Reconocida como una
de las más importantes literatas del siglo XX, con su lenguaje poético e
innovador y su personalidad enigmática se fraguó una leyenda que sigue de
actualidad
Alberto López
SemMéxico/ El País. 30 de septiembre 2019.- “No escribo para agradar a nadie”, repitió en
innumerables ocasiones Clarice Lispector cuando le recriminaban que no
entendían lo que quería decir en sus obras. Jamás le importó el qué dirán,
sobre todo partir de que rechazaran, en un periódico de Pernambuco cuando era
una niña, los cuentos que enviaba para una sección infantil de relatos. Porque
mientras que el resto de niños enviaba textos narrativos, los suyos solo
contenían «sensaciones».
Siempre tuvo claro que se dedicaría a escribir, y de hecho
ejerció no solo como escritora, sino que también fue periodista con artículos
de opinión, de cocina y de moda. Deseaba ser considerada una mujer normal y,
aparentemente, como madre de dos hijos, esposa y alguien que pertenecía a la
clase media, lo era. Sin embargo, destacaba en todo porque no era normal en
nada de lo que hacía, era una artista genial imposible de encasillar,
reconocida en sus círculos íntimos y en los literarios de Brasil, pero poco más
allá a pesar de haber viajado mucho durante su escaso medio siglo de vida.
Clarice Lispector es considerada, junto con Guimarães Rosa,
la gran escritora brasileña de la segunda mitad del siglo XX gracias a su
estilo, entre la poesía y la prosa. Una marca que llenaba de espiritualidad los
detalles cotidianos y que se caracterizaba por utilizar la primera persona en
los relatos. No se parecía a nadie y su visión no recuerda a ningún movimiento,
si bien pertenece a la tercera fase del modernismo, el de la Generación del 45
en Brasil.
Chaya Pinkhasovna Lispector fue el nombre que le pusieron al
nacer el 10 de diciembre de 1920, en la localidad ucraniana de Chetchelnik. De
origen judío, fue la tercera hija de Pinkhas y Mania. Su nacimiento supuso un
alto en el camino de huida en una época de hambre, caos y persecución racial.
Su abuelo fue asesinado, su madre fue violada y su padre fue exiliado, sin
dinero, al otro lado del mundo.
Al año siguiente de nacer Clarice, toda la familia huyó de
los pogromos antijudíos del entonces Imperio Ruso, primero a lo que en la
actualidad es Moldavia y Rumanía y más tarde, en 1922 a la ciudad de Maceió
(capital del estado de Alagoas), donde ya estaban unos familiares. Al llegar a
Brasil todos tomaron nombres portugueses: Pinkhas se convirtió en Pedro, Mania
en Marieta, y Chaya recibió el nuevo nombre de Clarice.
La madre de Clarice Lispector, que había sido violada
durante la Primera Guerra Mundial y había contraído la sífilis, murió 10 años
después. La creencia popular en el este de Europa decía que un embarazo podía
sanar a una mujer afectada por esta enfermedad, pero en este caso tampoco fue
así. Clarice nació de este afán por salvarla y supo desde muy pequeña su
origen, por lo que el sentimiento de culpa marcó también su vida y su
creatividad como escritora.
En Brasil, su padre, que era alguien brillante y liberal,
sobrevivía vendiendo ropa y apenas lograba mantener a la familia, pero estaba
decidido a que el mundo viera qué clase de hijas tenía. A los cinco años la
familia se mudó a Recife y cuando Clarice tenía 10 lo hicieron a Río de
Janeiro. Gracias a este empeño del cabeza de familia, Clarice continuó su
educación mucho más allá del nivel permitido a las chicas más favorecidas
económicamente y entró en uno de los reductos de la élite, la Facultad de
Derecho Nacional de la Universidad de Brasil. Allí, en la escuela de leyes, no
había judíos y solo tres mujeres.
