto de su discurso y accionar parece asentir al
exterminio de los sobrantes del sistema económico, curvarse a la ley de la
sobrevivencia del más fuerte, del más apto. Una perspectiva neo-malthusiana y
neo-social-darwinista se hace presente aquí, una ideología totalitaria – en la
definición de ideología de Hannah Arendt – cuyos valor afirma que quien no esté
adaptado a la sobrevida en determinadas circunstancias o quien pueda perjudicar el proyecto nacional como
definido por la perspectiva en poder, deberá perecer. El virus, visto desde esa
ideología, se encabalga con la “solución final” característica del
totalitarismo: lo que no sirve, en el sentido de que no presta servicio a un
ideario, no debe vivir. Esta posición,
que es ideológica y responde al proyecto político de un sector de intereses, no
debe ser confundida con un abordaje como el de Alemania, por ejemplo, que
diverge de la estrategia de la cuarentena rigurosa y la extinción del virus
mediante la absoluta restricción de hospederos humanos, y permite la
circulación de personas apostando a la declinación natural de la potencia
infecciosa del virus mediante el aumento de la inmunidad humana. Este último
abordaje no es igual al de la propuesta del neo darwinismo social porque los
estados que la proponen, como Alemania y
Suecia, tienen una mayor oferta de atendimiento y equipamiento médico para
reducir la letalidad del virus. Aún así, ya han surgido dudas sobre la apuesta
en el desarrollo natural de la inmunidad humana, que sin duda pondrá en riesgo
la vida de mucha gente, y los países que han adoptado esta estrategia la están
abandonando.
La cuarta interpretación adhiere a la importancia de un
abordaje bélico y una derivación hacia una actitud fascista. Se entrena así
para actuar sobre la base de la existencia de un enemigo. El frenesí del
enemigo asoma su cabeza. Toda política montada sobre la presunción de la
existencia de un enemigo común tiende necesariamente al fascismo. La enemistad,
el belicismo se convierten en la razón de ser de la política. El virus sirve a
las fuerzas de seguridad para actuar dentro de esa perspectiva y lógicas
punitivas y de exterminio se desatan. Una parte de la población cuyo perfil en
la política y en la ciudadanía tiene esas características se ha encuadrado hoy
en esa lectura de la pandemia. Hay una cantidad de ejemplos de expresión de
animadversión y agresividad extrema contra vecinos que trabajan en hospitales,
sean médicos o enfermeros, contra personas que han llegado del exterior y
contra personas que se encuentran enfermas. El furor y odio hacia toda y
cualquier persona asociada a la plaga cunde entre sectores reaccionarios de la
sociedad, que pretenderán, a futuro, imponer ese orden social frente a lo que
puedan definir como “amenaza pública”: enfermos, migrantes, no-blancos,
delincuentes, inmorales, etc.
La quinta predicción es que, al final, habrá de persuadir e
imponerse a todos la idea de que la Tierra, en cualquiera de los nombres que
recibe, nos habrá demostrado su límite y dejará probado que la explotación
industrial de la naturaleza nos lleva en una dirección suicida. Ricos y pobres,
según los que así piensan, habremos aprendido lo que los pueblos indígenas nos
han repetido tantas veces: “No tenemos la tierra, es Ella quien nos tiene”.
Una sexta postura es la de que el virus vino a imponer una
perspectiva femenina sobre el mundo: reatar los nudos de la vida comunal con su
ley de reciprocidad y ayuda mutua, adentrarse en el “proyecto histórico de los
vínculos” con su meta idiosincrática de felicidad y realización, recuperar la politicidad
de lo doméstico, domesticar la gestión, hacer que administrar sea equivalente a
cuidar y que el cuidado sea su tarea principal. Es a eso que le he llamado en
estos días de un “estado materno”, como distinto a aquel estado patriarcal,
burocrático, distante y colonial del que nuestra historia nos ha acostumbrado a
desconfiar.
Seamos honestos: todas estas apuestas pueden ser
perfectamente convincentes, dependiendo de cuál sea el proyecto histórico al
que se adhiere y cuáles son los intereses que nos representan. Todas son
igualmente interesantes e inteligentes, pero todas son omnipotentes, en el
sentido de que pretenden, de antemano, vencer en la ruleta del tiempo. Todas
adolecen de la neurosis de control del Occidente en su empeño por encuadrar la
historia en un rumbo previsible. Muestran la inculcada incapacidad de estar,
evocando aquí inevitablemente el rescate de la potencia del tiempo en su
fluencia emprendido por nuestro filósofo, Rodolfo Kush, cuando substituyó el
ser heideggeriano por el estar andino.
