De la redacción
SemMéxico/ SEMlac. La Habana, Cuba. 10 de febrero 2020.- La
diabetes ha marcado la vida de Olga y de las mujeres de su familia. A sus 80
años, una insuficiencia renal crónica la llevó a depender de las diálisis, un
método sustitutivo de la función de los riñones. Pero la diabetes fue la causa
inicial de «tener que estar conectada a una máquina para limpiar la sangre
tres veces a la semana» y sufrir la amputación de una pierna.
Estrella Acosta es la hija menor de Olga Callao. Costurera y
ama de casa, Acosta tiene a su cargo la mayoría de los cuidados de su mamá.
«También vivo con diabetes», comenta la mujer de 50 años, para quien
cada día «es un reto enfrentarse a una enfermedad que puede ser
discapacitante».
«Tengo que vivir pendiente de cualquier herida,
lastimadura, los niveles de glucosa de ambas, porque para una persona que
padece diabetes, la cicatrización puede ser un gran problema», dice a
SEMlac.
«Paso la semana entre la casa y el hospital»,
aclara; también por los otros padecimientos que aquejan a las dos:
hipertensión, artritis, asma, alergias. «Mi hermana mayor murió de cáncer
con solo 59 años y, desde mucho antes, ya había debutado con la diabetes»,
recordó.
De acuerdo con el Anuario Estadístico de Salud 2018, la
diabetes mellitus es la octava causa de muerte en Cuba, con una sobremortalidad
femenina. «Es la única por la cual mueren más mujeres que hombres. En
2018, la tasa de mortalidad para ellos fue de 17,5 por cada 100 000 habitantes,
y para las mujeres ascendió a 24,8», indica el informe.
Son ellas también las que tienen una tasa de prevalencia
mucho más alta para la diabetes mellitus (mujeres 75,1 por cada mil habitantes
y hombres, 53,4); la hipertensión arterial (243,4 y 206,8, respectivamente) y
asma bronquial (95,7 ellas y 89,5 ellos), señala el anuario.
La literatura científica sostiene, además, que el riesgo de
desarrollar enfermedades cardiovasculares se triplica para las personas con
niveles de glucosa elevados.
En las mujeres, las enfermedades del corazón son la primera
causa de muerte y, para los hombres, la segunda; la demencia ocupa el quinto
lugar para ellas, mientras que en los hombres alcanza el sexto puesto. En
cuanto a las enfermedades glomerulares y renales, la cubanas se ubican en el
décimo lugar y los hombre en el 12, precisa el anuario de salud.
¿Ellas viven lo
suficiente?
Las cubanas tienen mayor esperanza de vida al nacer (80.45
años) que los varones (76,50 años), de acuerdo con datos del Centro de Estudios
de Población y Desarrollo de la Oficina Nacional de Estadística e Información.
Tal diferencia de 3,95 años a favor de ellas se ha mantenido
estable en el tiempo, sin rebasar los 4,5 años, y ubica las mayores reservas de
supervivencia en las mujeres, a partir de la edad adulta y de la adultez mayor,
rasgo que difiere respecto a países con niveles de mortalidad similares.
En resumen, las cubanas viven mayor número de años, pero las
investigaciones revelan que están en desventaja por riesgo de mortalidad
respecto a otras poblaciones femeninas del mundo. Es lo que especialistas
llaman «años de vida perdidos».
El profesor titular en Ciencias Económicas, Juan Carlos
Albizu-Campos, señala que, en otras naciones con indicadores de salud y de
esperanza de vida similares al de la nación caribeña, la esperanza de vida
masculina es semejante a la de los varones cubanos, mientras que la femenina es
superior en, al menos, dos años.
En su artículo «La esperanza de vida en Cuba hoy»,
publicado en la Revista Novedades en Población (2018), este especialista indica
que ese diferencial se hace más pequeño cuando se combina con la variable color
de la piel.
La supervivencia en
el color de la piel
Albizu-Campos resalta que el color de la piel es un
discriminante en términos de capacidad de supervivencia de la población cubana
y evidencia la existencia de brechas sociales, resultado de condiciones de vida
diferenciadas que determinan niveles de exposición al riesgo de morir.
Para el experto, el mejoramiento de las condiciones de
supervivencia de la población no blanca, en ambos sexos, es más lento,
resultado de un estatus social que introduce diferencias en el acceso a
prácticas modernas de salud.
Lo más notable, en su opinión, es que la combinación sexo
femenino y color de la piel no blanco parece ser particularmente desventajosa.
«La brecha socio-económica hace que la esperanza de vida al nacer de estas
mujeres supere por muy poco a la de los hombres blancos, en apenas algo más de
dos años», sostiene.
En su texto «La mortalidad en Cuba según el color de la
piel» (2014), añade: «Su desventaja de capacidad de supervivencia en
relación con las mujeres blancas es siempre superior a lo encontrado entre los
hombres no blancos, incluso llegando a ser dos veces mayor en la región
oriental y más de cinco veces en la zona rural».