Pero sus estudios de Derecho dejaron poca huella en ella
porque perseguía su sueño en las redacciones de los periódicos de la capital
brasileña, donde su belleza y su brillantez ya deslumbraban por sus rasgos
asiáticos, con pómulos marcados y elevados y ojos un poco rasgados. Era,
además, una joven culta que conocía y leía con asiduidad a los autores
nacionales y extranjeros de más relevancia, como Machado de Assis, Rachel de
Queiroz, Eça de Queiroz, Jorge Amado y Fédor Dostoievski.
El 25 de mayo de 1940 publicó su primera historia conocida,
El triunfo. Tres meses después, su padre murió con solo 55 años, por lo que
antes de cumplir 20 años Clarice era huérfana. A los 21 años publicó Cerca del
corazón salvaje, obra que había escrito a los 19 y por la que recibió el premio
Graça Aranha como mejor novela.
En 1943 Clarice Lispector se casó con un hombre católico,
algo inaudito en aquel momento en Brasil. Fue con el diplomático Maury Gurgel
Valente, a quien conoció mientras estudiaba Derecho. A finales de ese año, la
pareja comenzó a viajar, por lo que en poco tiempo no solo había dejado a su
familia, a su comunidad étnica y su país, sino también su profesión, el
periodismo, en el que tenía una reputación creciente.
Durante 15 años, hasta que se separaron en 1959, Clarice
llevó una vida aburrida de esposa perfecta pero echando siempre de menos
Brasil. Su primer viaje fue a Nápoles en 1944, durante la Segunda Guerra
Mundial, como voluntaria para ayudar en hospitales a los soldados brasileños
heridos. En 1946 publicó su segunda novela, El lustre, y en los siguientes
cinco años la escritora viajó en innumerables ocasiones de Inglaterra a París
hasta que, finalmente, la familia se instaló en Berna, donde nació su primer
hijo, Paulo.
Clarice nunca encontró su sitio fuera de Brasil y fue
propensa a la depresión, pero en realidad fue gracias a su marido por lo que
consiguió escribir, ya que su origen inmigrante la hizo menos permeable a las
ideas de la sociedad brasileña, y su matrimonio fue un paso adelante en
términos económicos, porque nunca fue rica pero tampoco tuvo que trabajar en
nada más que en escribir. Era esposa y madre pero tenía ayuda a tiempo completo
para dedicarse a escribir y podía hacerlo en una habitación para ella sola.
Los temas tradicionales y costumbristas que tenían que ver
con las mujeres, la maternidad, el cuidado de la casa y los hijos ya se habían
escrito antes, pero nadie lo había hecho como ella. Tal vez esa vuelta de
tuerca supuso para Clarice un nuevo idioma, con una extraña gramática que
quizás pueda atribuirse a la influencia del misticismo judío que su padre le
enseñó. Pero otra parte de su extrañeza del estilo y la forma pueden atribuirse
a su necesidad de inventar y de transmitir sensaciones más allá de hechos.
Cualquiera que lea sus historias de principio a fin se verá afectado por una
búsqueda lingüística incesante y una inestabilidad gramatical que impiden leer
con demasiada rapidez y a veces no entender el significado a la primera.
En 1949 Clarice Lispector publica La ciudad sitiada.
Comienza a escribir cuentos y en 1952 publica Algunos cuentos. Viaja junto a su
marido a Estados Unidos, donde nace su segundo hijo, Pedro, en 1953. Un año
después, en 1954 se publicó la primera traducción de un libro suyo: Cerca del
corazón salvaje, en francés, con portada de Henri Matisse.
En 1959 se separó de su esposo diplomático y regresó a Río
de Janeiro, donde volvió a la actividad periodística para conseguir el dinero
necesario para vivir de manera independiente. Un año después publicó Lazos de
familia, un libro de cuentos aplaudido por la crítica, y un año más tarde la
novela La manzana en la oscuridad, que fue llevada al teatro. En 1963 publicó
la que es considerada su obra maestra, La pasión según G.H., escrita en tan
solo unos meses.