Problemas que ya existían se muestran exacerbados y se han
vuelto más visibles, han aflorado y rasgado una superficie que antes no les
daba acceso. El proyecto histórico del capital, y su estructura manifiesta en
lo que he llamado “proyecto histórico de las cosas”, como opuesto al “proyecto
histórico de los vínculos”, había vedado con eficiencia la consciencia de la
finitud. Necesitaba colocar la muerte en un planeta distante. Pero hoy tenemos
un gran funeral mediático, son centenas de ataúdes impúdicamente expuestos. Es
posible que esto desvíe nuestro deseo en otra dirección que no la acostumbrada:
¿qué importancia podrían tener las marcas, frente a la presencia de La Muerte
en el vecindario? Mejor pongámonos cómodos. Total….!
Resulta, además, que las plagas siempre son bíblicas,
pedagógicas, aleccionadoras. De repente, es posible preguntarse si el orden
institucional y la usina económica a que respondía no era ficcional, si el
universo que habitábamos no adolecía ya de una precariedad insostenible. Más
que por las muertes que ocasiona, pues decesos, mortandades ya hemos visto
muchos, pero no han parado el mundo, es el desconcierto, descontrol e
imprevisibilidad que la microscópica criatura ha introducido lo que viene a
molestar la credibilidad del sistema. Por ejemplo, ha venido a demostrar que se
puede cambiar la realidad prácticamente “de un plumazo” presidencial. He aquí una pedagogía ciudadana: nada es
inamovible, todo puede ser alterado bastando la voluntad política. En materia
de gestión de la vida, constatamos que es posible transformar el mundo en un
gran laboratorio en el que se realiza un
portentoso experimento. Y eso es lo que
les mueve el piso a los dueños del planeta
Que nadie venga a decirnos ahora que “no es posible ensayar otras
formas de estar en sociedad” u otras formas de administrar la riqueza: se puede
parar la producción y se puede parar el comercio. Estamos presenciando un acto
de desobediencia fenomenal sin poder adivinar cuál será la ruta de salida. El
mundo se ha transformado en el vasto laboratorio donde un experimento parece
ser capaz de reinventar la realidad. Se revela, de repente, que el capital no
es una maquinaria que independe de la voluntad política. Todo lo contrario.
Estamos ahora frente a la evidencia que siempre los dueños de la riqueza y sus
administradores buscaron esconder: la llave de la economía es política, y las
leyes del capital no son las leyes de la naturaleza. Estamos frente a un Estado
de Excepción inusitado y a la inversa, que ha apretado la palanca que suspende
el funcionamiento de la gran usina que confundíamos con el orden divino. Un
pseudo orden divino, una impostura cuya perfecta metáfora es el famoso becerro
de oro bíblico, el falso dios que desorientó al pueblo de Israel en su travesía
a Canaán: una gran plaga sobrevino por colocar un falso dios en el lugar del
verdadero. El capital es el falso dios, la Madre Tierra es el verdadero. Y eso
son los mitos en la gran episteme de la especie: siempre nos pautan la lectura
del presente.
Proteger la vida, cuidar de ella en un aquí y ahora y a como de lugar, en un presente absoluto,
es todo lo que importa. No así los pronósticos y las declaraciones de principio
e intención moral, pues, como he argumentado en otra parte, en esta fase
apocalíptica del capital, el discurso de persuasión moral se ha vuelto inocuo
frente a la pedagogía de la crueldad que ha inoculado nuestros corazones y
consciencias con el antídoto eficacísimo que cancela la percepción empática del
sufrimiento ajeno. Además, las pautas a futuro basadas en una supuesta idea
general del bien son arriesgadas: cualquier falla en la cláusula que hayamos
establecido y la construcción entera se agrietará; cualquier decepción, y nos
parecerá derruirse la estructura que cuidadosamente hayamos edificado. Trabajar
en la predicción es peligroso, pues no tenemos datos claros ni sobre el
presente ni sobre el futuro. No conocemos con precisión lo que nos amenaza. Lo
que importa es aprender a estar, cuidar como se pueda y soportar el suelo en
movimiento debajo de los pies. He sugerido en otra parte que una politicidad en
clave femenina se adapta mejor a este tipo de contingencia en la que salvar la
vida es todo lo que importa.
En más de un texto he presentado al estado como la última
etapa de la historia del patriarcado. He dicho que cuando la tarea política
masculina deja de ser una entre dos tareas políticas, y el espacio donde se
ejecuta deja de ser uno entre dos espacios -el público y el doméstico, cada uno
con su estilo propio de gestión- para convertirse en una esfera pública
englobante y el ágora única de todo discurso que se pretenda dotado de
politicidad, es decir, capaz de impactar en el destino colectivo, en ese momento,
la posición de las mujeres, ahora secuestradas en la cápsula de la familia
nuclear, se desploma a la calidad de margen y resto, expropiada de toda
politicidad. Sin embargo, se me ocurre que el enfoque albertiano, su manera de
hablarnos, es, al menos en esta circunstancia,
una gestión doméstica de la nación. “Materna”, he dicho públicamente,
porque lo materno y lo paterno independen del cuerpo en que se depositan, como
nos ha enseñado desde hace tiempo la útil y vilipendiada categoría “género”,
gran formulación del feminismo que nos ha permitido desencializar,
desbiologizar roles y sexualidades. Alberto nos pide aunarnos, genera una
experiencia infrecuente en nuestro país. Genera comunidad, nos pide que
depongamos la discordia e intentemos reinicializar para enfrentar lo
desconocido, dice que nos va a proteger y que va considerar las necesidades
materiales en su desigualdad. Es por eso que he dicho que parece encarnar un
estado maternal, una gestión doméstica, como una innovación. No puedo dejar de
recordar aquí las dos nociones de patria a que el maravilloso ensayo de Jean
Améry “Cuánta Patria Necesita un Hombre” hace referencia: La patria patriarcal,
bélica, defensiva, amurallada, y la patria maternal, hospitalaria, anfitriona.