«Históricamente, la mujer no blanca en Cuba ha sido
depositaria de la más agresiva desigualdad que alguna vez existió. Por su
condición de mujer y de no tener la piel blanca, padeció una discriminación más
abierta», enfatiza el texto.
Con ello coincide Zoe Díaz Bernal, profesora e investigadora
de la Escuela Nacional de Salud Pública, para quien estas fisuras son palpables
en los propios desafíos de salud y las condicionantes sociales.
«El color de la piel contiene en sí todos los
ingredientes de una larga historia de desigualdades, discriminaciones,
desventajas, vulneraciones y exclusiones», señaló la también coordinadora
de la Red Latinoamericana de Género y Salud Colectiva de la Asociación
Latinoamericana de Medicina Social (Alames).
«Tenemos que reconocer que diversos elementos
económicos, culturales y sociales condicionaron la aparición de contrastes en
el desarrollo histórico entre diversos grupos dentro de la sociedad cubana y
esas discrepancias también se registran en el comportamiento de la salud»,
dijo.
De qué enferman y
mueren las cubanas
Las mujeres son más vulnerables a las condiciones de estrés,
aseguran especialistas. Lo que en la isla se evidenció durante la crisis de la
pasada década de los noventa, cuyo impacto generó cierta fragilidad demográfica
y un elevado deterioro de la calidad de vida de la población.
«En ese contexto, las mujeres perdieron un año hacia el
final de la primera mitad de los noventa, mientras que en los hombres la
pérdida alcanzó 0,9 años», ejemplifica Albizu-Campos en «La esperanza
de vida en Cuba hoy».
Pero advierte que la diferencia en esperanza de vida al
nacer entre hombres y mujeres apenas llega a sobrepasar los cuatro años, cuando
debiera esperarse una brecha entre los sexos de al menos dos años por encima de
lo registrado.
En su opinión, el análisis de los datos trasluce que el sexo
femenino en Cuba dispone de reservas inexploradas de incremento de su capacidad
de supervivencia. En ese sentido, el experto sostiene que es preciso cambiar de
estrategia en el sector de la salud, si se quiere incrementar la capacidad de
supervivencia de la población cubana.
Ello implica «hacer hincapié en la lucha contra las
enfermedades de sociedad, cardio y cerebro-vasculares y el cáncer, así como en
todas aquellas en las que se revela una sobremortalidad femenina
efectiva», apuntó.
Pero ese cambio de estrategia en el sector sanitario debe
encaminarse a eliminar la «ceguera de género» que ha caracterizado el
campo de la salud, aunque no es exclusivo de este, precisó por su parte Díaz
Bernal.
Es preciso entender que hay determinantes sociales de la
salud vinculadas a factores socio culturales, y en el caso de las mujeres pasa
por los roles históricamente asignados a estas y la sobrecarga de labores y
cuidados, dijo.
Hay miles de mujeres como Estrella, a las que el tiempo
«no le alcanza ya para hacer sus costuras», con una pobre red
familiar de apoyo para el cuidado que necesita su madre, y cuya salud como
cuidadora también se ve comprometida.
En Cuba las mujeres fallecen por enfermedades del corazón,
tumores malignos, enfermedades cerebrovasculares, influenza y neumonía,
demencias y enfermedad de Alzheimer, accidentes, enfermedades crónicas de las
vías respiratorias inferiores, enfermedades de arterias, arteriolas y vasos
capilares, diabetes mellitus, y enfermedades glomerulares y renales, en ese
orden.
En tanto, la Encuesta Nacional de Envejecimiento Poblacional
(2017) constató que, entre 60 y 74 años y por encima de los 75 de edad, ellas
padecen más enfermedades que los hombres en esos mismos rangos etarios. El 86
por ciento de las adultas de más de 60 años dijo tener algún padecimiento,
contra 74, 4 por ciento de los hombres de ese grupo.
Respecto al estado de salud general, en todos los rangos de
edades los hombres mostraron mayor auto percepción positiva en relación con las
mujeres.
Para Albizu-Campos, «la elevación de la calidad de vida
de la población ha de ocupar un lugar prioritario» y ello va más allá de
«la solución del problema de la mortalidad y abarca hasta el posible
retroceso de la esperanza de vida».
Especialistas aseguran que abordar el problema requiere de
un estudio multidisciplinario sobre los riesgos de morir por enfermedades
infecciosas, parasitarias, endocrinas y del sistema nervioso, con foco en las
mujeres.
Albizu-Campos se aventura más. En su libro Mortalidad en
Cuba sostiene: «pareciera que la mujer cubana es depositaria de unos modos
de vida que la someten a una sobremortalidad relativa a la que no está expuesto
el hombre».