La pasión según G.H. relata la vivencia de una mujer que un
día encuentra una cucaracha en el armario del cuarto de la criada. La
protagonista no puede evitar quedarse paralizada por la contemplación de ese
insecto, que está atrapado en la puerta y que, a pesar de la repulsión que le
produce, continúa mirándolo obsesivamente, hasta hacer de esa experiencia el
desencadenante de una renovación vital.
A finales de los años 60, Clarice Lispector publicó
artículos más personales en el periódico Jornal do Brasil en los que se
retrataba de manera íntima y que hicieron de ella una firma popular, hasta el
punto de que su perro Ulisses aparecía en ellos y se convirtió en una leyenda
en la ciudad al ser uno de los pocos nexos con la realidad brasileña, ya que
apenas hablaba de temas locales o nacionales.
Pero la escritora continuó siendo un enigma inexpugnable,
que contestaba con monosílabos a la prensa o no se presentaba a las
entrevistas, lo cual también aumentó su leyenda de artista y casi de mito. Por
si fuera poco para su ansiedad y tendencia a la depresión, un suceso aceleró
esta parte de su personalidad. En 1966 la escritora se durmió con un cigarrillo
encendido y su dormitorio quedó destruido. Ella sufrió quemaduras en gran parte
de su cuerpo y estuvo ingresada varios meses en el hospital. Su mano derecha,
muy afectada, casi tuvo que ser amputada y jamás recuperó la movilidad
anterior. El incidente afectó a su estado de ánimo y las cicatrices y marcas en
el cuerpo le causaron continuas depresiones.
Sin embargo, Clarice tenía ya un reconocimiento global a su
trayectoria, por lo que a finales de los años 60 y principios de los 70 se
dedicó a publicar libros infantiles y algunas traducciones de obras
extranjeras, que compaginó con charlas y conferencias en distintas
universidades de Brasil. Su último libro, La hora de la estrella, es un volumen
que escribió en el reverso de cheques y en cajetillas de tabaco. Tiene menos de
100 páginas y habla de una chica que, al igual que ella años atrás, viaja del
noreste a Río de Janeiro.
Clarice Lispector murió en Río de Janeiro el 9 de diciembre
de 1977 a los 56 años, un día antes de cumplir 57, víctima de un cáncer. Su
despedida en el hospital, a una enfermera, fue: “¡Se muere mi personaje!”, tal
vez la mejor definición de su literatura. Fue enterrada dos días después en el
cementerio de Cajú por el rito ortodoxo, envuelta en lino blanco. Su lápida,
simple, lleva su nombre hebreo: Chaya Bat Pinkhas, que significa “la hija de
Pinkhas”.
Su extraño nombre extranjero, que siempre había sido un tema
de especulación constante durante su vida, la convirtió en leyenda a su muerte.
Los críticos habían sugerido que hasta podría ser un seudónimo mientras que
otros se habían preguntado en más de una ocasión si era un hombre. En el fondo,
todo refleja la inquietud de que ella era algo diferente a lo que parecía y a
lo conocido hasta entonces.
En las 85 historias que escribió, Clarice Lispector evocó
siempre, en primer lugar, a la propia escritora, a ella misma. Desde su primera
historia, publicada cuando tenía 19 años, hasta la última, encontrada después
de su muerte, hay una vida de experimentación a través de diferentes estilos y experiencias
que no todos entienden: incluso algunos brasileños cultos se han visto
desconcertados por el fervor que inspira sin ser capaces de comprender lo que
escribe.
Pero el arte de Clarice Lispector invita siempre querer conocer a la mujer, y a través de sus historias se puede rastrear su vida artística, desde la promesa de la adolescencia y la madurez asegurada, hasta llegar a la cercanía inexorable de la muerte.
SEM/El País