Las lenguas nórdicas tienen dos palabras diferentes para ellas: vaterland o
fatherland la una, y heimat, homeland, la patria hogar, la otra. Es
imprescindible destacar este acontecimiento, la diferencia albertiana, porque
al teorizar, no solo describimos los eventos, sino que también los
prescribimos, los hacemos ser, les otorgamos realidad, les alentamos un camino.
Tenemos que identificar y nombrar las novedades que aparecen en la desconocida
escena del presente.
Más que una fantasía de futuro, debemos prestar atención a
lo que de hecho hay, las propuestas y prácticas que emergen, lo que la gente
está concretamente haciendo e inventando. Lo que ocurre aquí y ahora a nuestro
alrededor, entre nosotros. De nuevo: la politicidad en clave femenina, como he
dicho otras veces, es tópica y no utópica, práctica y no burocrática. En esa
vigilia, maneras de sustentar la vida que estaban al rescoldo se van
reencendiendo lentamente. Nos vamos dando cuenta de que al menos una parte de
la capacidad de subsistencia tiene que quedar necesariamente en manos de la
propia gente. Resurge en nuestro país la memoria del 2001. Nuestra propia
Odisea del Espacio, infelizmente archivada. Un sentimiento de pérdida muy
grande se experimenta cuando nos percatamos de que, en el momento en que el
Estado retoma eficientemente las riendas de la economía nacional y se supera el
período de la gran carencia, toda aquella economía popular se desintegra. En la
hambruna e intemperie del 2001, surgieron estructuras colectivas, el
individualismo recedió y el país pasó por una mutación que se deja sentir hasta
hoy. Pero cuando el problema de las necesidades materiales inmediatas se
resolvió, nada promovió la permanencia de esas estructuras operativas que se
habían creado.
He defendido que el buen estado es un estado restituidor de
fuero comunitario, protector de la producción y el mercadeo local y regional,
capaz de fogonear un camino anfibio: no podrá abdicar del mercado global porque
de sus dividendos provienen los recursos para sus políticas públicas, pero
tampoco deberá abandonar la auto-sustentabilidad de las comunidades, la
soberanía alimentar y el mercadeo local, arraigado, que, como en el caso
presente, vuelve a hacerse crucial para la sobrevivencia. Un buen estado
transita entre los dos caminos y blinda al más frágil, para que sus saberes,
sus circuitos propios de mercadeo, sus tecnologías de sociabilidad y sus
productos no se pierdan, ni tampoco su autonomía. Vemos nuevamente hoy como
resurgen a nuestro alrededor las pequeñísimas huertas en balcones, corredores,
galerías y patiecitos, las trocas de sus productos entre vecinas; propone el
gobierno las cuarentenas comunitarias, en barrios que se cierran como comunas;
retoman su papel los colectivos, hacen colectas, se organizan para que la gente
coma, y mis vecinas santelmeñas en red me preguntan todos los días qué
necesito. No olvidemos a los millones de hindúes “walking home”, un lugar que nadie jamás debería ser obligado
a dejar. Vemos la ansiedad por la vuelta al terruño en todas partes, y tenemos
la obligación de entender este movimiento visceral, atávico, de volver a casa.
El problema que resta es ¿cómo garantizar que esa
experiencia quede registrada en los discursos del tiempo pos-pandemia y
permanezca audible para, de esa forma, evitar que sea rehecha la fantasía de
normalidad y de inalterabilidad que nos capturaba? ¿Cómo retener la experiencia
de un deseo que, al menos durante este intervalo, se encaminó libremente hacia
otras formas de satisfacción y realización? Habrán fuerzas habilidosas, muy
bien instruidas, estudiando el tema para clausurar esa memoria, desterrarla,
dejarla bien vedada, para de esa forma garantizar la continuidad de una
“normalidad” que la pandemia había interrumpido. ¿Cómo estar preparadas para
que el olvido no suceda? Como evitar, también, que la pérdida de experiencia
acumulada en el 2001, vuelva a ocurrir?
Agradezco a mi hija
Jocelina Laura de Carvalho Segato las incontables horas de conversación sobre
los errores cognitivos y epistemológicos del especismo.
(Texto publicado el 19 de abril 2020. En www.lobosuelto.com)